10/03/2026
Relato de una visión
Detrás de unas grandes montañas
se levantaban nubes negras, gigantes, tan negras que parecían absorber la luz.
Eran espesas y lentas, como si pesaran,
como si algo enorme estuviera despertando detrás de ellas.
De pronto comenzó a salir humo blanco,
blanco como la nieve.
Espeso… abundante…
y empezó a crecer hasta cubrir las montañas.
Entre ese humo y esas nubes
aparecían rayos, luces, explosiones de luz
que subían hacia el cielo.
Por un momento sentí
que el cielo y la tierra se habían unido.
Entonces aparecieron ellos.
Hombres montados a caballo.
Caballos grandes, majestuosos,
que no pisaban la tierra…
corrían sobre el aire.
Venían hacia la gente.
Los hombres eran altos, fornidos, imponentes.
No miraban nada en particular.
Sentí que no necesitaban los ojos para ver.
En un gran camino de tierra
íbamos caminando yo con mi hija
y muchas personas más.
Parecía que todos buscábamos refugio…
o escapábamos de algo.
Curiosamente, yo caminaba sin miedo.
A ratos miraba hacia atrás
y contemplaba ese escenario inmenso:
las nubes negras,
el humo blanco,
los rayos, las luces,
las explosiones que crecían
y se elevaban hacia el cielo.
De pronto sentí que los caballos venían.
Me hice a un lado del camino
y vi cómo los jinetes comenzaban a llevarse a la gente.
Mujeres con sus hijos en brazos,
hombres,
niños…
incluso personas vestidas con ropas de otros tiempos.
Uno a uno eran tomados
y sacados de ese camino de tierra.
Parecía que todo ocurría al amanecer,
en esa hora en que la noche todavía no se va
y el día aún no llega.
Miré a mi hija
y le pregunté:
—¿Ves lo que está pasando en la montaña?
Y ella me respondió:
—Veo muy poco…
no sé qué está sucediendo.
⸻
Después me vi sola.
Estaba en una calle oscura, de noche.
El silencio era profundo.
De pronto, a lo lejos, volví a verlos venir:
los jinetes.
Me hice a un lado del camino,
cerré los ojos
y recé el Padre Nuestro.
Cuando abrí los ojos otra vez,
los vi pasar frente a mí.
Los caballos seguían sin tocar la tierra.
Levitaban…
galopaban sobre el aire.
Eran enormes, poderosos,
y sus jinetes seguían igual de imponentes,
como si miraran más allá de lo visible.
Entonces ocurrió algo más.
Por un costado comenzaron a aparecer ángeles
vestidos de blanco.
Eran más pequeños, más delicados,
casi menudos,
como si recorrieran la tierra buscando algo.
Con el corazón apretado les dije:
—Por favor… cuiden a mi hija.
La perdí en el camino.
Ninguno me miró.
Ninguno respondió con palabras.
Pero sentí que me habían escuchado.
En ese lugar
no era necesario ver con los ojos
ni oír con los oídos.
Así los vi alejarse.
Los guerreros, sobre sus caballos grandes y poderosos,
levitando mientras galopaban en el aire.
Y más abajo,
recorriendo la tierra en silencio,
los ángeles vestidos de blanco.
eran Los Ángeles de la guarda