In Halom Respirar

In Halom Respirar ¿Qué pasaría si en lugar de ver los conflictos como barreras, los tomaras como guías? Observar.

Este trabajo propone una exploración profunda de las limitaciones – físicas, emocionales y mentales – usarlas como señales luminosas que indican mi camino.

10/03/2026

LA TEORÍA DE LOS CAMPOS MÓRFICOS DE RUPERT SHELDRAKE Y EL ÁRBOL GENEALÓGICO

Rupert Sheldrake es el bioquímico británico que postuló la hipótesis más revolucionaria de la biología contemporánea: la de la Resonancia Mórfica.

Las mentes de todos los individuos de una especie -incluido el hombre- se encuentran unidas y formando parte de un mismo campo mental planetario. Ese campo mental -al que denominó morfogenético- afecta a las mentes de los individuos y las mentes de estos también afectarían al campo. “Cada especie animal, vegetal o mineral posee una memoria colectiva a la que contribuyen todos los miembros de la especie y a la cual conforman”, afirma Sheldrake. De este modo si un individuo de una especie animal aprende una nueva habilidad, les será más fácil aprenderla a todos los individuos de dicha especie, porque la habilidad “resuena” en cada uno, sin importar la distancia a la que se encuentre. Y cuantos más individuos la aprendan, tanto más fácil y rápido les resultará al resto.

El campo donde está conectada la información genealógica lo describe Rupert Sheldrake desde un punto de vista cuántico: “Existen en la naturaleza unos campos llamados Morfogenéticos, los cuales son como estructuras organizativas invisibles que moldean o dan forma a tales cosas como plantas o animales, que también tienen un efecto organizador en la conducta”.

Estos campos Morfogenéticos contienen información recopilada de toda la historia y la evolución pasada, algo a la manera de la “memoria racial” de Freud o el “inconsciente colectivo” de Jung o el “circuito neurogenético” de Timothy Leary o los "registros Akáshicos de los vedas".La resonancia mórfica, el principio de memoria colectiva, se puede aplicar al estudio del árbol genealógico. Cada familia tiene su propia memoria colectiva a la que todos sus miembros están conectados y tienen acceso.

La transmisión intergeneracional ocurriría pues en este campo mórfico, pues hay una memoria común compartida por todos los miembros del clan, hayan o no convivido en las mismas coordenadas espaciotemporales.

¿Esto podría ser otra forma de entender el inconsciente colectivo y el inconsciente familiar? ¿Daría respuesta al por qué los secretos y los no dichos de una generación ejercen ese tremendo efecto en las siguientes?

Claudine Vegh decía que “…vale más saber una verdad, aun cuando sea difícil, vergonzosa o trágica, que ocultarla, porque aquello que se calla, es subordinado o adivinado por los otros y ese secreto, se convierte en un traumatismo más grave a largo plazo”.

Anne Ancelin Schützenberger lo ha estudiado a fondo: “Los duelos no hechos, las lágrimas no derramadas, los secretos de familia, las identificaciones inconscientes y lealtades familiares invisibles” pasean sobre los hijos y los descendientes. “LO QUE NO SE EXPRESA POR PALABRAS SE EXPRESA POR DOLORES”.

¿Podemos los descendientes modificar esa información almacenada en el campo?

Dice JODOROWSKY:

“La sanación del árbol consiste en quitar la repetición, comprenderla, o repetirla en una forma positiva”.

(Gitana)

08/03/2026

"No, todos los profetas enviados de Lo Alto y Jesucristo mismo han hablado de esta muerte que puede sobrevenir aquí abajo, en esta vida, es decir, de la muerte del 'tirano' que hace de nosotros esclavos y sin cuya destrucción no se puede asegurar la primera gran liberación del hombre".

G.I.Gurdjieff

03/03/2026

Propongo sumergirme hasta darme cuenta.

24/02/2026

Espacio

Uno no quiere silencio.
Quiere que la voz interna se calle… pero sin dejar de tener la razón.

Si te sientas quieto un momento y observas lo que pasa en tu cabeza, te vas a topar con algo medio inquietante: hay un narrador. Siempre ha estado ahí. No duerme. No descansa. No cobra horas extra. Está comentando absolutamente todo.

“Estoy leyendo esto.”
“No sé si estoy de acuerdo.”
“Esto ya lo había pensado.”
“¿Y si no es así?”
“Mañana lo reflexiono mejor.”

Y mientras lees esto, hay otra voz evaluando lo que la primera voz piensa sobre lo que está leyendo. Una especie de panel de comentaristas dentro de tu cráneo. Multicanal. Sin botón de apagar.

Es tan constante que ya ni lo notas. Como el zumbido del refrigerador en la cocina. Solo cuando alguien te lo señala dices: ah caray… siempre estuvo ahí.

La pregunta incómoda no es que exista la voz.
La pregunta es: ¿por qué no se calla?
¿Y quién le está hablando a quién?

Si la mente se habla a sí misma… ¿hay dos?
¿El que habla y el que escucha?
¿Y cuál eres tú?

No es filosofía dominguera para presumir en café. Es una pregunta seria. Porque ese diálogo interno es la fábrica central del sufrimiento humano. De ahí salen la ansiedad, la culpa, el arrepentimiento, la preocupación, la escena imaginaria que repites en la regadera donde ahora sí dices lo que debiste haber dicho hace tres años.

Primero, la voz narra.
Te cuenta tu propia vida en tiempo real. Como cronista deportivo de tu existencia. “Aquí lo vemos entrando a la reunión, parece inseguro, veremos cómo se desempeña.” Solo que tú eres el jugador… y el comentarista al mismo tiempo.

Luego evalúa.
Todo es bueno o malo. Favorable o amenaza. “Esto salió bien.” “Esto salió pésimo.” “Debí haber hecho eso distinto.” Juicio tras juicio. Sin descanso. Es como tener un auditor existencial viviendo en tu cabeza, pero sin pagarle honorarios.

Después planea y ensaya.
Discursos que jamás darás. Peleas con personas que ni están presentes. Escenarios catastróficos que nunca ocurren. Fantasías heroicas donde ahora sí quedas como genio. La mente es experta en producir trailers de películas que no se van a filmar.

Y lo más fino: mantiene tu identidad.
Te recuerda quién eres, tu historia, tus heridas, tus gustos, tus traumas, tus “yo soy así”. Es una máquina de propaganda defendiendo el personaje que cree que eres. Un departamento de marketing interno que repite: “Este eres tú. No olvides tu papel.”

¿Y para qué hace todo esto?
Para tener control.

La mente cree que si piensa lo suficiente, si analiza lo suficiente, si planea mejor que nadie, podrá controlar la vida. Hacerla segura. Predecible. Administrable. Evitar el dolor. Garantizar el placer. Proteger a este “yo” que siente frágil.

Pero no funciona.

La vida sigue ocurriendo como quiere.
La gente reacciona distinto a lo que planeaste.
Pasan cosas que no estaban en tu Excel mental.

Y aun así la mente insiste: “Un poco más de análisis y ahora sí lo controlo.” Es como alguien parado en un bote empujando el mástil con todas sus fuerzas para moverlo. Se agota, se frustra… y el bote no avanza. Porque está dentro del bote. No fuera. No hay punto externo desde donde empujar.

La mente cree que está separada de la vida. Que puede pensar sobre ella como si fuera espectador. Pero no. Es parte del mismo sistema. Es la vida pensándose a sí misma. Narrándose. Juzgándose. Defendiéndose.

Gran parte de ese ruido es innecesario.

Sí, el pensamiento práctico tiene su lugar. Si vas del punto A al punto B necesitas una ruta. Si hay un problema técnico, hay que pensar soluciones. Nadie está proponiendo apagar el cerebro y vivir como piedra zen.

El problema no es pensar.
El problema es identificarse con el pensamiento.

Creer que la voz eres tú.
Que sin ese narrador dejarías de existir.
Que sin el comentario constante perderías tu identidad.

Y ahí está el truco más sutil: estamos tan acostumbrados a la charla interna que creemos que somos esa charla. Que si se detuviera, desapareceríamos.

Tal vez por eso no se detiene.
Porque la mente siente que si guarda silencio, pierde el control. Y el control es su obsesión.

Mientras tanto, la vida ocurre igual. Con ruido mental o sin él. Con análisis o sin análisis. Con plan maestro o con improvisación cósmica.

No es un ataque contra la mente. Es un recordatorio.
Esa voz no es enemiga. Pero tampoco es el jefe.

Y cuando empiezas a notar el narrador sin creértelo todo, algo curioso pasa: el zumbido sigue ahí… pero ya no te domina. Se vuelve sonido de fondo. No identidad.

No te vuelves iluminado.
No te conviertes en monje automático.
Simplemente hay más espacio.

Y en ese espacio, curiosamente, la vida se siente un poco menos dramática. Porque ya no todo necesita comentario, juicio, defensa y explicación.

La mente seguirá hablando. Es su trabajo.
Pero quizá no todo lo que dice merece ser tomado como verdad absoluta. Y eso, para empezar, ya es bastante.

Tony Rodriguez

18/02/2026

Si el universo está en el hombre (como una escala de la realidad) y el hombre en el universo, cualquier explicación inferior que el hombre se dé acerca del universo repercutirá sobre él. Se limitará a sí mismo, permanecerá en un estado inferior al de su propio ser, al ser que lleva en si en potencia. Entonces no le quedará sino estudiar un mundo material mu**to y fuera de él, y del cual su vida y su mente surgieron por accidente.

Maurice Nicoll

16/02/2026

No se puede alcanzar un nivel de Ser más elevado si nuestras emociones negativas siguen siendo tal como son y siguen ejerciendo el mismo poder sobre nosotros.

Maurice Nicoll

15/02/2026

Buenos días

Si una persona no puede comprender por qué ha de observarse a si misma, si no alcanza a comprender que es una masa de "Yo"' contradictorios y no tiene Voluntad Real sino muchas voluntades y éstas nada son, si no puede comprender que pasa gran parte de su vida dormida en su espíritu interior y no se recuerda a sí misma sino que se toma por su Personalidad, si no puede comprender que las emociones negativas son malas y dañinas y destruyen su felicidad, si no puede comprender que el identificarse estropea todo el goce de las verdaderas emociones y que la consideración interna lo debilita y lo llena de auto conmiseración —si todo esto y mucho más— entonces ¿por qué trabaja esa persona, y haga lo que hiciere, es acaso trabajo?

Maurice Nicoll

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