21/05/2026
Hay una tristeza que se siente en el aire de mi país. Una tristeza que no grita, pero pesa. Pesa en los hombros de cada trabajador que se levanta antes que el sol, que viaja horas, que hace cuentas una y otra vez para ver cómo llegar a fin de mes... y aun así no alcanza.
La Argentina duele.
Duele ver fábricas cerradas, persianas bajas, negocios que fueron el sustento de familias enteras y hoy son silencio. Duele escuchar que alguien “se quedó sin trabajo” como si fuera una frase más, cuando en realidad es un golpe directo al corazón de un hogar. Porque detrás de cada despido hay hijos, hay sueños, hay esfuerzo, hay dignidad.
Duele sentir que quienes gobiernan parecen mirar números y no personas. Que las decisiones parecen beneficiar siempre a los mismos, a unos pocos que nunca sienten el frío del desempleo ni el miedo de no poder pagar la comida. Y mientras tanto, el pueblo se ajusta, se achica, se resigna... o pelea en silencio.
Lo más triste es esa sensación de que nos están desarmando. No solo la economía, sino la esperanza. Nos están desgastando la confianza, la fe en que las cosas pueden mejorar. Nos están acostumbrando a sobrevivir cuando deberíamos estar viviendo.
Pero aun así, Argentina es su gente. Es el vecino que comparte, la madre que se reinventa, el trabajador que no baja los brazos aunque lo golpeen mil veces. Somos un pueblo que ha sabido levantarse de crisis profundas, y aunque hoy la angustia sea grande, todavía late algo fuerte: la dignidad y la solidaridad.
Ojalá volvamos a construir un país donde trabajar alcance, donde el esfuerzo valga, donde gobernar sea cuidar y no dividir. Porque esta tierra merece algo mejor. Porque nosotros merecemos algo mejor.
Argentina no es un balance. Argentina es su gente.
Y su gente está cansada... pero no vencida...