19/07/2026
Desde que tengo uso de razón, la duda ha sido mi compañera de vida. De infancia recuerdo mirar el mundo y cuestionarlo todo, buscando respuestas donde otros parecían caminar con certezas absolutas.
Pasaron los años y sigo sin cambiar mucho. Hoy, mirándome al espejo en este eterno dudar, a veces siento que la duda amplía mi mirada hacia el mundo; otras veces, me pregunto con total humildad si esto no es más que una elegante justificación. Sea como sea, es mi realidad.
Hoy recordé una frase de Bertrand Russell que me movió el piso: él decía que el gran problema del mundo es que los estúpidos están completamente seguros de todo, mientras que los inteligentes están llenos de dudas. Y aunque no pretendo colgarme etiquetas de grandeza, esa frase me dio un abrazo frío y me hizo mirar hacia atrás.
Por fin entendí por qué pasé cinco años de mi vida estudiando matemáticas en la .
Ahora lo veo con claridad: las matemáticas fueron mi refugio. En el mundo, esa carrera fue un lugar que me permitió no dudar. Durante cinco años viví demostrando, pisando el suelo firme de los teoremas y en donde cada incógnita tiene su lugar. Fue mi tregua con la incertidumbre.
Hoy ya no vivo entre ecuaciones rígidas, y la duda ha vuelto a reclamar su espacio en mi día a día. Pero la abrazo con más ternura. Al final del día, dudar es lo que nos mantiene humanos, curiosos y, sobre todo, profundamente humildes ante lo inmenso de la vida.
Gracias por leerme y por compartir este pedacito de mi historia.