11/08/2026
¿Qué nos pasa cuando nos encontramos con el vacío que puede traer hacer las cosas más lento?
¿Y si esta necesidad de producir más, más rápido, con tan poco tiempo para frenar,
fuera también una forma de alejarnos de aquello que aparece cuando dejamos de correr?
La lentitud tiene algo incómodo: nos devuelve presencia.
Si hago las cosas más despacio, si descanso, si incluso me permito aburrirme,
aparecen más posibilidades de percibir lo que siento mientras hago. De escucharme.
De notar cómo estoy. De registrar pensamientos, emociones y sensaciones que, en la velocidad,
pasan inadvertidos.
Y no siempre es agradable.
Porque cuando voy lento, tengo tiempo para sentir.
Cuando voy rápido, muchas veces entro en un automático que me mantiene en movimiento y, al mismo tiempo,
me aleja de esa experiencia.
La velocidad puede anestesiar.
La lentitud, en cambio, nos quita la ilusión de que estamos escapando.
Nos deja frente a frente con nosotros mismos.
Alenka.