21/04/2026
No podemos permitirnos el lujo de mirar esto como algo ajeno. Lo que aparece en ese reportaje no es un exceso aislado, es una expresión cruda de un sistema que ya opera en lo cotidiano, en lo que se dice, en lo que se calla, en lo que se tolera. Si lo reducimos a “otros”, evitamos el punto central: esto se sostiene porque encuentra condiciones para existir. Nos involucra a todos. A hombres, mujeres y personas diversas. A quienes participan activamente, pero también a quienes observan, minimizan o dudan. La cultura de la violación no se impone solo con violencia explícita, también se reproduce en las ambigüedades, en los silencios, en las justificaciones sutiles que desplazan la responsabilidad y erosionan el límite del otro.
Esto exige algo más que rechazo moral. Exige incomodidad. Exige revisar cómo cada uno ha aprendido a mirar el deseo, el poder y el consentimiento. Exige dejar de romantizar la dominación, dejar de negociar lo que no es negociable, dejar de suponer que entender es suficiente cuando la evidencia muestra que no lo es. No basta con “pensar bien”. Hay que aprender a actuar distinto en situaciones reales, bajo presión, bajo deseo, bajo ambigüedad. Y eso implica hacerse responsable de lo que se hace, pero también de lo que se permite, de lo que se ríe, de lo que se deja pasar. Indignarse no es exagerar, es reconocer que hay algo que no debería ser tolerable.
No nos quedemos callados. No normalicemos. No justifiquemos. Interrumpir esto no es solo tarea de instituciones o leyes, es una práctica cotidiana que se construye en cómo hablamos, cómo intervenimos, cómo educamos y cómo nos exigimos.
Referencias
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