17/05/2026
LOS MU***OS QUIEREN QUE LOS VIVOS VIVAN : La mujer que despertó en una casa llena de mu**tos
Hay una mujer que se despierta en su casa.
No es una casa cualquiera.
Es la casa donde creció, donde amó, donde veló a sus mu**tos uno por uno
y cerró las puertas de sus cuartos con el cuidado de quien guarda un secreto.Y ahora, en el silencio del amanecer,
siente que las paredes le hablan.Que los rincones le recuerdan.
«La casa, al despertar, se acuerda de sus mu**tos.
Y en el silencio, oye sus pasos.
Y en las paredes, ve sus sombras.
Y en el aire, siente su respiración».
Los mu**tos no se van.
Se quedan en la casa.
En el crujido de la madera.
En el olor a polvo de los cuartos cerrados.
En la luz que ya no entra
porque alguien corrió las cortinas
hace mucho tiempo
y nunca volvió a abrirlas.
Y la casa, si no los honra,
se vuelve un mausoleo, Un cementerio .
Dentro de ti, en esta casa de ausencias, conviven tres estancias.
Está la Ventana que Todavía Recuerda el Sol:
esa parte que permanece abierta,
que no se ha cubierto con cortinas,
que sabe que los mu**tos no quieren que te mueras con ellos.
Es la que intuye que hay que abrir las puertas,
ventilar los cuartos,
dejar que la luz toque los rincones
donde el polvo se acumula sin que nadie lo mire.
La que puede recordar
sin quedarse atrapada en el recuerdo.
Está el Cuarto Cerrado:
esa habitación donde ya no entra nadie.
Donde los pasos de quien se fue
todavía resuenan en la madera.
Donde el olor a ausencia se ha vuelto tan denso
que casi puede tocarse.
Es el niño o niña que aprendió
que ciertas pérdidas no se lloran,
que ciertos nombres no se pronuncian,
que ciertas puertas es mejor no abrir.
Y se quedó ahí, en lo más oscuro,
esperando sin saber qué espera
Apapachar a la mujer que despierta en una casa llena de mu**tos
no es decirle que ya pasó. No es pedirle que olvide.
El que ha aprendido a convivir con las ausencias
no sabe que el recuerdo no es una condena.
Que honrar a los mu**tos
no es quedarse a vivir con ellos.
Que se puede abrir la puerta del cuarto cerrado
sin que el frío mate.
Apapachar es entrar con ella en las habitaciones.
Sin prisa. Sin miedo.
Y preguntar, con la pausa que la pregunta merece:
¿Qué cuarto de tu casa lleva más tiempo cerrado?
¿A qué huele ahí dentro?
¿Quién te falta?
¿Qué pasos escuchas todavía en el pasillo
cuando la noche se queda quieta?
¿Qué sombra se proyecta en la pared
cuando cae la tarde?
Hay una forma de escuchar al cuerpo
que no necesita explicaciones. Solo necesita presencia.
Alguien que recorra la casa sin encender todas las luces.
Alguien que pregunte con suavidad:
¿Dónde sientes el peso de la casa?
¿En los hombros, cuando pasas frente al cuarto cerrado?
¿En el pecho, cuando oyes el crujido de una madera
que no es del viento?
¿Qué hay detrás de esa puerta
si te quedas frente a ella sin intentar abrirla?
Si la mujer que habita la casa de los mu**tos
hubiera tenido campo para decirlo,
quizás habría dicho:
"No es que no quiera vivir.
Es que no sé cómo vivir con tantos ausentes.
Aprendí que recordar era mi deber.
Y ahora, cada mañana,
la casa me recuerda.
Las paredes me hablan.
Los pasos suenan.
Y yo no sé si honrarlos es llevar luto para siempre,
o si puedo abrir las ventanas
sin traicionarlos."
El trabajo empieza por el cuerpo.
El peso de la casa no se piensa: se siente.
Se siente en la respiración que se contiene
al pasar frente a ciertas puertas.
En los hombros que se encogen
al escuchar ciertos nombres.
En la mirada que evita ciertos rincones
donde la luz no llega
desde hace demasiado tiempo.
El suelo fisiológico
la respiración que desacelera,
los pies en el suelo,
la pausa —
no abre las puertas.
Pero te permite quedarte frente a ellas
sin temblar.
Y desde esa quietud,
la puerta deja de ser una amenaza.
Es solo una puerta.
Solo desde esa quietud puede emerger la imagen.
Una ventana que se abre
y deja entrar el sol por primera vez en años.
Un cuarto que se ventila
sin que los mu**tos se vayan.
Unos pasos que dejan de ser un fantasma
y se convierten en un recuerdo.
Una casa que no es un mausoleo,
sino un hogar.
Luego viene el encuentro compasivo.
La Ventana que Todavía Recuerda el Sol
se acerca al Cuarto Cerrado.
No le dice que olvide.
No le dice que deje de recordar.
Le dice lo que lleva mucho tiempo sin escuchar:
Te veo.
Tus mu**tos no quieren que te mueras con ellos.
Quieren que los honres.
Y honrarlos es abrir las ventanas.
Honrarlos es dejar que entre la luz.
Honrarlos es vivir, honrar los es abrir ventanas ,perfumar iluminar ,colocar música bonita alegre, invitar amigos, reír cantar bailar así vuelve la vida a tu casa y a ti y así los mu**tos pueden irse tranquilos al verte feliz , recuerdalos honralos viviendo, eso es lo que ellos quieren ,verte feliz y cuando sea tu hora volverás a verlos
Pero la casa no se desmorona al abrir las puertas.
Respira.
Y al respirar,
los mu**tos descansan.
Y al descansar,
los vivos pueden, por fin,
despertar sin miedo. Te acompaño con amor a honrarlos y transformar el dolor en algo más bonito para ti y para ellos., Sally Domínguez terapeuta consteladora familiar sistémihttps://chat.whatsapp.com/KCLd40BytTJ7keZ3NHgzsv?mode=hq2tcla