23/01/2026
La deshumanización no es la ausencia de humanidad, sino un modo de organización social que subordina los cuerpos, los tiempos y los vínculos a imperativos económicos, técnicos y de rendimiento. En nombre del progreso, este sistema promueve sujetos permanentemente productivos, endeudados y temerosos; el estrés crónico y la vida en automático nos mantienen agotados y dóciles, facilitando la imposición de modelos de maternidad-paternidad que terminamos aceptando sin cuestionar.
Cada vez más niños son concebidos mediante técnicas de reproducción asistida. Un avance médico real, pero también la señal de cuerpos agotados, atravesados por estrés crónico, alimentación deficiente y una intervención farmacológica constante.
Las cesáreas dejaron de ser la excepción.
La lógica de lo programado, lo rápido y lo controlable se impone sobre los procesos fisiológicos, en un modelo sanitario que prioriza la eficiencia económica por sobre las necesidades reales del paciente. Y cuando el parto natural es desplazado, no se pierde solo una práctica, ya que al no transitar esa experiencia corporal, entonces no se integra en el sistema nervioso y el cerebro aprende otra lógica: que el nacimiento depende de la intervención de un tercero.
El impacto evolutivo se proyecta en las generaciones futuras, en una deshumanización que convierte al cuerpo en un recurso prescindible sobre el que se interviene sin miramientos y al útero artificial en promesa de progreso.
En tanto la lactancia materna a demanda no incomoda a la evidencia científica, sino a la lógica productiva, ya que requiere tiempo, presencia y disponibilidad emocional. Además, fortalece un apego profundo que no resulta funcional a un sistema que prioriza el rendimiento por sobre el vínculo.
Por otra parte, la delegación de la crianza en los primeros años se ha vuelto una norma. Y no hablo de los casos en los que verdaderamente no hay alternativa, porque es verdad que vivimos en un sistema que convierte la presencia en la primera infancia en un lujo y no en un derecho. Me refiero a cuando esa delegación se vuelve automática, incuestionada, sostenida más por el mandato del sistema que por las necesidades reales de la familia.
Desde la psicología del apego sabemos que la presencia estable de las figuras de cuidado, en los primeros años, es clave para la salud mental futura. No obstante, persisten discursos que justifican la separación temprana en nombre de la socialización o la autonomía de los infantes, desconociendo que en esta etapa la dependencia es parte del desarrollo saludable.
𝐋𝐚𝐬 𝐝𝐞𝐜𝐢𝐬𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐭𝐨𝐦𝐚𝐦𝐨𝐬 𝐞𝐧 𝐥𝐚 𝐜𝐫𝐢𝐚𝐧𝐳𝐚 𝐧𝐨 𝐬𝐞 𝐜𝐨𝐧𝐬𝐭𝐫𝐮𝐲𝐞𝐧 𝐞𝐧 𝐞𝐥 𝐯𝐚𝐜í𝐨, 𝐬𝐮𝐞𝐥𝐞𝐧 𝐞𝐱𝐩𝐫𝐞𝐬𝐚𝐫 𝐡𝐞𝐫𝐢𝐝𝐚𝐬, 𝐥𝐞𝐚𝐥𝐭𝐚𝐝𝐞𝐬 𝐲 𝐞𝐱𝐩𝐞𝐫𝐢𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚𝐬 𝐭𝐞𝐦𝐩𝐫𝐚𝐧𝐚𝐬 𝐧𝐨 𝐞𝐥𝐚𝐛𝐨𝐫𝐚𝐝𝐚𝐬. 𝐄𝐧 𝐚𝐥𝐠𝐮𝐧𝐨𝐬 𝐜𝐚𝐬𝐨𝐬, 𝐬𝐞 𝐫𝐞𝐩𝐢𝐭𝐞 𝐮𝐧𝐚 𝐢𝐧𝐟𝐚𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐦𝐚𝐫𝐜𝐚𝐝𝐚 𝐩𝐨𝐫 𝐥𝐚 𝐞𝐬𝐜𝐚𝐬𝐚 𝐩𝐫𝐞𝐬𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐩𝐚𝐫𝐞𝐧𝐭𝐚𝐥 𝐝𝐞𝐛𝐢𝐝𝐨 𝐚𝐥 𝐭𝐫𝐚𝐛𝐚𝐣𝐨; 𝐞𝐧 𝐨𝐭𝐫𝐨𝐬, 𝐬𝐞 𝐫𝐞𝐚𝐜𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚 𝐟𝐫𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐚 𝐡𝐢𝐬𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐜𝐚𝐫𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐞𝐜𝐨𝐧ó𝐦𝐢𝐜𝐚, 𝐢𝐧𝐭𝐞𝐧𝐭𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐞𝐯𝐢𝐭𝐚𝐫 𝐬𝐮 𝐫𝐞𝐩𝐞𝐭𝐢𝐜𝐢ó𝐧, 𝐚𝐮𝐧 𝐜𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐞𝐬𝐨 𝐢𝐦𝐩𝐥𝐢𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐨𝐬𝐭𝐞𝐧𝐞𝐫 𝐝𝐢𝐧á𝐦𝐢𝐜𝐚𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐯𝐮𝐞𝐥𝐯𝐞𝐧 𝐚 𝐥𝐢𝐦𝐢𝐭𝐚𝐫 𝐥𝐚 𝐩𝐫𝐞𝐬𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐝𝐢𝐬𝐩𝐨𝐧𝐢𝐛𝐥𝐞 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐞𝐥 𝐧𝐢ñ𝐨.
𝐄𝐥 𝐩𝐮𝐧𝐭𝐨 𝐧𝐨 𝐞𝐬 𝐣𝐮𝐳𝐠𝐚𝐫 𝐞𝐬𝐭𝐚𝐬 𝐞𝐥𝐞𝐜𝐜𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬, 𝐬𝐢𝐧𝐨 𝐩𝐨𝐝𝐞𝐫 𝐝𝐞𝐭𝐞𝐧𝐞𝐫𝐧𝐨𝐬 𝐚 𝐨𝐛𝐬𝐞𝐫𝐯𝐚𝐫𝐥𝐚𝐬, 𝐩𝐫𝐞𝐠𝐮𝐧𝐭𝐚𝐫𝐧𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐬𝐝𝐞 𝐝ó𝐧𝐝𝐞 𝐞𝐥𝐞𝐠𝐢𝐦𝐨𝐬, 𝐪𝐮é 𝐡𝐢𝐬𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚 𝐢𝐧𝐜𝐨𝐧𝐬𝐜𝐢𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐬𝐞 𝐚𝐜𝐭𝐢𝐯𝐚 𝐲 𝐡𝐚𝐬𝐭𝐚 𝐪𝐮é 𝐩𝐮𝐧𝐭𝐨 𝐧𝐮𝐞𝐬𝐭𝐫𝐚𝐬 𝐝𝐞𝐜𝐢𝐬𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐫𝐞𝐬𝐩𝐨𝐧𝐝𝐞𝐧 𝐚 𝐥𝐚𝐬 𝐧𝐞𝐜𝐞𝐬𝐢𝐝𝐚𝐝𝐞𝐬 𝐚𝐜𝐭𝐮𝐚𝐥𝐞𝐬 𝐝𝐞𝐥 𝐧𝐢ñ𝐨 𝐨 𝐚 𝐦𝐚𝐧𝐝𝐚𝐭𝐨𝐬 𝐬𝐨𝐜𝐢𝐚𝐥𝐞𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐞 𝐢𝐦𝐩𝐨𝐧𝐞𝐧 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐝𝐨𝐜𝐭𝐫𝐢𝐧𝐚, 𝐬𝐢𝐥𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐞𝐥 𝐬𝐚𝐛𝐞𝐫 𝐢𝐧𝐭𝐮𝐢𝐭𝐢𝐯𝐨 𝐲 𝐯𝐢𝐧𝐜𝐮𝐥𝐚𝐫 𝐩𝐫𝐨𝐩𝐢𝐨 𝐝𝐞 𝐧𝐮𝐞𝐬𝐭𝐫𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐝𝐢𝐜𝐢ó𝐧 𝐦𝐚𝐦í𝐟𝐞𝐫𝐚.
Con cariño, Ximena 🤗