26/12/2025
Los evangelios canónicos no describen el parto de María en detalle. Se menciona solo lo básico: “Y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre”
Hay otro texto en cambio que sí lo describe un poco mejor: El Protoevangelio de Santiago, un texto cristiano del siglo II que fue uno de los escritos más leídos sobre la infancia de María durante siglos, especialmente en las comunidades cristianas de Oriente, que amplía lo que los evangelios canónicos callan.
Según este texto, María no parió en un establo, sino en una cueva. La cueva era un lugar común para refugiar animales, pero también era vista como el vientre de la Tierra.
José, al ver que el parto comenzaba, sale a buscar ayuda. Y aquí aparece una partera, una mujer sabia, conocedora del cuerpo y de los nacimientos.
Cuando la partera entra a la cueva, algo extraordinario sucede: la cueva se llena de una luz inmensa, tan intensa que no se puede mirar. La luz precede al nacimiento.
Luego llega Salomé, que en algunos relatos es la misma partera y en otros una segunda mujer. Salomé duda de que María haya parido y siga siendo virgen.
Entonces Salomé intenta comprobarlo con sus manos y en ese momento su mano se seca, se quema o se paraliza (las versiones varían). No como castigo, sino como símbolo del límite del control, del saber que quiere dominar el misterio.
Salomé se arrepiente, ora, toca a Jesús, y su mano es sanada.
Los animales reconocieron al niño. El buey y el a**o aparecen como símbolos de la creación que sí reconoce lo sagrado, mientras los humanos dudan.
No es casual que la partera esté presente en este texto. Durante siglos, las parteras fueron guardianas de este saber entre cuerpo, espíritu y vida.
¿Quién es la partera en este texto?
No tiene nombre propio. Y eso, lejos de restarle importancia, la vuelve arquetípica, ya que representa a las mujeres que sabían parir y asistir partos y la transmisión oral del conocimiento.
¿Por qué este relato fue excluido del canon?
Daba demasiado protagonismo al cuerpo femenino, el parto y las mujeres. No encajaba con una Iglesia que, siglos después, empezaba a jerarquizar y
masculinizar la autoridad.