05/05/2026
Hace un tiempo empecé a mirar al consultorio diferente.
Las sillas, el escritorio y esa distancia biomédica tan conocida empezaron a hacerme ruido, casi representando la manera en la que ya no quiero trabajar.
Primero llegó un sillón grande, ubicado a un costado, como invitando a elegir donde hacer huequito para sentarse.
De a poco muchos de mis pacientes fueron corriéndose hacía ahí, seducidos por formas más cercanas. Más habitables. Mas cálidas.
Otros siguieron eligiendo la silla, encontrando cierta seguridad en la separación que la mesa alta proponía.
Yo mientras tanto, seguía buscando como terminar de armar eso que ya estaba pasando.
Algunos que sabían de mi búsqueda, me preguntaban cuando iba a terminar el espacio y yo decía que estaba esperando un sillón más. Ese que sin ser alto ni bajito, me permitiera sentarme de chinito y tapar mis piernas con una mantita. Que me reciba en días largos y me cobije lo que durase la jornada. Y que acompañe al que ya estaba, porque el muy jodido frente al gris tiraba al beige y frente al beige, tiraba al gris.
Que curioso, ahora que presto atención, noto que estoy hablando de sillones, y bien podría estar hablando de personas.
Fueron meses. No había apuro, porque sabía que ya se coronaría el cambio.
Este sábado lo vi en otra ciudad y supe que lo llevaría a mi espacio. Desde lejos, supe también que sería el compañero perfecto para combinar con ese dos cuerpos que esperaba ávido de hacer juego.
Hoy, cuando lo llevé a su nuevo espacio, entendí que no es solo un mueble lo que llegó, sino una nueva manera de encontrarnos.
Mi consultorio, nuestro consultorio, está listo. Y no porque esté perfecto, sino porque se parece más a como quiero trabajar y a como entiendo el encuentro terapéutico: un lugar donde la distancia no sea una barrera, sino una elección.