03/02/2026
Mateo tiene 7 años, Mateo lee bien.
No tiene problemas para leer palabras ni frases. El problema aparece muy rápido: al segundo o tercer renglón ya se distrajo. El libro queda abierto, pero su mente está en otro lado.
De pronto recuerda que dejó unas restas sin terminar. Hace una, y la hace bien. Pero eran varias. Se frustra, suelta el cuaderno y agarra otro libro. Lo hojea un rato y lo deja también. Nada lo sostiene mucho tiempo.
En clase pasa lo mismo. Empieza las actividades, pero se pierde. No termina. No sigue el ritmo.
Entonces llega la frase que muchos escuchan:
—“Tiene déficit de atención”.
Y Mateo termina en consulta psicológica con una etiqueta encima.
Pero esta psicóloga no se queda solo con lo que se ve en el aula. Pregunta. Escucha. Investiga. Quiere entender qué pasa en su día a día.
Y ahí aparece algo importante: cuando la maestra no lo está mirando, Mateo saca el celular. No busca algo en particular. Solo desliza el dedo una y otra vez. Videos cortos, imágenes, estímulos que cambian cada segundo. No se queda en nada.
Eso tiene un nombre: scroll infinito.
Es una forma de consumo digital donde todo es rápido, breve y llamativo, pero nada dura lo suficiente como para pensar o profundizar.
Mateo no tiene déficit de atención.
Tiene atención fragmentada.
Es decir, su atención está acostumbrada a saltar de un estímulo a otro todo el tiempo. Le cuesta sostenerse en una sola tarea, no porque no pueda, sino porque su cerebro se entrenó para lo inmediato.
¿Las consecuencias?
Le cuesta aprender.
No comprende ideas más complejas.
No logra profundizar.
La buena noticia es que está a tiempo.
La difícil es que la solución no es cómoda.
No se arregla con medicación.
No se soluciona con más presión escolar.
La psicóloga fue clara:
—Hay que tener un control claro con el celular.
No porque el niño esté “mal”, sino porque el hábito lo está afectando.
El diagnóstico ya está hecho.
La pregunta ahora es otra:
¿los adultos estarán dispuestos a hacer el cambio?