07/08/2026
Cada vez que haces una intervención terapéutica, estás modificando el cerebro de otra persona.
Cuando alguien llega a consulta no solo nos entrega su confianza.
También pone en nuestras manos su cerebro, su sistema nervioso y la esperanza de que su sufrimiento pueda transformarse.
Cada intervención terapéutica tiene el potencial de generar cambios en el funcionamiento cerebral. Por eso, trabajar con trauma exige formación, ética y una profunda responsabilidad.
¿Y por qué soy tan enfática con esto?
Porque retraumatizar a una persona es mucho más fácil de lo que muchos imaginan.
Y hay algo igual de importante: quienes acompañamos procesos de trauma también necesitamos hacer nuestro propio proceso terapéutico.
No porque debamos ser perfectos, sino porque nuestras heridas, nuestros puntos ciegos y aquello que aún no hemos trabajado influyen, inevitablemente, en la forma en que intervenimos.
Ser terapeuta no consiste únicamente en conocer técnicas.
Consiste en comprender que, detrás de cada intervención, hay un cerebro cambiando, un sistema nervioso intentando recuperar la seguridad y una persona que decidió confiar en nosotros.
Esa confianza merece toda nuestra preparación, nuestra ética y nuestro compromiso.