08/07/2026
TESTIMONIO DE LA MADRE DE UN ADICTO.🫂🫂🫂
No sé cuántos años viví con la ansiedad, el desasosiego y el temor como acompañante. Tenía tanto miedo a que mi hijo muriera por su adicción al alcohol y a las dr**as (y que mucho después supe que ésa había sido sólo el inicio de otras adicciones). Fueron muchos años y el desgaste emocional fue enorme. Cuando no llegaba en la noche, cuando llegaba y lo olía y abrazaba y él lloraba como un niño cuando me hablaba por teléfono a altas horas de la madrugada para decirme que lo habían asaltado, o le habían robado el auto o había chocado. Cuando me decía que no pasaba nada, que yo exageraba, que él estaba bien, que sólo había tomado unas copitas con los amigos . Y no me atrevía a hablar con nadie sobre el asunto; es increíble, sabiendo que la cosa estaba tan mal no quería además arriesgar la reputación de mi hijo. Sólo una vez hablé con un muy buen amigo jesuita. Me dijo que no era mi culpa, que él era un adulto joven que había decidido ese camino y que él debía encontrar la salida a su problema; insistió mucho en que no me culpara y buscara desapegarme y ayudarlo cuando él lo pidiera, si lo pedía. Pero yo sí me culpaba. Estaba divorciada, no había habido un padre en la casa desde que él tenía 10 años, era muy débil para sostener mis reglas de convivencia y mi hijo muy inteligente para manipularme. Sentía que no podía ser madre y padre y a la vez trabajar y llevar toda la carga doméstica. Aunque unos años después ya no compartimos la vivienda, el miedo no se me quitó. No me funcionó muy bien aquello de "ojos que no ven corazón que no siente"; mi corazón sentía, aun a miles de kilómetros de distancia, cuando decidí poner más distancia, en realidad, huyendo. Mi bolsillo también se resentía, pues con su tarjeta bancaria adicional empezó a pedir "prestado" cada vez más. Y yo pagaba pensando que así no haría peores cosas. No sé cuántos años pasaron, pero fueron muchos. Lo veía a menudo, para comprobar que estuviera "bien", es decir, vivo. Cuando me resultó insoportable ver sus grandes ojeras, su desempleo, su salud física minada, las cajas de pastillas para dormir, y que se quedara en la cama sin levantarse más que para ir al baño, fui a pedir ayuda e información con los expertos; yo había llegado a mi límite.
En la primera plática de orientación que recibí en un centro especializado en el tratamiento de las adicciones aprendí mucho y supe que lo que yo decía conocer acerca de las adicciones eran MERAS SUPERFICIALIDADES. Mi hijo tenía una enfermedad, una adicción química, una dependencia a sustancias; una enfermedad que es crónica y, por tanto, incurable, progresiva y mortal, por ello hay que detener el consumo. Su origen es multifactorial (genético en cuanto a la propensión, psicológico, familiar, cultural por la amplia permisividad social en el uso del alcohol). Los enfermos, en la fase crítica, experimentan una pérdida de control, justifican su consumo a través de la negación, la minimización, la racionalización y la transferencia (echar la culpa a otros), tienen actitudes fanfarronas, conductas agresivas, pueden tener periodos de abstinencia completa y todo el cuadro influye en un cambio en las costumbres familiares y sus patrones de relación. Fue muy doloroso escuchar que el adicto es una persona que tiene el alma rota. No puede expresar bien el amor que tiene y es capaz de herir y agredir a quienes más quiere, sin quererlo. El adicto se autodestruye; algo, que él tiene que averiguar, le rompió el corazón y la autoestima. Su condición es de dolor, resentimiento, miedo y soledad. No puede procesar su vida normalmente y compensa como puede. Pero resulta que la familia del adicto también se enferma; tiene sentimientos de enojo, frustración, culpa, vergüenza, que pueden convertirse en conductas facilitadoras hacia el adicto, como pueden ser la sobreprotección, la complicidad, la indiferencia, el regaño, la agresión, la evasión, el control, la recompensa, la victimización. Esa primera plática me afectó enormemente. Cada descripción de casos que hacía el especialista me provocaba un intenso dolor; podía identificar a mi hijo en las etapas de adicción recorridas, en los comportamientos, en las respuestas mías. Y las explicaciones y la información me hicieron ver qué poco sabía yo del asunto y qué enorme era el problema de las adicciones en las familias. La cantidad de sustancias que existen y lo generalizado de su consumo, los efectos sobre las personas, representan un problema social mayúsculo. Usando la información y el miedo traté de convencer a mi hijo de que se internara. Pero no aceptó la primera invitación. Ello se logró meses después con información y emoción, de la imperiosa necesidad de que reciba ayuda y tratamiento. Literalmente,con su aceptación, se inició su internamiento ; comenzó el tratamiento de rehabilitación para él . Mi desasosiego se alejaba por primera vez en años.
En el centro nos encontrábamos madres, en menor número padres, hermano(a)s, esposa(o)s, abuelos . Con las charlas de los terapeutas y nuestras respuestas e interrogantes, empezaron a desfilar todas las vivencias que, en mayor o menor grado, habíamos experimentado todos. Yo sentí apoyo, mucha solidaridad en cada paso que se daba y las lágrimas no me paraban de fluir. Los problemas de comunicación en las familias, los comportamientos codependientes cuando los había, las culpas, la vergüenza, " Para muchos, estoy segura, era la primera vez que realmente nos sentábamos a mirarnos, a decirnos cosas guardadas, a expresar nuestros sentimientos alrededor de la adicción. La energía entre nuestros dos seres era inaudita y las lágrimas, incontables. ¿Cuándo antes nos habíamos podido decir mi hijo y yo esas cosas? Las catarsis a veces alcanzaban cimas, en emoción, en lágrimas, que nunca antes pensé podría yo expresar ante personas especialistas. Comprobe cómo puede ser efectiva la ayuda mutua, sesiones grupales y cómo se quita la pena de hablar frente a personas casi desconocidas sobre eventos y comportamientos muy personales. En privado, con el terapeuta , mi hijo y yo discutimos, con la mayor honestidad de la que fuimos capaces, la cuestión de los límites, los resentimientos, el futuro deseado. Nuestras lágrimas y nuestros abrazos, que permitían sentir los latidos de los corazones, fueron el acompañamiento habitual en esas sesiones. Yo sigo con mi recuperación al igual que él, quien felizmente continúa sobrio y viviendo su tratamiento. Día con día continuamos con nuestro propio proceso. No todos los adictos que se internaron en la época en que lo hizo mi hijo siguen así; infelizmente hubo varias recaídas que, quiero suponer, estarán tratando de superar. Yo, como madre, en caso de una recaída de él podré ofrecerle ayuda sólo si me la solicita. También sigo aprendiendo a no girar al ritmo de su vida . El tratamiento no resulta igual para todos; realmente hay que ser fuerte, hay que tener mucha fe, hay que ser humilde, hay que tener valor para cambiar. Día por día. Soy una madre que siente tranquilidad.
Carta de la madre de un paciente.
Palabras llenas de sentimiento expresadas con gran emoción, quedaron plasmadas en esta hoja y que ahora son un gran regalo para todo el que las valore y pueda entender lo que significan.
Créditos no a las dr**as.
SI UD TIENE UN SER QUERIDO sumido en estas adicciones.
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