19/07/2026
Hay personas que miran su vida y solo encuentran pérdidas, rechazos y heridas. Otras, con una historia muy parecida, descubren que en medio del dolor también hubo amor, oportunidades y un Dios que nunca las abandonó.
La diferencia no siempre está en lo que ocurrió, sino en la forma en que aprendimos a mirar nuestra historia.
Las heridas de la infancia pueden enseñarnos, sin que lo notemos, a interpretar el mundo desde el miedo, el abandono o el rechazo. Entonces, cualquier situación del presente parece confirmar esas antiguas creencias: "No soy suficiente", "Siempre me van a dejar", "No merezco ser amado". Desde la psicología cognitivo-conductual entendemos que no son los hechos por sí solos los que determinan cómo nos sentimos, sino el significado que les damos.
Sanar comienza cuando nos detenemos a identificar esas creencias, las cuestionamos con honestidad y permitimos que sean reemplazadas por pensamientos más verdaderos y saludables. No podemos cambiar la infancia que vivimos, pero sí podemos transformar la manera en que esa historia dirige nuestro presente.
La Palabra de Dios también nos invita a renovar nuestra manera de pensar:
«"No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente."
Romanos 12:2»
Dios no niega nuestras heridas; Él nos ofrece una mente renovada para que el pasado deje de gobernar nuestro futuro. Sanar no significa olvidar lo vivido, sino dejar de mirar la vida únicamente a través del dolor.
Quizá hoy no puedas cambiar todo lo que ves, pero sí puedes comenzar a cambiar la forma en que lo interpretas. Y cuando tu mente sana, tu corazón encuentra paz, tus decisiones cambian y el adulto que eres empieza a cuidar con amor al niño que un día sufrió.
Oración: Señor, enséñame a mirar mi historia con Tus ojos. Sana las heridas que todavía hablan más fuerte que Tu verdad. Renueva mi mente, fortalece mi corazón y ayúdame a construir una vida guiada por Tu amor y no por mis heridas. Amén.