16/08/2026
Está semana se celebró el Día Internacional de la Juventud, es un momento ideal para hablar de ellos: una generación profundamente atravesada por la pandemia, la pospandemia, la crisis económica y las dificultades para acceder al empleo. Los jóvenes son uno de los sectores más afectados por la falta de trabajo, pero detrás de estos datos hay algo de lo que hablamos mucho menos: las consecuencias que todo esto puede tener sobre su salud mental.
La pandemia no terminó de la misma manera para todos. Muchos jóvenes atravesaron años de aislamiento, pérdida de vínculos, incertidumbre, dificultades económicas y una enorme exposición a las pantallas. La vuelta a la normalidad no borró esas experiencias. En muchos casos quedaron ansiedad, aislamiento, irritabilidad, tristeza, frustración y dificultades para proyectar un futuro.
Y hay algo que como sociedad deberíamos aprender a mirar mejor: el sufrimiento no siempre se expresa diciendo “estoy mal”. A veces aparece en el aislamiento, en cambios bruscos de conducta, en la pérdida de interés, en la irritabilidad o en conductas que no deberíamos minimizar. No se trata de etiquetar a los jóvenes ni de pensar que son una generación “débil”. Se trata de entender que muchas veces detrás de determinadas conductas hay un dolor que necesita ser escuchado.
Por eso, hablar de juventud también es hablar de salud mental. Necesitamos adultos dispuestos a escuchar, familias, escuelas, instituciones y comunidades capaces de acompañar y, cuando sea necesario, profesionales que puedan intervenir. Pedir ayuda no es una debilidad. Y quizás una de las mejores cosas que podemos hacer por nuestros jóvenes sea recordarles algo muy simple: no tienen que atravesar solos aquello que les está pasando.