Psicología Cínica

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Psicología Cínica Cínica, no clínica. Lee bien.

28/08/2026

NO PERTENEZCO AQUÍ

Carlos tiene 33 años y consulta porque desde hace varios meses experimenta una sensación persistente de no encajar. Tiene trabajo, algunos amigos y ha tenido relaciones de pareja, pero describe una dificultad que lo acompaña desde la adolescencia: “Siempre siento que los demás pertenecen y yo estoy tratando de hacerme pasar por uno de ellos”. Cuando entra a un grupo nuevo observa cuidadosamente cómo hablan los demás, qué dicen y cómo se comportan antes de permitirse participar.

En una sesión recordó Creep, de Radiohead, una canción que escuchaba insistentemente cuando tenía 15 años. Le impresionaba especialmente la idea de sentirse extraño, no pertenecer, desear ser especial y querer tener un cuerpo diferente. “Era exactamente como me sentía”, comentó. Volver a esa canción tantos años después le permitió acercarse emocionalmente al adolescente que había sido.

Carlos había crecido sintiéndose diferente. Durante la enseñanza media tenía sobrepeso, era tímido y recibió burlas frecuentes de algunos compañeros. Evitaba sacarse la polera frente a otros, odiaba las fotografías y pasaba mucho tiempo comparándose con los jóvenes que consideraba atractivos y seguros. En su casa tampoco encontraba demasiado espacio para hablar de aquello. Su padre solía decirle que debía defenderse y su madre intentaba tranquilizarlo diciéndole que no hiciera caso.

Aquellas respuestas buscaban ayudarlo, pero Carlos necesitaba algo diferente: sentirse escuchado en su vergüenza, su tristeza y su miedo al rechazo. Gradualmente comenzó a construir una imagen de sí mismo desde la mirada de quienes lo ridiculizaban. La pregunta dejó de ser solamente “¿por qué se burlan de mí?” y fue convirtiéndose en “¿qué hay de malo en mí?”.

A los 33 años su cuerpo había cambiado y las burlas habían quedado muchos años atrás, aunque aquella mirada continuaba acompañándolo. Se comparaba constantemente, necesitaba señales de aprobación y podía interpretar pequeños gestos como indicios de rechazo. Si alguien demoraba en responderle un mensaje, pensaba que había dicho algo incorrecto. En reuniones sociales ensayaba mentalmente lo que iba a decir y después repasaba durante horas algunas conversaciones.

Una tarde le pregunté: “Cuando entras a un lugar y sientes que no perteneces, ¿qué edad sientes que tienes?”. Carlos permaneció unos segundos en silencio y respondió: “Quince”. Entonces comenzamos a distinguir al hombre de 33 años del adolescente avergonzado que todavía se activaba frente a determinadas situaciones sociales.

Le propuse escribir una carta al adolescente que había sido. Carlos pudo decirle aquello que nadie había sabido decirle suficientemente en ese momento: que las burlas hablaban de la violencia de quienes las ejercían y que su cuerpo no justificaba la humillación. También pudo reconocer cuánto había necesitado sentirse acompañado en aquellos años y cuánto esfuerzo había dedicado posteriormente a intentar convertirse en alguien que los demás aprobaran.

En otra sesión volvió a aparecer Creep. Esta vez conversamos sobre algo que le resultaba especialmente significativo: el deseo de ser especial podía esconder también el dolor de haberse sentido insuficiente. Carlos comenzó a preguntarse cuánto de su búsqueda de reconocimiento provenía todavía de aquel adolescente que esperaba encontrar finalmente una mirada que le dijera que era suficientemente valioso.

El trabajo terapéutico fue orientándose hacia una pregunta diferente. En lugar de observar permanentemente si los demás lo aceptaban, comenzó a preguntarse cómo se sentía él con esas personas, si podía mostrarse espontáneamente y si esos vínculos le hacían bien. También empezó a reconocer situaciones donde se sentía cómodo, querido y valorado sin tener que demostrar constantemente algo.

Meses después me contó que había asistido a una reunión con personas que conocía poco. En determinado momento apareció nuevamente aquella conocida sensación de ser un extraño. “Sentí al Carlos de quince años”, dijo. Esta vez pudo reconocerlo sin quedar completamente gobernado por él. Permaneció en la reunión, conversó y terminó disfrutando la noche.

Las consultas de muchos adultos conservan preguntas que alguna vez fueron profundamente adolescentes: ¿soy suficientemente atractivo?, ¿qué tengo de malo?, ¿me aceptarán?, ¿por qué los demás parecen tan seguros?, ¿dónde pertenezco? Carlos comenzó a descubrir que pertenecer también implicaba dejar de mirarse permanentemente desde los ojos de quienes alguna vez lo rechazaron.

Al finalizar una sesión recordó nuevamente la canción que lo había acompañado durante tantos años. Ya no la escuchaba únicamente como una descripción de sí mismo. “Me sigue emocionando”, dijo, “pero ahora siento que habla más del adolescente que fui que del hombre que soy”.

(Publicado con autorización)

27/08/2026

LA SALUD MENTAL TAMBIÉN ES POLÍTICA

Mirar la salud mental únicamente como un asunto individual conduce fácilmente a responsabilizar a las personas por sufrimientos que también tienen raíces sociales. Desde la psicología sabemos que la historia personal importa profundamente, pero esa historia siempre se desarrolla dentro de determinadas condiciones familiares, económicas, laborales, culturales y políticas.

Una persona puede desarrollar recursos psicológicos, aprender a poner límites, elaborar heridas de infancia, construir vínculos más saludables y beneficiarse mucho de una psicoterapia. Sin embargo, ningún recurso individual vuelve inocuas la violencia, la precariedad laboral, la pobreza, la discriminación, el endeudamiento permanente o la imposibilidad de acceder oportunamente a atención psicológica y psiquiátrica.

Aquí aparece uno de los problemas de cierta cultura contemporánea del bienestar: convertir fenómenos sociales en responsabilidades individuales. Frente al agotamiento se recomienda meditar; frente a condiciones laborales abusivas, aprender a manejar el estrés; frente a la angustia económica, practicar gratitud. Todas estas herramientas pueden resultar valiosas, pero se vuelven insuficientes –e incluso culpabilizadoras– cuando reemplazan la pregunta por aquello que está produciendo el sufrimiento.

Como psicólogos necesitamos sostener simultáneamente dos dimensiones. Existe una biografía singular que requiere ser escuchada y trabajada, y existe también un contexto que facilita, agrava o perpetúa determinados malestares. Reducirlo todo a la sociedad empobrece la comprensión psicológica; reducirlo todo al individuo desconoce las condiciones concretas en que transcurre su vida.

Esto también obliga a revisar el concepto de autocuidado. Dormir mejor, descansar, hacer ejercicio, mantener vínculos significativos o pedir ayuda son factores protectores. Sin embargo, el autocuidado tiene límites cuando una persona trabaja jornadas extenuantes, vive violencia, carece de seguridad económica o debe esperar meses para recibir atención. En esas circunstancias, además de preguntarnos qué puede hacer esa persona, corresponde preguntarnos qué debería cambiar en su entorno.

Una sociedad que realmente se preocupa por la salud mental no puede limitarse a enseñar a sus ciudadanos a tolerar mejor aquello que los enferma. Necesita construir condiciones de vida que disminuyan sufrimientos evitables. La psicoterapia puede ayudar a reparar heridas, ampliar posibilidades y recuperar la propia voz; la política tiene la responsabilidad de procurar que esas heridas no sean producidas y reproducidas sistemáticamente.

La salud mental ocurre en una persona concreta, con una historia concreta, dentro de una sociedad concreta. Separar artificialmente estas dimensiones termina ofreciendo explicaciones demasiado simples para dolores profundamente complejos.

25/08/2026
24/08/2026

EL DOLOR DE SENTIRSE INVALIDADO

Ricardo tiene 28 años y comenzó una psicoterapia porque sentía que algo se estaba deteriorando en su relación de pareja. Llevaba seis años con María José, la quería y habían construido diversos proyectos en común. Sin embargo, progresivamente había comenzado a sentirse solo dentro de la relación. Una de sus principales dificultades aparecía cuando intentaba hablar acerca de aquello que le dolía.

Cada vez que Ricardo trataba de expresar tristeza, inseguridad, miedo o alguna necesidad afectiva, sentía que María José cuestionaba lo que estaba sintiendo. “Estás exagerando”, “te tomas todo demasiado personal” o “siempre haces un problema de las cosas” eran algunas de las respuestas que recibía. Las conversaciones terminaban frecuentemente con Ricardo explicando y defendiendo por qué tenía derecho a sentirse como se sentía.

Al explorar su historia familiar apareció una conexión significativa. Su madre había reaccionado de una manera semejante durante su infancia. Cuando Ricardo lloraba, se enojaba o decía que algo le había dolido, ella tendía a minimizarlo. Había aprendido progresivamente que mostrar sus sentimientos podía terminar en cuestionamientos, críticas o burlas. Por eso desarrolló una tendencia a guardarse muchas cosas y a dudar incluso de sus propias percepciones.

La dificultad con María José tocaba precisamente esa zona vulnerable de su historia. Cuando ella invalidaba sus sentimientos, Ricardo no experimentaba únicamente el conflicto presente: se activaban sentimientos asociados a muchas situaciones anteriores en las que tampoco se había sentido escuchado. Esto ayudó a comprender por qué algunas discusiones de pareja adquirían para él una intensidad que inicialmente le resultaba difícil explicar.

En psicoterapia trabajamos especialmente en diferenciar ambas relaciones. María José no era su madre y Ricardo ya no era aquel niño que dependía de la aprobación materna para validar lo que sentía. Sin embargo, reconocer la semejanza entre ambas dinámicas permitió identificar una repetición relacional: había vuelto a encontrarse en un vínculo donde necesitaba justificar permanentemente su mundo emocional.

Parte del proceso consistió en fortalecer su confianza en sus propias percepciones y sentimientos. Ricardo comenzó a reconocer que una emoción puede ser legítima aunque otra persona no la comparta. También trabajamos en poner límites frente a la invalidación y en expresar con mayor claridad qué necesitaba de una conversación afectiva: ser escuchado, poder mostrar vulnerabilidad y encontrar interés genuino por lo que le ocurría.

Después de varios intentos por conversar con María José acerca de esta dinámica, Ricardo llegó a una decisión dolorosa: terminar la relación. No fue una determinación impulsiva. Seis años juntos, una historia compartida y diversos proyectos futuros hacían que separarse implicara también un duelo por la vida que había imaginado junto a ella. Querer a alguien y reconocer que una relación produce sufrimiento pueden coexistir.

La separación tuvo además un significado psicológico profundo. Ricardo pudo reconocer que permanecer indefinidamente en una relación donde debía defender la legitimidad de sus sentimientos reproducía una herida conocida desde la infancia. Terminar la relación fue también una manera de poner un límite frente a una forma de vincularse que ya no quería seguir repitiendo.

El proceso terapéutico continuó acompañando el duelo y ayudándolo a construir una manera diferente de relacionarse consigo mismo y con los demás. Ricardo fue entendiendo que la intimidad afectiva requiere poder mostrar vulnerabilidad y encontrar una disposición recíproca a escucharla. Su decisión implicó una pérdida significativa, pero también la posibilidad de elegir vínculos donde su mundo emocional tuviera un lugar.

(Publicado con autorización)

19/08/2026

¿Tendrías un amigo o amiga republicano (partido de Kast) o nacional libertario (partido de Kaiser)?

19/08/2026

CUANDO EL DOLOR DEL PACIENTE CONMUEVE AL TERAPEUTA

Patricia tenía 42 años cuando comenzó su proceso de psicoterapia. Había perdido a su hijo de 17 años en un accidente automovilístico ocurrido pocos meses antes. Desde entonces, su vida parecía haberse dividido en dos: la que existía antes de esa llamada telefónica y la que había comenzado después. Podía levantarse, trabajar y conversar con otras personas, pero sentía que una parte de ella se había quedado detenida en ese día.

Durante varias sesiones habló de su hijo. Recordaba su sentido del humor, las discusiones cotidianas, la música que escuchaba demasiado fuerte y los mensajes que todavía conservaba en el teléfono. También aparecía una culpa persistente. La última conversación que habían tenido había sido una discusión por algo menor. Patricia volvía una y otra vez a esa escena y se preguntaba por qué no había terminado diciéndole que lo quería.

Una tarde tuvimos una sesión especialmente difícil. Patricia llevó algunas fotografías y comenzó a hablar de todo lo que ya no ocurriría: verlo terminar sus estudios, conocer sus proyectos de adulto, acompañarlo en sus alegrías y dificultades, quizás verlo formar una familia. En un momento dijo: “Lo que más me duele es que voy a seguir envejeciendo y él siempre va a tener 17 años.”

Nos quedamos un momento en silencio. No había una interpretación que pudiera mejorar esa frase ni una explicación psicológica capaz de disminuir inmediatamente ese dolor. A veces el trabajo terapéutico consiste también en permanecer junto a una persona frente a aquello que no tiene solución. Ese día terminé la sesión especialmente conmovido.

Después de despedirnos me quedé sentado unos minutos. Su historia seguía resonando. Pensé en Patricia, en su hijo y en la brutalidad que puede tener una pérdida semejante. Ser psicoterapeuta no significa volverse impermeable al sufrimiento de los pacientes. La “neutralidad” profesional tampoco exige transformarse en alguien emocionalmente distante.

Por supuesto, conmoverse requiere límites. El paciente no puede terminar cuidando al terapeuta ni sintiendo que debe moderar su dolor para protegerlo. Tampoco corresponde apropiarse de una historia ajena como si fuera propia. El dolor seguía siendo de Patricia. Mi tarea era acompañarla sin invadirla y sostener el espacio terapéutico sin convertir mis propias emociones en el centro de la sesión.

Con el paso de los meses, Patricia pudo hablar de su hijo de otras maneras. El dolor continuaba, pero empezó a convivir con recuerdos que también traían cariño, gratitud e incluso algunas sonrisas. Trabajamos especialmente aquella última discusión. Poco a poco pudo reconocer que diecisiete años de vínculo no podían quedar definidos por las palabras intercambiadas durante unos pocos minutos. El amor entre ambos tenía una historia mucho más extensa que aquella despedida accidentalmente amarga.

Patricia también me enseñó algo que muchas veces olvidamos al hablar de psicoterapia: detrás del rol profesional existe una persona. Escuchar profundamente implica permitir que algunas historias nos toquen, mientras conservamos la responsabilidad de elaborar lo que nos producen y mantener los límites necesarios. La distancia terapéutica suficiente no es indiferencia. Podemos conmovernos sin apropiarnos del dolor, recordar a un paciente después de una sesión sin invadir su vida y sentir tristeza por lo que atraviesa sin pedirle que se haga cargo de nuestra tristeza.

Al terminar algunas sesiones, la historia del paciente queda resonando durante un rato. Eso también forma parte del oficio. La tarea consiste en encontrar una distancia suficientemente cercana para acompañar y suficientemente clara para seguir cuidando.

(Publicado con autorización)

14/08/2026

“NO CREO EN LOS PSICÓLOGOS”

Decir “no creo en los psicólogos” resulta curioso porque la psicología no es una cuestión de fe. Es una disciplina científica y profesional dedicada al estudio del comportamiento, las emociones, los procesos mentales, los vínculos y la manera en que las personas se desarrollan e interactúan con su entorno.

Además, la psicología es mucho más amplia que la psicoterapia. Existen psicólogos que trabajan en educación, organizaciones, deporte, justicia, investigación, universidades, comunidades, políticas públicas, neuropsicología, salud, emergencias y muchos otros ámbitos. Investigan fenómenos como la memoria, el aprendizaje, la motivación, la toma de decisiones, los prejuicios, la violencia, el desarrollo infantil, las dinámicas grupales y el comportamiento social.

Por supuesto, la psicología puede y debe ser cuestionada. A lo largo de su historia ha sostenido teorías posteriormente descartadas, ha cometido errores y mantiene debates internos acerca de sus métodos, conceptos y formas de intervención. El pensamiento crítico también forma parte del desarrollo de una disciplina.

Otra cosa es desconfiar de determinados psicólogos. Como ocurre en cualquier profesión, existen diferencias de formación, experiencia, criterio, responsabilidad y calidad profesional. Una mala experiencia con un psicólogo puede producir rechazo y desconfianza comprensibles.

La psicoterapia constituye solo una de las aplicaciones de la psicología. Cuando alguien consulta, el vínculo con el profesional adquiere especial relevancia: sentirse escuchado, respetado y comprendido puede marcar profundamente el desarrollo del proceso.

Por eso, quizá la discusión más interesante comienza cuando se reemplaza “no creo en los psicólogos” por preguntas más precisas: ¿qué aspecto de la psicología cuestiono?, ¿qué experiencias sustentan mi desconfianza?, ¿estoy cuestionando a un profesional, una práctica, una teoría o a toda una disciplina?

La psicología no necesita que creamos en ella; necesita ser estudiada, evaluada, cuestionada y ejercida con rigor.

12/08/2026

“ME DA VERGÜENZA SER YO”

Claudia, de 36 años, llegó a mi consulta psicológica porque sentía una inseguridad que atravesaba casi todos los ámbitos de su vida. Trabajaba como arquitecta, tenía pareja desde hacía cuatro años y mantenía un pequeño grupo de amigas cercanas. Desde afuera, su vida parecía relativamente estable. Sin embargo, vivía muy pendiente de cómo podía ser evaluada. En reuniones laborales hablaba solamente cuando estaba completamente segura de lo que iba a decir, evitaba expresar desacuerdos y podía pasar horas repasando mentalmente una conversación para descubrir si había dicho algo «ridículo».

Durante las primeras sesiones utilizaba con frecuencia una frase: «Me da vergüenza ser así». Sentía vergüenza cuando lloraba, cuando se equivocaba, cuando necesitaba ayuda, cuando recibía una crítica y también cuando alguien la elogiaba. Si su pareja le decía que la encontraba atractiva, sospechaba que exageraba. Le costaba mirarse en fotografías y evitaba subir imágenes suyas a redes sociales. Poco a poco comenzó a aparecer una sensación más profunda: «Siempre siento que hay algo en mí que los demás todavía no han descubierto».

Al reconstruir su historia infantil aparecieron numerosas escenas aparentemente pequeñas. Su madre era muy crítica con su apariencia y acostumbraba hacer comentarios acerca de su peso, su ropa y su manera de sentarse. Su padre valoraba especialmente el rendimiento académico y reaccionaba con ironía frente a los errores. Cuando Claudia tenía diez años, durante un almuerzo familiar contó entusiasmada que quería participar en una obra de teatro del colegio. Su padre se rio y comentó delante de todos que primero tendría que aprender a hablar sin ponerse roja. Varias personas rieron. Claudia todavía recordaba con claridad aquel momento y las ganas intensas que sintió de desaparecer.

En el colegio encontró experiencias semejantes. Era tímida y se ruborizaba fácilmente, algo que algunos compañeros comenzaron a señalar cada vez que debía hablar frente al curso. Con los años desarrolló una estrategia eficaz: prepararse mucho, exponerse poco y controlar cuidadosamente aquello que mostraba. La estrategia disminuía las posibilidades de volver a sentirse humillada, aunque también fue reduciendo su espontaneidad. La mirada crítica de otras personas terminó convirtiéndose progresivamente en su propia mirada.

Una sesión resultó especialmente significativa. Claudia contó que durante toda su adolescencia había ocultado que su padre trabajaba como auxiliar de aseo en un edificio de oficinas. En el colegio, cuando sus compañeras hablaban de las profesiones de sus padres, ella decía que el suyo «trabajaba en una empresa» y rápidamente cambiaba de tema. A los dieciséis años, una compañera lo vio limpiando el hall de un edificio y al día siguiente le preguntó delante de otras personas si «ese señor del aseo» era su papá. Claudia lo negó.

Nunca había contado aquello porque lo que más la avergonzaba actualmente era haber negado a su padre. Mientras relataba la escena permaneció un buen rato en silencio y después comenzó a llorar. «Él nunca me dio motivos para avergonzarme de él. Trabajaba todo el día por nosotros. La que se avergonzó fui yo», dijo. Luego permaneció nuevamente en silencio y agregó: «Si te cuento esto, vas a pensar distinto de mí».

Aquella frase permitió acercarnos a un aspecto central de su dificultad. Claudia había aprendido tempranamente que determinadas características personales o familiares podían disminuir su valor frente a los demás. Durante su adolescencia había sentido vergüenza del trabajo de su padre porque había incorporado las jerarquías sociales del ambiente en el que se desenvolvía. Años después sentía vergüenza de sí misma por haberlo negado. La emoción había cambiado de objeto, aunque conservaba la misma estructura: una mirada ajena, real o imaginada, ante la cual temía quedar expuesta como alguien inferior.

Trabajamos aquella escena durante varias sesiones. Claudia pudo recordar el miedo que había sentido a los dieciséis años, su necesidad de pertenecer al grupo y las diferencias económicas que percibía entre su familia y las familias de algunas compañeras. También pudo reconocer que durante años había juzgado a aquella adolescente desde los recursos emocionales de la mujer adulta que era actualmente. Comprender el contexto en que había ocurrido su reacción le permitió construir una mirada más amplia sobre su propia historia.

El trabajo psicoterapéutico fue orientándose también hacia la identificación de otras miradas que Claudia había incorporado durante su infancia y adolescencia. Comenzó a reconocer cuánto de su diálogo interior reproducía antiguas críticas familiares y sociales. Su perfeccionismo, su necesidad de aprobación y su tendencia a pasar inadvertida habían cumplido durante años una función protectora. Habían sido maneras de disminuir el riesgo de nuevas experiencias de exposición y humillación.

Gradualmente empezó a ensayar formas diferentes de relacionarse con los demás. Expresó opiniones aun cuando tenía dudas, pidió ayuda en el trabajo, permitió que su pareja la acompañara durante momentos de vulnerabilidad y dejó de revisar durante horas algunas conversaciones. También comenzó a hablar con mayor libertad acerca de su historia familiar. Cada una de estas situaciones contenía una experiencia nueva: podía mostrarse con sus inseguridades, contradicciones y aspectos imperfectos, y comprobar que los vínculos podían permanecer.

Meses después recordó nuevamente la escena del colegio. Esta vez apareció un recuerdo que hasta entonces había quedado en segundo plano: su padre nunca supo que ella lo había negado. Claudia dijo que durante años había imaginado qué habría sentido él si hubiese escuchado aquella respuesta. Lloró nuevamente, aunque de una manera diferente. Pudo hablar del cariño que sentía por su padre, de su esfuerzo cotidiano y también de las condiciones sociales que habían llevado a una adolescente a sentir que el trabajo de una persona podía disminuir el valor de toda una familia.

Hacia el final del proceso volvió también a aquella escena del almuerzo familiar en que su padre se había burlado de ella cuando quería participar en una obra escolar. Pudo observar entonces una historia más compleja: quería profundamente a su padre y, al mismo tiempo, había recibido de él algunas experiencias que contribuyeron a que aprendiera a sentirse expuesta. Comprender esa ambivalencia le permitió abandonar una lectura simplificada de su historia y reconocer que los vínculos significativos pueden contener simultáneamente afecto y heridas.

En una de las últimas sesiones dijo una frase que sintetizaba buena parte de su cambio: «Todavía me dan vergüenza algunas cosas, pero ya no me da vergüenza ser yo». Había comenzado a diferenciar una emoción de una definición de identidad. La vergüenza podía aparecer frente a determinadas situaciones sin convertirse inmediatamente en una sentencia sobre su valor personal. Con el tiempo, Claudia recuperó espacios que había abandonado durante años y, especialmente, una mayor libertad para mostrarse sin controlar permanentemente la impresión que producía en los demás. La psicoterapia le permitió revisar las miradas con las que había aprendido a observarse y comenzar a construir una mirada propia, más comprensiva con la niña y la adolescente que había sido y también con la mujer que era en el presente.

(Publicado con autorización)

04/08/2026

“¡Y ESO QUE ERES PSICÓLOGA!”

Es una frase que muchas psicólogas y psicólogos escuchan cuando atraviesan una crisis, se angustian, se equivocan o tienen dificultades en sus relaciones. Detrás de ese comentario suele esconderse una idea errónea: creer que estudiar psicología inmuniza contra el sufrimiento.

Ser psicóloga o psicólogo no significa no sentir ansiedad, tristeza, rabia, miedo o frustración. Tampoco implica tener siempre las respuestas, resolver impecablemente todos los conflictos o mantener relaciones perfectas. Los psicólogos siguen siendo personas con una historia, heridas, vulnerabilidades y desafíos propios.

La formación profesional entrega conocimientos y herramientas para comprender el sufrimiento humano y acompañar procesos de cambio. Pero comprender algo no equivale a quedar exento de vivirlo. Del mismo modo que un cardiólogo puede padecer una enfermedad cardíaca o un traumatólogo puede fracturarse una pierna, una psicóloga o psicólogo también puede necesitar apoyo psicológico.

De hecho, haber atravesado experiencias de dolor y haberlas elaborado suele enriquecer la capacidad de empatía y de acompañamiento clínico. No porque el sufrimiento sea un requisito para ejercer bien, sino porque recuerda permanentemente que nadie está por encima de la condición humana.

Por eso, más que decir “¡Y eso que eres psicóloga!”, quizá convendría decir: “Eres una persona y también puedes sufrir.”

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02/08/2026

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