David González. Psiquiatra

David González. Psiquiatra tratamientos psiquiátricos, psicoterapia y psicoanálisis

*LA REALIDAD DESBORDA LA DESCRIPCIÓN*Para mis apreciados lectores. Psicoentrega No. 122.Hay realidades que el lenguaje a...
29/08/2026

*LA REALIDAD DESBORDA LA DESCRIPCIÓN*

Para mis apreciados lectores. Psicoentrega No. 122.

Hay realidades que el lenguaje apenas consigue rozar.

Podemos describir una guerra, contar cadáveres y hacer estadísticas sobre el hambre, la pobreza, los desplazamientos y las desapariciones.

Podemos decir: diez mil, cien mil, un millón.

Pero llega un momento en que los números comienzan a ocultar aquello que pretenden mostrar.

*Porque un niño que muere de hambre no es una cifra.*

Es un universo que no llegó a desplegarse: una voz que nunca pronunció ciertas palabras, un adulto que nunca amó, un posible músico, médico o poeta; simplemente, un ser humano que tenía derecho a descubrir qué significaba estar vivo.

Y cuando la muerte se multiplica por miles o por millones, el lenguaje corre el peligro de convertirse en una forma de anestesia.

Quizá por eso hay realidades que desbordan la descripción.

El filósofo *John Rawls* propuso imaginar que, antes de nacer, se nos permitiera participar en la creación de las leyes que habrían de ordenar el mundo. Pero habría una condición:

no sabríamos quiénes seríamos.
No sabríamos si naceríamos ricos o pobres.
No sabríamos si llegaríamos a un país en paz o en guerra.

Probablemente no construiríamos un mundo pensando solamente en el palacio, porque podríamos terminar naciendo en una choza.

Tampoco aceptaríamos alegremente la guerra, porque uno de nuestros hijos podría estar al otro lado de la frontera.

Pero la historia nos ha dado una respuesta dolorosa: con demasiada frecuencia, el poder atrae precisamente a quienes más desean dominar.

El problema consiste en que los sistemas pueden permitir que una persona mediocre, ambiciosa o profundamente insensible tome decisiones cuyas consecuencias recaen sobre millones de seres humanos.

La filósofa *Hannah Arendt* nos dejó una advertencia inquietante:

el mal no siempre tiene el rostro de un demonio. A veces lleva corbata, firma documentos, habla con un lenguaje técnico.

Una decisión tomada en una oficina puede condenar a generaciones enteras a la pobreza, destruir una ciudad o generar hambre a miles de kilómetros de distancia

Durante las sanciones contra Irak en la década de 1990 se produjo un profundo deterioro de las condiciones de vida, y hubo niños reales que murieron.

No necesitamos exagerar una tragedia para que sea una tragedia.

*Basta un solo niño.*

La cifra no disminuye el horror. Lo multiplica.

Lo mismo ocurre con las guerras contemporáneas. En Gaza, Ucrania, Sudán, Líbano y otros lugares del mundo, las víctimas civiles, los niños mu***os, las familias desplazadas y la destrucción de hospitales y hogares nos recuerdan algo estremecedor:

la guerra moderna puede ser transmitida en directo y, aun así, continuar.

Podemos verla.

Podemos conocerla.

Y, sin embargo, podemos terminar acostumbrándonos.

Millones de personas han sido obligadas a abandonar sus hogares. Pero decir «millones de desplazados» es una abstracción. Y uno comprende entonces que el desplazamiento no consiste solamente en cambiar de lugar.

*Es perder el mundo.*

Un paciente mío relataba que en una sola habitación podían vivir varias familias. Personas que antes tenían una casa, un patio, vecinos y una historia debían aprender, de pronto, a existir comprimidas en unos pocos metros cuadrados.

*RESISTENCIA Y ESPERANZA*

Es aquí donde comienza a adquirir sentido una palabra antigua y, al mismo tiempo, nueva: *resistencia.*

Pero debemos tener cuidado. Resistir no es odiar. No es reemplazar a un tirano por otro.

*Resistir significa negarse a aceptar como inevitable aquello que es moralmente intolerable.*

Resistir es organizarse, pensar, estudiar, participar, crear comunidades, enseñar, cuidar, informar, escribir, crear cooperativas, exigir transparencia y negarse a normalizar la corrupción.

Resistir es comprender que las personas juntas comienzan a convertirse en una fuerza.

Sin embargo, debemos vigilarnos constantemente. La historia demuestra que los oprimidos pueden convertirse en opresores y que quienes luchan contra la corrupción pueden terminar corrompidos.

Albert Camus escribió sobre seres humanos que -aun sabiendo que el mundo puede ser absurdo y cruel- se niegan a renunciar a su dignidad. Esa es, quizá, la esperanza que necesitamos: no la esperanza infantil de creer que todo terminará bien, ni la ilusión de que llegará un salvador.

*La esperanza adulta* es más difícil.

Es saber que el mundo puede empeorar y, aun así, actuar para impedirlo.

Saber que una sola persona no puede salvar a todos los niños y, sin embargo, salvar a uno.

Saber que probablemente no veremos el resultado final de nuestras luchas y, aun así, sembrar.

Cada vez que alguien deja de mirar hacia otro lado, algo cambia. Tal vez sea poco. Tal vez nadie lo registre. Tal vez nunca aparezca en ningún libro de historia.

Pero la historia no está hecha solamente por emperadores, presidentes, generales y multimillonarios. También está hecha por las personas que se negaron a colaborar con la indiferencia.

Por eso necesitamos resistir para construir un mundo en el que nadie tenga que temer haber nacido en el lugar equivocado.

*Una civilización debería medirse no por sus edificios o bancos o ejércitos, sino por lo que hace con el niño que no conoce; con el anciano que ya no produce; con el enfermo, con el pobre y con el extranjero.*

La esperanza consiste

*en negarnos a abandonar el mundo a quienes han dejado de sentir.*

Porque mientras haya alguien capaz de mirar el sufrimiento de otro ser humano y decir: *«Esto no debería estar ocurriendo. Y aunque no pueda cambiarlo todo, no voy a aceptar que sea normal»,* todavía habrá resistencia y esperanza real, lúcida y pacífica.

Eso es luchar contra la indiferencia.

Dr. Lucio David González. MD. Mr.
Psiquiatra – Psicoterapeuta,
Tels.: 3155706594 - 3183244386

20/08/2026
*¿QUIÉN ES LA CENICIENTA DE LA PSIQUIATRÍA?*Para mis apreciados lectores. Psicoentrega No. 121.Hay enfermedades que se d...
08/08/2026

*¿QUIÉN ES LA CENICIENTA DE LA PSIQUIATRÍA?*

Para mis apreciados lectores. Psicoentrega No. 121.

Hay enfermedades que se dejan ver:
Una fractura aparece en una radiografía. Un tumor puede revelarse en una resonancia. Una infección termina delatándose en un examen de sangre.

La mente, en cambio, jamás se deja observar directamente:

Permanece encerrada en la más inexpugnable de las fortalezas: una pequeña cueva de hueso llamada cráneo. Nadie puede entrar allí. Ningún microscopio ha logrado fotografiar un pensamiento; ningún escáner ha conseguido capturar un recuerdo, una culpa o un sueño. Apenas podemos asomarnos a ese universo por las palabras, los silencios, las lágrimas, los delirios, los gestos y las decisiones de quien sufre.

Por eso siempre he pensado que la mente se parece a la Cenicienta.

No a la princesa del cuento, sino a la muchacha olvidada que vivía entre las cenizas.
Mientras los demás observaban únicamente sus vestidos gastados y sus manos llenas de hollín, nadie imaginaba la riqueza de su mundo interior.

El rostro muchas veces sonríe mientras se desmorona por dentro.

Si bien el hígado se expresa mediante la ictericia, el pulmón mediante la tos, y el corazón mediante el dolor, la mente utiliza idiomas extraños.

La mente habla a través del ataque de pánico, de la tristeza, del insomnio, de la obsesión que regresa una y otra vez, del miedo irracional, de la procrastinación, del delirio o de esa angustia sin nombre que aprieta el pecho y hace sentir que la vida perdió su sentido.

Quizá esa sea la razón por la cual Karl Jaspers afirmaba que la psiquiatría no consiste únicamente en describir síntomas, sino en comprender esa experiencia subjetiva. Dos personas pueden padecer la misma depresión ,pero el sufrimiento nunca tiene la misma historia.

El buen psiquiatra aprende a no precipitarse a cerrar el síntoma, sino acompañarlo con paciencia hasta que el propio paciente pueda darle un sentido.

En el mito de la caverna de Platón las personas confundían las sombras proyectadas sobre un muro con la realidad misma, porque era lo único que podían ver. En la psiquiatría los síntomas son estas sombras. Sólo quien se atreve a buscar la fuente de la luz comienza a comprender a la persona.

Durante gran parte del siglo XX, la psiquiatría dedicaba largas horas a escuchar la historia de su paciente. Freud nos enseñó su método de descifrar síntomas, y Bion nos enseñó a contener el dolor psíquico antes de comprenderlo

Luego llegaron los extraordinarios avances de la neurociencia y la psicofarmacología, cuya importancia sería injusto desconocer.

Sin embargo, toda revolución corre el riesgo de olvidar aquello que pretendía salvar.

Hoy, en muchos sistemas de salud el reloj corre con más rapidez que la conversación. El médico escucha mientras llena formularios, responde exigencias administrativas y escribe en el computador. Cuando el paciente apenas comienza a contar su historia, el tiempo ya se ha terminado.

Paradójicamente, la inteligencia artificial dispone de más tiempo para escucharnos. No porque pueda reemplazar la relación terapéutica, sino porque la prisa ha comenzado a desplazar a la escucha.

Entonces se tratan los síntomas.

Pero la historia queda esperando afuera del consultorio.

Puede comenzar con un duelo nunca elaborado, con una infancia marcada por el abandono, con el acoso cotidiano, con una relación que dejó de ser refugio para convertirse en prisión, con un trabajo que asfixia lentamente el deseo de vivir, con la soledad, con la violencia o, como escribió Viktor Frankl, con la pérdida del sentido mismo de la existencia.

No todo sufrimiento nace de un desequilibrio químico. Pero tampoco todo sufrimiento desaparece únicamente comprendiendo el pasado.

Recordemos que:

Somos biología, pero también memoria.
Somos genes, pero también infancia.
Somos dopamina y serotonina, pero también amor, pérdidas, esperanza y significado.

La verdadera Cenicienta es la historia del paciente:
Todos miran el diagnóstico. Todos miran la resonancia. Todos miran la serotonina. Todos miran el recetario de síntomas del manual de diagnóstico psiquiátrico: DSM.

Pero la biografía queda sentada junto al fogón, cubierta de cenizas, esperando que alguien le pregunte quién es. Pues esa persona lleva demasiado tiempo intentando decir algo que nadie ha sabido escuchar.

Quizá la mayor tarea de la psiquiatría del siglo XXI no consista en descubrir un nuevo medicamento, sino en reconciliar dos mundos que nunca debieron separarse: el de la ciencia y el de la compasión.

Seguiremos necesitando resonancias, estudios genéticos y fármacos cada vez más precisos. Pero también seguiremos necesitando el tiempo suficiente para que una vida pueda ser contada.

Y quizá entonces, como la Cenicienta cuando abandonó las cenizas, la mente deje por fin de permanecer escondida y pueda mostrarse tal como siempre fue: compleja, frágil, misteriosa y profundamente humana.

Lo sistemas públicos de salud colombianos, ansiosos por capitalizar dinero, propician el acelere y robotizan al médico. Este es un ejemplo paradigmático de la influencia social sobre la psíquica.

No somos libres, el sistema nos maneja.

Dr. Lucio David González. MD. Mr.
Psiquiatra – Psicoterapeuta
Tels.: 3155706594 - 3183244386

03/08/2026

Detente, no corras , disfruta un poco más tu vida

*INVIERNO Vs. PRIMAVERA*Para mis apreciados lectores. Psicoentrega No. 118El invierno llega con sus lluvias y sus fríos....
04/07/2026

*INVIERNO Vs. PRIMAVERA*

Para mis apreciados lectores. Psicoentrega No. 118

El invierno llega con sus lluvias y sus fríos. El cuerpo busca abrigo. Y el hogar vuelve a convertirse en refugio.

Encendemos la chimenea, pero también el fuego humano. Ese calor invisible que pasa de un cuerpo a otro cuando compartimos tiempo, palabras y afecto.

Junto al café recién hecho o en aquel cuarto de la abuela, los recuerdos y anécdotas familiares vuelven a respirar.

Y ocurre algo extraño: aparecen respuestas que no estaban en los libros y los problemas por un instante pierden su peso.

Entre bromas surgen perdones. Entre críticas disfrazadas de humor, reconciliaciones. Los ancianos ríen con los niños. Los jóvenes escuchan historias viejas. Y durante unas horas, todos pertenecen al mismo latido.

Pero mientras esto sucede afuera, también ocurre algo extraordinario dentro del cuerpo.

El cerebro entiende que estamos a salvo. Disminuyen las hormonas del estrés, aumentan las moléculas del bienestar y las neuronas fortalecen sus conexiones. La creatividad despierta. La esperanza encuentra espacio para respirar.

Y el sistema inmunológico también escucha.

Millones de células defensivas reciben señales químicas que les indican que no están luchando solas. Se movilizan con mayor eficacia, coordinan sus defensas y refuerzan la vigilancia contra virus, infecciones e incluso algunas células tumorales.

Tal vez por eso un abrazo sincero, una conversación profunda o una tarde de risas compartidas no son simples costumbres sociales. Son una forma de medicina.

Los asados, las tertulias, los juegos de cartas, el fútbol, el ping pon, los libros que nos transforman y las películas que nos hacen llorar o reír no son una pérdida de tiempo. Son, quizás, una forma de proteger la vida.

Esto no significa negar el dolor.

El sufrimiento llegará. Las pérdidas llegarán. La enfermedad y la incertidumbre también. Pero existe una forma de resistencia que ninguna tragedia ha logrado destruir: la capacidad humana de encontrar calor en medio del invierno.

Irene Vallejo cuenta la historia de un escritor que sobrevivió a los campos de concentración n***s. En medio del hambre y el horror, buscaba reunirse con otros amantes de la literatura. Como no tenían libros, recitaban de memoria a Homero, a Sócrates, a los poetas antiguos.

Y aquel hombre hacía algo aún más extraordinario: recogía pequeños papeles desechados para escribir frases, versos y pensamientos. Al terminar la guerra, esos fragmentos se convirtieron en un libro.

Su enseñanza era sencilla y aterradora a la vez:
"No pensaba en la comida, porque entonces el hambre me devoraba. No pensaba en el dolor, porque el dolor crecía. Solo pensaba en escribir."

Porque el ser humano no vive únicamente de alimento.
También vive de significado.
De amor.
De esperanza.
De proyectos.
De sueños.

A veces, el sueño consiste en ver a nuestros hijos alcanzar sus metas, o rescatar aquel proyecto olvidado que todavía late.

Y entonces comprendemos algo extraordinario: cuando una persona vuelve a enamorarse de la vida, el cuerpo entero comienza a reorganizarse alrededor de esa esperanza.

Cuando encontramos amor, propósito y esperanza, millones de células dentro de nosotros comienzan, silenciosamente, a luchar por la vida.

El invierno no desaparece; lo que salva al ser humano es su capacidad de construir primavera dentro de él.
Dr. Lucio David González. MD.Mr.
Psiquiatra - Psicoterapeuta

19/06/2026

MADUREZ - EXPERIENCIA - EL CAMINO

EL RIO DE MNEMOSINEPara mis apreciados lectores. Psicoentrega No. 117¿Qué sería del mundo sin las palabras escritas?¿Qué...
08/06/2026

EL RIO DE MNEMOSINE

Para mis apreciados lectores. Psicoentrega No. 117

¿Qué sería del mundo sin las palabras escritas?
¿Qué sabríamos de la historia, de los pueblos antiguos, de quienes amamos o incluso de nosotros mismos?

Tal vez nos ocurriría lo mismo que al último dinosaurio: jamás pudo conocer qué les sucedió a sus antepasados durante millones de años, porque no poseía las tablillas invisibles de la memoria. No tenía a Mnemosine.

De ellos solo quedaron huesos dispersos

Por eso escribir es mucho más que ordenar palabras.
Es resistirse a desaparecer.

Cada línea escrita es una pequeña batalla contra el olvido. Una voz humana negándose a hundirse en el silencio del tiempo.

Entonces surge inevitablemente una pregunta:
¿Será útil escribir mi historia para mis hijos?
¿Servirá algún día para mis nietos?

Quizá allí habite una de las tareas más profundas del ser humano.

Porque algún descendiente leerá una experiencia pasada, un dolor superado, una fotografía amarillenta, una carta olvidada o una sonrisa atrapada en el recuerdo del tatarabuelo. Y gracias a ello comprenderá que no nació solo, que viene de una larga corriente de vidas, luchas, errores y esperanzas.

Entonces la familia dejará de ser únicamente “tú y yo y nuestros hijos”.
Se convertirá en algo mucho más vasto: una gran red que atraviesa generaciones; abuelos, primos, tíos, voces antiguas y futuros descendientes unidos por la memoria.

Y en esa continuidad encontraremos identidad.

Es cierto que algunos grupos privilegiados, gracias al tiempo y a la comodidad, han tenido mayores oportunidades de escribir y preservar su legado. Mientras tanto, el ciudadano común, absorbido por la urgencia de sobrevivir y sostener la vida diaria, apenas encuentra espacio para detenerse y narrarse a sí mismo.

Pero precisamente allí aparece el verdadero desafío:

Que tú también escribas.
Que tu experiencia no muera contigo.
Que tu sabiduría, tus lágrimas, tus fracasos y tus alegrías puedan atravesar el tiempo y seguir respirando en la voz de tus hijos o de tus nietos.

Porque solo aquello que se escribe tiene la posibilidad de desafiar los siglos.
Alguien leerá tus palabras. Después otro. Y luego otro más. Tus pensamientos viajarán por bibliotecas, libros, cuadernos olvidados, archivos invisibles y memorias digitales que aún no existen.

La escritura es la firma más humana de vencer la distancia y dialogar con personas que todavía no han nacido.

Quizá por eso los antiguos imaginaron a Mnemosine, la diosa de la memoria.

Cuenta la mitología griega que, cuando el universo aún era caos, surgió Mnemosine, hija de Urano y Gea. Ella custodiaba los recuerdos del mundo: los nombres de los hombres, las guerras, los amores, las costumbres y las tragedias.

Nada escapaba a su memoria.

Y no es casualidad que de ella nacieran las nueve musas: las diosas de la poesía, de la música, de la tragedia, de la astronomía y de las artes.

Porque toda creación necesita primero recordar.
La música recuerda sonidos.
La poesía recuerda emociones.
La historia recuerda heridas y victorias.
Y las civilizaciones recuerdan para no desaparecer.

Recordar es poder.

Olvidar, en cambio, siempre fue una forma de morir.

Por eso el ser humano lucha desesperadamente por trascender. Construye monumentos, escribe libros, pinta cuadros, compone canciones y deja nombres grabados sobre la piedra. En el fondo, toda obra humana es un intento de vencer a la muerte.

Los antiguos comprendieron esto con enorme profundidad.

Decían que las almas, al descender al inframundo, debían beber del río Lete, el río del olvido. Después de probar sus aguas, desaparecían los recuerdos: la familia, los amores, los errores, la historia personal.

Pero existía otro río.
El río de Mnemosine.
Quien bebía de él conservaba la memoria y, de algún modo, alcanzaba la inmortalidad.

Y quizá seguimos haciendo exactamente lo mismo.

Porque hoy Mnemosine ya no habita solamente en los mitos.
Ahora vive en los papiros antiguos, en los pergaminos, en los libros, en las fotografías, en los cuadros, en los monumentos, en las cintas olvidadas, en las memorias digitales y en las redes invisibles que recorren el mundo moderno.

Gracias a ella aún escuchamos voces de siglos pasados.

El Marqués de Sade dejó escritas las costumbres secretas de la vida cortesana.
Maquiavelo reveló las estrategias del poder y las sombras de los reinos.
Dostoievski y Kafka descendieron a los abismos psicológicos del alma humana.
Bauman describió la fragilidad líquida de nuestra época, donde las costumbres cambian con la rapidez del camaleón y generan incertidumbre en individuos y naciones.
Foucault y Lacan descubrieron que las palabras también gobiernan, moldean y dominan la realidad.

Y qué decir de los filósofos griegos, de los científicos del iluminismo, de los músicos, de los constructores silenciosos, de los libros sagrados de Oriente y Occidente, de las recetas de la abuela o de aquellos cuentos nocturnos que daban forma a nuestros primeros miedos.

Y los escritos de nuestra mitología muisca, bellamente relatados por Roberto de Zubiria en donde encontramos como se originó la humanidad y los mitos matriarcales y patriarcales.

Cuánto conocimiento.
Cuántas vidas respirando todavía entre páginas.

Y ahora todo ello permanece cerca de nosotros, aguardando silenciosamente dentro de un libro o de un computador, esperando ser bebido nuevamente.

El río de Mnemosine continúa allí, eterno y paciente.

Basta romper el dique del olvido y dejar que su corriente atraviese nuestra piel, descienda hasta el alma y despierte nuevas voces.

Porque mientras alguien recuerde, mientras alguien escriba, mientras una historia continúe siendo contada, el ser humano jamás desaparecerá del todo.

Dr. Lucio David González MD.Mr.
Psiquiatra – Psicoterapeuta
Tels.: 3155706594 - 3183244386

25/05/2026

Heridas, traumas psicológicos. Conflictos Padres-Hijos. Sanación.

*EUROPA, ORIENTE Y EL DELIRIO DEL PODER**-La arrogancia de la claridad-* Para mis apreciados lectores. Psicoentrega No. ...
23/05/2026

*EUROPA, ORIENTE Y EL DELIRIO DEL PODER*
*-La arrogancia de la claridad-*

Para mis apreciados lectores. Psicoentrega No. 116.

¿Existe, detrás de los grandes discursos culturales, un deseo profundo de sobrepasar los límites del otro y de diagramar el destino individual y el de la humanidad?

Los grandes líderes de los imperios -desde la antigüedad hasta hoy- parecieran haber sido arrastrados por esa fuerza invisible. A veces, ella ha construido épocas de esplendor; otras, ha sembrado siglos de sufrimiento.

Persépolis símbolo gigantesco del poder oriental Persa, fue arrasada por Alejandro Magno en su carrera por conquistar el oriente.

El mandato de amarnos, compartir y convivir, tantas veces transmitido por nuestros padres, suele ser aplastado por otro discurso que flota en el aire de las culturas y se impone con violencia:

“Debemos bombardear civilizaciones si no aceptan nuestros mandatos”, decía hace poco un líder mundial.

Y así, generación tras generación, el poder continúa hablando.

La mitología ya intuía este conflicto mucho antes de que existieran los tratados políticos o las teorías psicológicas.

La hermosa mujer Europa es raptada en fenicia (Libano) por Zeus transformado en toro. El dios la lleva sobre su lomo atravesando el Mediterráneo hasta llegar a Creta, donde nacen su tres hijos: Minos, Radamantis y Sarpedón.

A su vez

París, príncipe troyano (Asia), viaja a la ciudad griega Esparta.
Allí conoce a -Helena-, esposa del rey Menelao. La rapta generándose la famosa guerra de troya.

Oriente y Occidente aparecen así entrelazados desde el origen mismo de los relatos como si ambas civilizaciones estuvieran destinadas a perseguirse, mezclarse y enfrentarse eternamente.

Los mitos sobreviven porque hablan de algo profundo: el deseo humano de conquistar, poseer y trascender.
Y es allí donde aparece el tema del poder.

Carlos Castaneda, en Las enseñanzas de Don Juan, describe el poder como una fuerza embriagadora. A través del chamán Don Juan Matus, explica que el poder no se deja simplemente usar: seduce, domina y termina atrapando a quien lo ejerce sin conciencia. Es como un vino fuerte que nubla la mirada. Muchos quedan suspendidos en una ilusión de invencibilidad. Solo quien logra atravesarlo sin orgullo ni apego puede evitar convertirse en su prisionero.

En la búsqueda de la fama ocurre algo parecido: el ascenso suele venir acompañado de una lenta desconexión de los otros.

Ese viaje ocurre sobre la cabalgadura del lenguaje. Y el lenguaje, diría Michel Foucault, también es poder.

El poder está en la mirada que aprueba, en la palabra que nombra, en la sociedad que decide quién merece ser escuchado y quién debe permanecer en silencio.

Nuestros primeros vínculos, nuestras historias familiares y una cultura profundamente competitiva organizan, sin que lo notemos, el rumbo que seguimos. Aunque creamos elegir libremente, existen hilos invisibles que orientan nuestros deseos.

Si el destino ha sido la fama, superarla -como sugería el maestro de Castaneda- no consiste en rechazarla, sino en no quedar atrapado en ella. En resquebrajar el muro cultural que la sostiene. Y eso no es fácil.

Porque al llegar al poder, el riesgo de perderse es inmenso. Allí, sostenidos por certezas que pueden rozar el delirio, dejamos de escucharnos y de escuchar. El sentimiento de grandeza enceguece. Nos impide reconocer que dentro de nosotros no habita una sola voz, sino muchas.

¿Y cómo escuchar esas otras voces?

La historia suele ser escrita por el lenguaje de los vencedores.

Pocos se atreven a mirar el mundo desde los ojos del rival. Heródoto, un griego del siglo V a.C., decidió hacerlo. Viajó, convivió con los persas y escribió Historias intentando comprender por qué existían las luchas entre Oriente y Occidente.

Los griegos llamaban “bárbaros” a los persas. Sin embargo, cuando Heródoto fue hacia Oriente, descubrió algo desconcertante: encontró seres humanos comunes.

Irene Vallejo recuerda que Heródoto intentó derribar los prejuicios de sus compatriotas y comprendió que la línea divisoria entre barbarie y civilización no es geográfica, sino moral, y atraviesa a todos los pueblos. Como escribe Vallejo:
“ _Necesitamos conocer culturas alejadas y diferentes, porque en ellas encontramos reflejada la nuestra… Es el otro quien me cuenta mi historia, el que me dice quién soy yo._ ”

Quizá allí resida una de las formas más profundas de desmontar el poder: escuchar al otro antes de convertirlo en enemigo.

Entonces, tal vez el verdadero acto de poder no sea dominar.

Tal vez consista en detenerse. Mirarse sin máscaras. Escuchar más de lo que se habla. Darle lugar al otro sin necesidad de silenciarlo.

Solo así, en ese momento de reflexión madura, es posible comenzar a desmontar —ladrillo a ladrillo— las estructuras invisibles y lingüísticas que nos construyeron… y que, sin darnos cuenta, también nos gobiernan.

Porque el poder no es solo un lugar al que se llega.
Es también un espejo que deforma.
Y cuanto más alto se está, más difícil se vuelve mirarse con honestidad.

Dr. Lucio David González MD. Mr.
Psiquiatra- Psicoterapeuta
Tels.: (+57) 3155706594 - 3183244386

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