FUDHICR

FUDHICR Fundación para la promoción de la salud y el bienestar sexual laboral y recreativo Generando cambios cognitivos y conductuales. Promoción y prevención.

Pioneros en Metodología de abordaje en Afectividad y Sexualidad. Únicos con una metodología probada por mas de 15 años y en mas de 600 comunidades. Contamos con dos niveles de Capacitación: Nivel 1 Formación y Sensibilización en Afectividad y Sexualidad. Nivel 2: Metodología de Abordaje en Afectividad y Sexualidad. Proponemos un nuevo paradigma para capacitación en Sexualidad.

24/04/2026

Ver lo bonito que hay dentro de nosotros

16/04/2026

Información interesante

Comprendamos y reflexionemos !
12/04/2026

Comprendamos y reflexionemos !

“Dentro de la Machosfera”, del periodista británico Louis Theroux, no es solo un documental: es una radiografía incómoda de cómo se está reconstruyendo la masculinidad en la era digital… y por qué eso debería preocuparnos. 🤔🤯👇

👉 La “machosfera” —ese ecosistema online donde proliferan gurús de la seducción, coaches de “alto valor” y discursos antifeministas— no surge de la nada. Se alimenta de frustraciones reales, pero las convierte en odio organizado.

¿Qué revela el documental?🧐👇

👉 La masculinidad en crisis está siendo capitalizada:
Muchos hombres jóvenes llegan a estos espacios con inseguridad, soledad o precariedad. Pero en lugar de ofrecer herramientas reales, se les vende una narrativa simple: el problema son las mujeres y el feminismo.

👉 El negocio del resentimiento 🤑💸

La machosfera no es solo ideología, es industria. Cursos, membresías, contenido exclusivo… monetizan la inseguridad masculina prometiendo éxito sexual, dinero y poder.
Spoiler: quien gana siempre es el gurú.🙄

👉 La normalización de la misoginia

Discursos que antes eran marginales ahora circulan como “opinión”. Se disfrazan de libertad de expresión, pero reproducen violencia simbólica: cosificación, desprecio y deshumanización de las mujeres.

👉 La ilusión del control
Se promueve una masculinidad basada en dominio, jerarquía y control emocional. Pero en realidad, es profundamente frágil: depende de validar constantemente el poder sobre otros, especialmente sobre las mujeres.

👉 El algoritmo como aliado 🐍

Estas ideas no crecen solas. Las plataformas amplifican este contenido porque genera interacción. Más polémica = más visibilidad = más dinero.

💡 Conclusión:
No estamos ante hombres “perdidos” sin más. Estamos ante un sistema que convierte el malestar masculino en radicalización rentable.

Y aquí el punto incómodo: ignorarlo no lo hace desaparecer. Pero romantizarlo como “crisis de los hombres” sin perspectiva de género tampoco ayuda.

Porque no se trata de que los hombres estén incómodos, sino cuál es el origen de ese malestar y de qué se hace al respecto.

12/04/2026

Aprendamos también de la naturaleza

Tratando de comprender ese mandato sobre los hombres de mantener distancia emocional - mostrar la fuerza bruta y la viol...
12/04/2026

Tratando de comprender ese mandato sobre los hombres de mantener distancia emocional - mostrar la fuerza bruta y la violencia -
Les pido que tomen el rato para leerlo con calma

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La antropóloga Rita Segato advierte que existe un patriarcado de baja intensidad y otro de alta letalidad impuesto por la colonización y el capitalismo. La diferencia marca el destino de las mujeres.

Por Redacción Nota Antropológica

A Rita Segato le preguntaron una vez en una cárcel de Brasil. Un hombre condenado por violación, sentado frente a ella, confesó algo que ningún informe policial recoge: “Yo tenía esposa, novias, iba al bu**el con mis amigos. Si no necesitaba una mujer, ¿por qué violé?” Esa pregunta, incómoda y sincera, se convirtió en el punto de partida de una investigación que duraría décadas. La antropóloga argentina no encontró respuestas en los manuales de psicología ni en las estadísticas oficiales. Las encontró, en cambio, observando el funcionamiento del poder en una de sus formas más antiguas.

Segato distingue dos formas de patriarcado. La primera es de baja intensidad. Esta ocurre en sociedades organizadas bajo una lógica comunitaria, donde la jerarquía entre hombres y mujeres existe, pero el espacio doméstico conserva su peso político. La otra, la que ella llama de alto impacto, es producto de la colonización y se profundiza con el capitalismo actual. Esta segunda forma no solo subordina sino que también destruye. La primera somete; la segunda literalmente aniquila. La primera hasta cierto punto todavía convive con la reciprocidad, perola segunda instala la crueldad como método de enseñanza.

Para entender esta diferencia, hay que irnos un poco más atrás. Su análisis parte de su propio trabajo de campo durante los años setenta en comunidades de religión afrobrasilera en Recife, y luego de una década de colaboración con la Fundación Nacional del Indio en Brasil, donde realizó talleres con mujeres indígenas de todas las regiones del país. Lo que observó allí fue una estructura dual del género: los espacios masculino y femenino eran jerárquicos (los hombres tenían más prestigio público), pero ambos mantenían su propia politicidad.

El espacio doméstico no era privado ni íntimo como hoy lo entendemos, sino un territorio atravesado por la mirada colectiva de la comunidad, donde las mujeres deliberaban y sus opiniones incidían en las decisiones generales. Además, Segato documentó lo que llamó "transitividad de género", es decir, la posibilidad de circular entre posiciones femeninas y masculinas, algo que la colonial-modernidad clausuró al imponer un binarismo rígido. En esas sociedades existía un patriarcado, sí, pero de baja intensidad: jerárquico pero no letal, con mecanismos comunitarios de protección que se perdieron con la conquista y la instauración del Estado republicano criollo.

Esa mutación se llama patriarcado de alta intensidad y sus efectos se ven hoy en las cifras de feminicidios en América Latina, en la trata de personas, en la violencia paraestatal que controla barrios enteros. Segato lo explica con una imagen que repite en sus conferencias: el cuerpo de la mujer dejó de ser un territorio que se anexa en la guerra, como ocurría en los conflictos convencionales. Ahora es el campo de batalla. La violación no es un acto sexual. Es un mensaje. Se dirige a los pares del agresor, a la hermandad masculina, para demostrar lealtad y potencia. La víctima es un medio, no un fin.

Este fenómeno ocurre hoy en México, en Guatemala, en Honduras, en Brasil, en Argentina. Ocurre en las periferias de las grandes ciudades y en las rutas de la migración. Ocurre cada vez que un cuerpo femenino aparece en un basurero, con marcas de tortura. No son crímenes pasionales, desde luego, a veces son crímenes del poder y la impunidad que los rodea no es un descuido del Estado. Es su otra cara. Segato habla de una “segunda realidad”, una esfera paraestatal que opera en paralelo a la ley, con sus propias economías ilegales y sus propias fuerzas de seguridad. Esa esfera necesita de la crueldad para sostenerse. La crueldad se convierte así en una pedagogía que enseña a la sociedad a mirar sin sentir.

¿Qué implica esto para la vida cotidiana? Que la violencia contra las mujeres no es un problema de pareja, ni un desborde emocional, ni un hecho aislado. Es el síntoma de una estructura que sostiene todas las demás dominaciones: la racial, la colonial, la económica. Por eso, cuando un gobierno avanza en derechos para las mujeres pero al mismo tiempo genera extractivismo o militarización, algo falla. No se puede desmontar el patriarcado de alto impacto solo con leyes. Se necesita, dice Segato, desmontar el mandato de masculinidad. Esa exigencia que pesa sobre los hombres desde la infancia: la obligación de probar su hombría mediante la fuerza, la distancia emocional y la capacidad de causar daño.

La antropóloga propone luchar dentro del Estado, pero también fuera. Reconstruir tejidos comunitarios donde la mirada colectiva vuelva a proteger. Recuperar la politicidad del espacio doméstico. Aprender de las mujeres que en los pueblos originarios aún conservan formas de organización que el capitalismo no ha logrado disolver. No se trata de idealizar el pasado. Se trata de entender que existen otros proyectos históricos, otras formas de buscar la felicidad que no pasan por la acumulación de cosas, sino por la solidez de los vínculos.

Rita Segato, condensa esta forma de entender la realidad en libros como “La guerra contra las mujeres” y “Contra-pedagogías de la crueldad” y Advierte que la fe en el Estado puede ser una trampa. Muestra que los avances legales no siempre se traducen en vidas salvadas y señala una que mientras más leyes se escriben para proteger a las mujeres, más cuerpos aparecen en fosas. Eso no significa que haya que abandonar la lucha institucional más bien hay que ampliarla.

El hombre en la cárcel de Brasilia no encontró una respuesta para su propia pregunta. Segato, en cambio, sí la encontró, pero no la guardó en un cajón de su cubículo, la llevó a tribunales internacionales, a peritajes sobre genocidio en Guatemala, a talleres con mujeres indígenas en el Amazonas. La convirtió en una herramienta para nombrar lo que antes no tenía nombre.

¿Y tu, alguna vez sentiste que la violencia que ves en las noticias no es un hecho aislado, sino el reflejo de algo más grande que todavía no sabemos cómo nombrar?

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23/03/2026

Trabajando para fortalecer a las mujeres

La importancia de creer en nosotras mismas
22/03/2026

La importancia de creer en nosotras mismas

En 1896, una joven subió a un barco rumbo a Australia. Llevaba casi nada: unas pocas prendas, ni una sola moneda en el bolsillo… y doce pequeños frascos de crema para la cara.

Estaba huyendo.

Helena Rubinstein tenía dieciocho años cuando su padre anunció que se casaría con un viudo de treinta y cinco. Un hombre que ella no había elegido. Un hombre al que no amaba. En el rígido hogar judío de Cracovia, Polonia, una hija no desobedecía las decisiones de su padre.

Helena desobedeció.

Escribió a un tío en Australia —un hombre al que apenas conocía, en el otro extremo del mundo— y le preguntó si podía quedarse con él. Su padre estalló de furia. Su madre, en silencio, le metió doce frascos de crema en las manos antes de que se fuera. La crema la había preparado un químico húngaro llamado Jacob Lykusky, y todas las hijas Rubinstein la usaban cada noche. Era, insistía su madre, el secreto de una piel hermosa.

Helena no tenía idea de que aquellos doce frascos la convertirían en una de las mujeres más ricas del mundo.

Australia fue brutal. El sol lo abrasaba todo… incluida la piel de las mujeres que vivían allí. Helena las notó enseguida: rostros enrojecidos, cuarteados, piel castigada más allá de cualquier remedio. Y ellas la notaron a ella. Aquella diminuta polaca —apenas un metro cuarenta y siete de estatura, inglés roto y acento espeso— tenía la piel como la porcelana.

¿Cómo lo haces?, preguntaban. ¿Cuál es tu secreto?

Ella les mostró la crema.

En cuestión de meses, Helena había vendido los doce frascos. Luego encargó más. Después empezó a fabricarla ella misma, experimentando con lanolina de ovejas australianas y disimulando el olor con lavanda y pino. Trabajaba de camarera en un salón de té de Melbourne hasta que encontró a un inversor dispuesto a financiar su primer salón de belleza.

En 1902 abrió las puertas del Salon de Beauté Valaze de Helena Rubinstein en la calle Collins.

Tenía treinta años. No tenía formación académica en química. Ni estudios de negocios. Ni contactos influyentes. Lo que sí tenía era una idea radical para su época: la belleza no era vanidad, era ciencia.

Helena no se limitaba a vender crema. Diagnosticaba. Observaba la piel de cada mujer con precisión casi clínica, identificaba problemas, recetaba tratamientos. Vestía a su personal con batas blancas, como si fueran médicos. Hablaba de tipos de piel, de rutinas, de cuidado preventivo. En una época en la que los cosméticos se consideraban vulgares —algo que una mujer “respetable” no usaba—, Helena Rubinstein convirtió el cuidado de la piel en algo médico, casi respetablemente científico.

La transformación funcionó. En apenas cinco años, sus negocios en Australia generaban suficientes beneficios para financiar la expansión. En 1908 tomó cien mil dólares de su propio dinero —las mujeres no podían obtener préstamos bancarios— y se mudó a Londres.

Después, París. Luego, Nueva York.

En cada ciudad, la misma historia. Abría un salón. Formaba a su personal. Diagnosticaba cliente por cliente. Creó el concepto del “Día de Belleza”: una jornada completa de cuidados en su spa que se convirtió en sensación inmediata entre las clases altas. Inventó la máscara de pestañas resistente al agua. Popularizó la idea de usar productos distintos de día y de noche. Publicó libros: The Art of Feminine Beauty, Food for Beauty, guías que enseñaban a las mujeres a cuidarse en un mundo que aún dudaba de su derecho a hacerlo.

Y en todas partes, se encontró con la misma muralla.

Los hombres la despreciaban. La alta sociedad la miraba con recelo. Su marcado acento polaco la señalaba como extranjera en todos los despachos que pisaba. Medía tan poco que, antes de las reuniones importantes, colocaba cojines en su silla y dejaba las piernas colgando bajo la mesa, prefiriendo parecer ridícula a parecer pequeña.

No le importaba. Trabajaba más que todos ellos.

Su rival más famosa fue Elizabeth Arden, una empresaria canadiense de la belleza que abrió un salón competidor en la misma calle de Nueva York. Ambas construyeron imperios enfrentados que dominaron la industria de los cosméticos durante medio siglo. Se robaban empleadas. Inauguraban salones a la vuelta de la esquina una de la otra. Nunca cruzaron palabra. Helena llamaba a Arden “La Otra”. Arden la llamaba “Esa mujer horrible”.

Con el tiempo, aquella rivalidad se hizo legendaria. Se escribirían libros. Se montarían musicales en Broadway. Pero, mientras tanto, Helena mantenía su lugar en la cima.

En 1928 vendió su negocio estadounidense a Lehman Brothers por 7,3 millones de dólares —más de 130 millones actuales—. Luego, el mercado se desplomó. El precio de las acciones cayó de sesenta dólares a tres. Helena recompró la empresa por una fracción de lo que la había vendido.

Había calculado el momento con una precisión escalofriante.

Para la década de 1930, su imperio valía más de 100 millones de dólares. Poseía apartamentos en tres continentes, coleccionaba arte de Picasso y Dalí y se convirtió en una de las primeras europeas en reunir una gran colección de escultura africana, en una época en la que pocos museos la tomaban en serio. En 1938 se casó con un príncipe georgiano, Artchil Gourielli-Tchkonia, veinte años más joven que ella, y se convirtió en la princesa Gourielli.

Pero nunca dejó de trabajar.

A los ochenta años, seguía llegando puntualmente a su oficina cada mañana. A los noventa, seguía examinando nuevos productos, reuniéndose con químicos, diagnosticando pieles. Su famosa frase se había convertido en filosofía de vida: «No existen mujeres feas, solo mujeres perezosas».

La aplicaba, antes que a nadie, a sí misma.

Helena Rubinstein murió el 1 de abril de 1965. Tenía noventa y cuatro años. Había construido un imperio en cuatro continentes, había empleado a miles de mujeres y había cambiado, de forma irreversible, la manera en que el mundo entendía la belleza. La Fundación Helena Rubinstein, que ella misma creó, acabaría distribuyendo casi 130 millones de dólares en educación, arte y causas benéficas.

Pero quizá su mayor legado fue lo que encarnó.

Llegó a un país desconocido sin nada: inmigrante, mujer, judía en una era de antisemitismo abierto, en un tiempo en el que en muchos lugares las mujeres aún ni siquiera podían votar. Hablaba con un acento que la gente ridiculizaba. Era tan baja que las sillas parecían devorarla. Cada institución de su época le repetía el mismo mensaje: “Aquí no perteneces”.

Construyó de todos modos.

En su autobiografía, publicada un año después de su muerte, escribió: «Me enamoré de la belleza hace mucho, mucho tiempo, pero lo que yo quería era crear belleza, no quedar deslumbrada por ella».

Había entendido algo profundo. La belleza no tenía que ver con la perfección, sino con el cuidado. Tenía que ver con la práctica diaria de invertir en una misma, de negarse a renunciar, de creer que una es digna del esfuerzo.

Lo demostró con su propia vida: una chica que huyó de un matrimonio concertado con doce frascos de crema. Una mujer que convirtió esos frascos en un imperio. Una pionera que abrió espacio en despachos y laboratorios para generaciones de mujeres que vendrían después.

El día antes de que las mujeres en Estados Unidos obtuvieran el derecho al voto, Helena Rubinstein ya empleaba a miles de ellas. Y, en cada rostro que salía de sus salones con la cabeza un poco más alta, dejaba una pregunta pendiente, casi susurrada:

si una mujer así pudo hacerlo empezando desde la nada…

¿hasta dónde podría llegar cualquiera que se atreviera a creer en sí misma?

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22/03/2026

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¿Se ha preguntado desde cuando el pene y la va**na no conversan?

Incluso en la sociedad actual, persiste un gran desconocimiento del hombre hacia la mujer y de la mujer hacia el hombre. No solo en lo biológico o lo erótico, sino también en lo emocional: en la empatía, en la comprensión, en la consideración mutua.

Es por esa razón que el pene y la va**na tienen que tener una conversación.

Le invito a que se una este próximo lunes conmigo y con la Dra. Margarita Murillo, para abordar este tema que sigue siendo un punto de tensión en muchas relaciones.

Los/as esperamos este lunes Fabián Zolo
21/03/2026

Los/as esperamos este lunes Fabián Zolo

08/03/2026

Mostremos la locura de buscar equidad - libertad - paz - derechos - respeto ! Las mujeres somos personas con dignidad

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