29/08/2026
*LA REALIDAD DESBORDA LA DESCRIPCIÓN*
Para mis apreciados lectores. Psicoentrega No. 122.
Hay realidades que el lenguaje apenas consigue rozar.
Podemos describir una guerra, contar cadáveres y hacer estadísticas sobre el hambre, la pobreza, los desplazamientos y las desapariciones.
Podemos decir: diez mil, cien mil, un millón.
Pero llega un momento en que los números comienzan a ocultar aquello que pretenden mostrar.
*Porque un niño que muere de hambre no es una cifra.*
Es un universo que no llegó a desplegarse: una voz que nunca pronunció ciertas palabras, un adulto que nunca amó, un posible músico, médico o poeta; simplemente, un ser humano que tenía derecho a descubrir qué significaba estar vivo.
Y cuando la muerte se multiplica por miles o por millones, el lenguaje corre el peligro de convertirse en una forma de anestesia.
Quizá por eso hay realidades que desbordan la descripción.
El filósofo *John Rawls* propuso imaginar que, antes de nacer, se nos permitiera participar en la creación de las leyes que habrían de ordenar el mundo. Pero habría una condición:
no sabríamos quiénes seríamos.
No sabríamos si naceríamos ricos o pobres.
No sabríamos si llegaríamos a un país en paz o en guerra.
Probablemente no construiríamos un mundo pensando solamente en el palacio, porque podríamos terminar naciendo en una choza.
Tampoco aceptaríamos alegremente la guerra, porque uno de nuestros hijos podría estar al otro lado de la frontera.
Pero la historia nos ha dado una respuesta dolorosa: con demasiada frecuencia, el poder atrae precisamente a quienes más desean dominar.
El problema consiste en que los sistemas pueden permitir que una persona mediocre, ambiciosa o profundamente insensible tome decisiones cuyas consecuencias recaen sobre millones de seres humanos.
La filósofa *Hannah Arendt* nos dejó una advertencia inquietante:
el mal no siempre tiene el rostro de un demonio. A veces lleva corbata, firma documentos, habla con un lenguaje técnico.
Una decisión tomada en una oficina puede condenar a generaciones enteras a la pobreza, destruir una ciudad o generar hambre a miles de kilómetros de distancia
Durante las sanciones contra Irak en la década de 1990 se produjo un profundo deterioro de las condiciones de vida, y hubo niños reales que murieron.
No necesitamos exagerar una tragedia para que sea una tragedia.
*Basta un solo niño.*
La cifra no disminuye el horror. Lo multiplica.
Lo mismo ocurre con las guerras contemporáneas. En Gaza, Ucrania, Sudán, Líbano y otros lugares del mundo, las víctimas civiles, los niños mu***os, las familias desplazadas y la destrucción de hospitales y hogares nos recuerdan algo estremecedor:
la guerra moderna puede ser transmitida en directo y, aun así, continuar.
Podemos verla.
Podemos conocerla.
Y, sin embargo, podemos terminar acostumbrándonos.
Millones de personas han sido obligadas a abandonar sus hogares. Pero decir «millones de desplazados» es una abstracción. Y uno comprende entonces que el desplazamiento no consiste solamente en cambiar de lugar.
*Es perder el mundo.*
Un paciente mío relataba que en una sola habitación podían vivir varias familias. Personas que antes tenían una casa, un patio, vecinos y una historia debían aprender, de pronto, a existir comprimidas en unos pocos metros cuadrados.
*RESISTENCIA Y ESPERANZA*
Es aquí donde comienza a adquirir sentido una palabra antigua y, al mismo tiempo, nueva: *resistencia.*
Pero debemos tener cuidado. Resistir no es odiar. No es reemplazar a un tirano por otro.
*Resistir significa negarse a aceptar como inevitable aquello que es moralmente intolerable.*
Resistir es organizarse, pensar, estudiar, participar, crear comunidades, enseñar, cuidar, informar, escribir, crear cooperativas, exigir transparencia y negarse a normalizar la corrupción.
Resistir es comprender que las personas juntas comienzan a convertirse en una fuerza.
Sin embargo, debemos vigilarnos constantemente. La historia demuestra que los oprimidos pueden convertirse en opresores y que quienes luchan contra la corrupción pueden terminar corrompidos.
Albert Camus escribió sobre seres humanos que -aun sabiendo que el mundo puede ser absurdo y cruel- se niegan a renunciar a su dignidad. Esa es, quizá, la esperanza que necesitamos: no la esperanza infantil de creer que todo terminará bien, ni la ilusión de que llegará un salvador.
*La esperanza adulta* es más difícil.
Es saber que el mundo puede empeorar y, aun así, actuar para impedirlo.
Saber que una sola persona no puede salvar a todos los niños y, sin embargo, salvar a uno.
Saber que probablemente no veremos el resultado final de nuestras luchas y, aun así, sembrar.
Cada vez que alguien deja de mirar hacia otro lado, algo cambia. Tal vez sea poco. Tal vez nadie lo registre. Tal vez nunca aparezca en ningún libro de historia.
Pero la historia no está hecha solamente por emperadores, presidentes, generales y multimillonarios. También está hecha por las personas que se negaron a colaborar con la indiferencia.
Por eso necesitamos resistir para construir un mundo en el que nadie tenga que temer haber nacido en el lugar equivocado.
*Una civilización debería medirse no por sus edificios o bancos o ejércitos, sino por lo que hace con el niño que no conoce; con el anciano que ya no produce; con el enfermo, con el pobre y con el extranjero.*
La esperanza consiste
*en negarnos a abandonar el mundo a quienes han dejado de sentir.*
Porque mientras haya alguien capaz de mirar el sufrimiento de otro ser humano y decir: *«Esto no debería estar ocurriendo. Y aunque no pueda cambiarlo todo, no voy a aceptar que sea normal»,* todavía habrá resistencia y esperanza real, lúcida y pacífica.
Eso es luchar contra la indiferencia.
Dr. Lucio David González. MD. Mr.
Psiquiatra – Psicoterapeuta,
Tels.: 3155706594 - 3183244386