18/07/2026
Nos pasamos la vida exigiéndonos ser los mejores en todo.
De hecho, date cuenta de lo estigmatizada que está la palabra «mediocre», que ni siquiera me he atrevido a ponerla en las imágenes.
Y aunque «mediocre» signifique literalmente estar en el promedio, serlo se vive como un fracaso absoluto.
Porque socialmente —y, por tanto, también internamente— pulula la idea de que «o soy la leche o soy una mierda».
Y ese pensamiento dicotómico puede hacernos bastante daño.
Y ojo, que no estoy diciendo que no des lo mejor de ti en aquello que te gusta. Yo intento hacerlo.
Lo que te traigo es un recordatorio de realidad: en la mayoría de las cosas vas a estar dentro de la media, te guste o no.
Así que sí: puedes vivir de aquello que te gusta o tener una afición que te haga feliz sin llegar nunca al máximo nivel de excelencia ni destacar especialmente sobre los demás.
Y está bien así.
Porque a veces necesitamos sentirnos especiales no solo en el éxito, sino también en el sufrimiento.
Como si nuestro dolor tuviera que ser único, incomparable, distinto al de los demás.
Como si estar sufriendo como tantas otras personas pudiera hacer que nuestro sufrimiento pareciera menos válido.
Y quizá reclamarnos el derecho a ser normalitos, a ser uno más, a ser del montón, sin avergonzarnos por ello, nos ayude a soltar mucha presión.
Una presión que muchas veces ni siquiera es nuestra.
¡Qué descanso!