06/06/2026
Estar con mi niña interior y mirarla no ha sido fácil.
Durante mucho tiempo pensé que conectar con ella sería algo natural. Que sentiría ternura, compasión o alivio.
Pero la verdad es que muchas veces ha sido todo lo contrario.
Sentir su dolor me ha confrontado con emociones incómodas; la vergüenza, rabia, tristeza y hasta cierto rechazo hacia lo que siento.
Y no voy a mentir.
No ha sido un camino fluido.
Todavía estoy en él.
Porque mirar las dificultades que tengo hoy como adulta y descubrir su raíz suele llevarme a una misma conclusión:
"Siempre fue esto lo que me pasaba."
Y darme hoy lo que necesité entonces ha sido un recordatorio constante de mi parte más vulnerable.
¿Les ha pasado en terapia que quieren conectar con su niña interior o sanar rápido aquello que duele?
Pero cuando empiezan a sentir de verdad lo que hay debajo, aparece algo que dice:
"Ay no... mejor no tanto."
"Mejor no voy más profundo."
"Mejor me distraigo."
Y es que muchas veces no solo nos duele el dolor de esa niña.
También nos duele acercarnos a él.
Porque durante años aprendimos a sobrevivir alejándonos de ciertas emociones, necesidades o experiencias.
Por eso hoy creo que el camino no siempre va de sanar rápido.
Aunque muchas veces ese sea el motivo por el que llegamos a terapia.
Con el tiempo he descubierto que cuanto más lento, cuidadoso y respetuoso es mi acercamiento hacia ella, más puedo conectar.
Con ella.
Y conmigo.
Porque sanar no siempre es llegar rápido a un lugar distinto.
A veces es aprender a permanecer, poco a poco, junto a aquello que durante años no pudimos sostener.
Y desde ahí, construir una relación diferente con nuestra historia.