14/11/2025
¡El Pacto del Amanecer (Parte 2)
La hermana de Editha prestó atención a lo que le había comunicado el portero: los embajadores de Brasil buscaban una niñera para su hijo recién nacido, y como tuvieron encuentros agradables con la hermana, estaban dispuestos a tener una entrevista con Editha y la contrataron de inmediato. Fue la mejor etapa de su vida; viajó conociendo muchas regiones del continente, se sintió útil y tomó cariño a la familia, especialmente al niño. Se sintió necesaria y su vida cobró sentido. Formaba parte de una familia, integrada en un contexto, con una tarea... su horizonte se abrió.
Solo cuando llamaba a sus hermanos a Buenos Aires recordaba, y la isla sin resolver de vacío en ella aparecía como una llamada que Editha intentaba ignorar forzándose a decirse que no existía.
Editha vivió en Venezuela los años previos a su crisis política, disfrutándolo como algo excepcional, se mudaron a Quito y de repente sucedió lo más inesperado. Una luz se encendió con una fuerza en ella y Editha pudo descifrarla: estaba enamorada. Después de seis años de acompañamiento en el contexto de una familia que compensó su herida, Editha tuvo el coraje de fundar la propia. El niño de los diplomáticos ya iba a la escuela, lo que ayudó a que la mamá-niñera, con quien había creado un vínculo estrecho, pudiera soltar, y ambos deshicieron el vínculo para hacer su propio camino. Fue el momento en que ella tuvo su propio hijo y se convirtió realmente en madre. Se activó su propio tema, el de ser hija, y decidió investigar su historia para esclarecer su asunto pendiente. Cuando su hijo tenía cuatro años, viajó a Paraguay y buscó a la amiga de su madre para hablar con ella. Su hijo se quedó con su hermana en Buenos Aires, quien en esta etapa de su vida estaba sin trabajo.
Editha descubrió la verdad en Villarrica. La puerta clausurada en su interior se rompió, y con ella fluyeron semanas de lágrimas sin lograr consolar su alma atormentada.
La amiga de Mamá decidió revelar el secreto familiar para otorgar una mejor oportunidad a las generaciones venideras. Eso se lo debía a Ana y por eso salió a la luz con la verdad, aunque fuera dolorosa.
El padre de Editha, Rodolfo, había tenido una primera esposa que le fue infiel con su empleado, y él decidió distanciarse de ella sin poder perdonarla, a pesar de que la mujer había sido honesta y transparente. Allí comenzó su dolor y fue el inicio de su vida llena de ira que sofocó. Se casó con su madre, Ana, a quien declaró santa, y después de varios hijos y muchos años de ilusión, llegó el día en que la verdad se le reveló. La madre de Editha, en una disputa prolongada que estaba a punto de tomar el carácter de ruptura definitiva, había hecho lo impensable. Había tenido un desliz con el hermano mayor de Rodolfo, había sido su amante secreta, apasionada y fugaz. La verdad salió a la luz y la ira de Rodolfo colapsó, transformándose en esa depresión silenciosa, suicida, que avanzaba en él como una carie incurable. Ana estaba arrepentida, pero ya no había vuelta atrás. La confianza se había roto y el matrimonio, destruido, cubierto por un manto que pretendía que todo estuviera bien, con el controvertido y pe******do intento de dar un hogar a los seis hijos que tenían derecho a crecer en un entorno familiar. Editha era una de las hijas engañadas, y aquella confidente de la madre estaba al tanto de la verdad. La madre de Ana había cometido un error similar en su matrimonio, y Ana era la hija del desliz secreto de su madre, la "abuela santa" de Editha.
Ella lloró durante semanas por la cobardía que habían tenido esas mujeres de su familia al no enfrentar su realidad y al no reconocer su infelicidad en sus relaciones maritales, lo débiles que fueron al no abandonar su sagrado vínculo y seguir adelante con su verdad, solas con sus hijos, dignas de regenerarse y volver a construir todo desde cero, con honestidad.
Editha agradeció a la amiga de su madre por haber sido leal a la verdad y le aseguró que se haría cargo de sus propias sombras, que asumiría y permitiría su dolor, su vacío, su abismo, para que este siguiera despertándola. Intercambiaron sus números de teléfono para brindarle ayuda en caso de una emergencia.
Editha regresó a buscar a su hijo, se reencontró con su marido en Ecuador y purificó su alma y su realidad. La auto-mentira era simplemente un veneno y preservaba y sellaba su herida oculta. Así no podía continuar, decidió valientemente. El marido de Editha comprendió que el fin de su unión había llegado y le confesó que ya había percibido la mentira de la vida familiar feliz algunos años antes. No se había atrevido a hablarle de su vida paralela con otras mujeres emocionantes que renovaban su energía vital, pero, a su juicio, en ese punto de inflexión ya no era necesario confesar la verdad, ya que Editha ya había tomado su decisión. Disolvieron su vínculo y se comprometieron a ayudarse mutuamente para que su hijo Sebastián pudiera estar con ambos padres sin inventar obstáculos insuperables. Editha se fue a Buenos Aires con su hijo y, después de algunos años, se estableció con él en Puerto Iguazú, donde alquiló un local para vender ropa. El padre lo visitaba regularmente siempre que su vida se lo permitía. Editha compraba ropa a precios bajos en São Paulo y la vendía en Argentina, lo que le permitía mantenerse a ella y a su hijo en un entorno financieramente estable. Sebastián creció en paz, formó su familia, nacieron dos nietos y Editha se jubiló.
Editha descubrió entonces que sus sombras se iban aclarando cada vez más gracias a las llamadas que mantenía regularmente con la amiga de su madre para aclarar y resolver su mundo interior. Poco a poco liberó sus emociones de agitación, su rabia por las injusticias, su desesperación al caer nuevamente en el autoengaño. La tristeza de su pasado y su dolor se aliviaron.
Llegó el día de volver a Villarrica y despedirse de la amiga de su madre, al enterarse de su muerte. Editha lloró, soltó a esa alma noble, valiente y transparente y le prometió ser valiente, asumir la auto-responsabilidad por sus insuficientes nieblas y vacíos para prevenir y sanar su propia depresión.
¡Fue un pacto que hizo consigo misma junto a la tumba de la amiga de su madre! Editha se separó definitivamente en ese momento de su herencia anímica y de su carga autoimpuesta.
Y desde entonces, cada mañana al amanecer, se compromete a ser sincera, a que su luz se mantenga limpia y encendida, a que tiene la fuerza inherente y es capaz de enfrentarlo todo. Esa era su promesa diaria al amanecer. Un importante ritual interior que se repite para renovarse e introducir una chispa de esperanza o fe en la vida pragmática.
Se sintió capaz de ganar su dinero extra, ya que su pensión de jubilación era una cantidad indigna y no le alcanzaba para sobrevivir, y peor aún con la nueva política del país.
Viajó temprano a Ciudad del Este en Paraguay, como el día en que la conocí, para comprar allí ropa barata, reabrir la tienda en Puerto Iguazú y venderla en su propio negocio, que ella sola dirigía y gestionaba. Editha tenía ya 65 años. Sebastián había abierto una casa de cambio en la misma zona, transfería dinero en la triple frontera y negociaba con Bitcoins, llevaba a su madre una vez a la semana al cercano Foz de Iguazú para que pudiera comprar comida brasileña a buen precio allí.
El exmarido ecuatoriano está construyendo su casita en la misma ciudad para pronto mudarse cerca de su hijo Sebastián.
Editha concluye felizmente su relato diciendo que siempre le queda tiempo suficiente para pasar tiempo de calidad con sus nietos y que está construyendo una relación verdadera con ellos, con la esperanza de que un día sean lo suficientemente maduros como para confiarles su biografía y enseñarles cómo prevenir y sanar la depresión, especialmente para transmitirles cómo mantener las puertas del corazón abiertas, la conciencia pura y explicarles que no deben permitir la auto-mentira, ni sofocar las incongruencias y la ira.
Pronto llegará el momento de mostrarles cómo la verdad sana y cómo pueden encender la fuerza de la luz y agradecer en cada amanecer por crear lo divino en su propia vida como algo natural.
Cada amanecer se repite y nos da una nueva oportunidad para seguir el pacto de amor propio que hemos hecho con nosotros mismos y con la vida que surge de nosotros.
Gracias, Editha, por contarme tu íntima historia en el autobús entre Argentina y Paraguay y por compartir tu verdad. Estoy seguro de que sanará otras heridas y llenará vacíos ajenos, encendiendo la luz del sagrado auto-compromiso con la vida que nos es dada y que se cultiva colectivamente.