15/07/2026
A veces entiendes tanto a los demás que acabas olvidándote de ti.
Entiendes que tuvo un mal día. Que viene de una historia difícil. Que no sabe gestionar sus emociones. Que está pasando por una etapa complicada. Que quizá no quiso hacerlo con mala intención.
Y claro, comprender puede ser muy humano.
Pero cuando esa comprensión te lleva a justificar desprecios, silencios crueles, gritos, mentiras, indiferencia o faltas de respeto, deja de ser empatía y empieza a convertirse en abandono propio.
Psicológicamente, muchas personas que han aprendido a cuidar mucho a los demás sienten culpa cuando ponen límites. Les cuesta decir “esto me duele”, “no me hables así”, “no voy a seguir permitiendo esto”. Creen que, si entienden el dolor de la otra persona, tienen que quedarse, aguantar y dar otra oportunidad.
Pero puedes entender a alguien y aun así decidir protegerte.
Puedes reconocer sus heridas sin permitir que las use para herirte a ti. Puedes tener empatía y marcar distancia. Puedes querer a una persona y aceptar que su forma de tratarte no te hace bien.
Porque una relación sana no debería pedirte que ignores lo que sientes para sostener al otro.
Ser comprensiva es bonito. Pero ser tan comprensiva que empiezas a minimizar tus propias heridas puede hacerte muchísimo daño.
A veces el límite más importante aparece cuando dejas de preguntarte por qué alguien actúa así y empiezas a preguntarte qué te está costando seguir ahí.
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