28/08/2026
NO PERTENEZCO AQUÍ
Carlos tiene 33 años y consulta porque desde hace varios meses experimenta una sensación persistente de no encajar. Tiene trabajo, algunos amigos y ha tenido relaciones de pareja, pero describe una dificultad que lo acompaña desde la adolescencia: “Siempre siento que los demás pertenecen y yo estoy tratando de hacerme pasar por uno de ellos”. Cuando entra a un grupo nuevo observa cuidadosamente cómo hablan los demás, qué dicen y cómo se comportan antes de permitirse participar.
En una sesión recordó Creep, de Radiohead, una canción que escuchaba insistentemente cuando tenía 15 años. Le impresionaba especialmente la idea de sentirse extraño, no pertenecer, desear ser especial y querer tener un cuerpo diferente. “Era exactamente como me sentía”, comentó. Volver a esa canción tantos años después le permitió acercarse emocionalmente al adolescente que había sido.
Carlos había crecido sintiéndose diferente. Durante la enseñanza media tenía sobrepeso, era tímido y recibió burlas frecuentes de algunos compañeros. Evitaba sacarse la polera frente a otros, odiaba las fotografías y pasaba mucho tiempo comparándose con los jóvenes que consideraba atractivos y seguros. En su casa tampoco encontraba demasiado espacio para hablar de aquello. Su padre solía decirle que debía defenderse y su madre intentaba tranquilizarlo diciéndole que no hiciera caso.
Aquellas respuestas buscaban ayudarlo, pero Carlos necesitaba algo diferente: sentirse escuchado en su vergüenza, su tristeza y su miedo al rechazo. Gradualmente comenzó a construir una imagen de sí mismo desde la mirada de quienes lo ridiculizaban. La pregunta dejó de ser solamente “¿por qué se burlan de mí?” y fue convirtiéndose en “¿qué hay de malo en mí?”.
A los 33 años su cuerpo había cambiado y las burlas habían quedado muchos años atrás, aunque aquella mirada continuaba acompañándolo. Se comparaba constantemente, necesitaba señales de aprobación y podía interpretar pequeños gestos como indicios de rechazo. Si alguien demoraba en responderle un mensaje, pensaba que había dicho algo incorrecto. En reuniones sociales ensayaba mentalmente lo que iba a decir y después repasaba durante horas algunas conversaciones.
Una tarde le pregunté: “Cuando entras a un lugar y sientes que no perteneces, ¿qué edad sientes que tienes?”. Carlos permaneció unos segundos en silencio y respondió: “Quince”. Entonces comenzamos a distinguir al hombre de 33 años del adolescente avergonzado que todavía se activaba frente a determinadas situaciones sociales.
Le propuse escribir una carta al adolescente que había sido. Carlos pudo decirle aquello que nadie había sabido decirle suficientemente en ese momento: que las burlas hablaban de la violencia de quienes las ejercían y que su cuerpo no justificaba la humillación. También pudo reconocer cuánto había necesitado sentirse acompañado en aquellos años y cuánto esfuerzo había dedicado posteriormente a intentar convertirse en alguien que los demás aprobaran.
En otra sesión volvió a aparecer Creep. Esta vez conversamos sobre algo que le resultaba especialmente significativo: el deseo de ser especial podía esconder también el dolor de haberse sentido insuficiente. Carlos comenzó a preguntarse cuánto de su búsqueda de reconocimiento provenía todavía de aquel adolescente que esperaba encontrar finalmente una mirada que le dijera que era suficientemente valioso.
El trabajo terapéutico fue orientándose hacia una pregunta diferente. En lugar de observar permanentemente si los demás lo aceptaban, comenzó a preguntarse cómo se sentía él con esas personas, si podía mostrarse espontáneamente y si esos vínculos le hacían bien. También empezó a reconocer situaciones donde se sentía cómodo, querido y valorado sin tener que demostrar constantemente algo.
Meses después me contó que había asistido a una reunión con personas que conocía poco. En determinado momento apareció nuevamente aquella conocida sensación de ser un extraño. “Sentí al Carlos de quince años”, dijo. Esta vez pudo reconocerlo sin quedar completamente gobernado por él. Permaneció en la reunión, conversó y terminó disfrutando la noche.
Las consultas de muchos adultos conservan preguntas que alguna vez fueron profundamente adolescentes: ¿soy suficientemente atractivo?, ¿qué tengo de malo?, ¿me aceptarán?, ¿por qué los demás parecen tan seguros?, ¿dónde pertenezco? Carlos comenzó a descubrir que pertenecer también implicaba dejar de mirarse permanentemente desde los ojos de quienes alguna vez lo rechazaron.
Al finalizar una sesión recordó nuevamente la canción que lo había acompañado durante tantos años. Ya no la escuchaba únicamente como una descripción de sí mismo. “Me sigue emocionando”, dijo, “pero ahora siento que habla más del adolescente que fui que del hombre que soy”.
(Publicado con autorización)