28/05/2026
La topología no estudia solo la forma visible de los objetos, sino ciertas propiedades que se conservan bajo transformaciones continuas. Por eso, una taza y una dona pueden pensarse como equivalentes en sentido topológico: no porque se parezcan, sino porque conservan una misma estructura fundamental.
El concepto clave es el homeomorfismo. Si dos espacios son homeomorfos, comparten invariantes topológicos. Pero esto debe decirse con precisión: compartir algunos invariantes no siempre basta para demostrar equivalencia. Los invariantes son huellas matemáticas de lo que se conserva, no una solución automática al problema de la identidad.
Esta distinción importa cuando llevamos la topología al cerebro.
En un primer sentido, la topología puede usarse de manera descriptiva. Un ejemplo es el estudio de Mousley, Bethlehem, Yeh y Astle publicado en Nature Communications, que analizó más de 4.000 imágenes de difusión entre el nacimiento y los 90 años. El estudio identificó puntos de giro topológico alrededor de los 9, 32, 66 y 83 años, delimitando cinco épocas de organización estructural cerebral: infancia, adolescencia/transición a la adultez, adultez, envejecimiento temprano y envejecimiento tardío.
Pero hay una segunda pregunta, más radical: ¿qué permite que un sistema psicológico conserve cierta identidad funcional aunque cambien sus formas de realización neural?
Desde la Neuropsicología Sistémica de INEL, esta pregunta orienta la idea de sistemas funcionales topológicos: no como una explicación total del cerebro, sino como un marco para pensar relaciones, transformación, estabilidad relativa y reorganización.
Referencia:
Mousley, A., Bethlehem, R. A. I., Yeh, F.-C., & Astle, D. E. (2025). Topological turning points across the human lifespan. Nature Communications, 16, 10055.