06/09/2026
Quizás los modelos de belleza no nos atraen solamente porque sean bellos, sino porque parecen resolver algo mucho más angustiante: la incertidumbre de no saber si, siendo quienes somos, tendremos un lugar en el deseo de los demás.
Cuando una determinada apariencia se convierte en condición de amor, la imagen deja de ser solamente una imagen y se transforma en una especie de argumento. La utilizamos para demostrar que merecemos ser mirados, elegidos, reconocidos y tratados con ternura.
Entonces una arruga, un cambio en el cuerpo o una comparación no amenazan únicamente nuestra belleza. Amenazan la prueba en la que habíamos apoyado nuestro valor.
Por eso, muchas veces, el rechazo hacia el propio cuerpo es la expresión visible de una dependencia más profunda: la necesidad de que algo externo certifique que nuestra existencia es válida.
Y es en ese lugar donde la belleza se convierte en un escudo: una forma de protegernos de la posibilidad de no gustar, no ser elegidos o quedar fuera. Pero todo escudo también encierra. Mientras nos protege de esa incertidumbre, nos obliga a vigilar constantemente que la imagen no falle.
Quizás por eso la belleza puede ofrecernos seguridad, pero nunca verdadero descanso.