02/02/2026
La Cita con la Esperanza
Por Adrián Cáceres Chacón
El reloj marcaba las seis y quince de la tarde cuando el sol comenzaba a despedirse sobre la pista del Juan Santamaría. Entre mis dedos, el boarding pass rumbo a París adquiría el peso de una promesa incómoda, tejida meses atrás en otro momento de la vida. Afuera, los aviones dibujaban líneas de huida sobre el asfalto aún caliente. Mientras esperaba, tomé mi celular y vi las primeras noticias: los costarricenses en Canberra, Australia, ya habían comenzado a votar. Sus imágenes llegaban a través del océano y los husos horarios -rostros sonrientes frente a consulados, banderas pequeñas ondeando en manos lejanas. Una punzada de desesperación me atravesó, tan aguda como irracional. Allí estaban, a dieciséis mil kilómetros de nuestro suelo, ejerciendo su derecho mientras el día avanzaba implacable, mientras el planeta giraba y las urnas en Costa Rica aún dormían. Este ritual democrático que nos unía ya había comenzado sin mí en algún lugar del mundo.
Yo observaba, con una tristeza silenciosa, cómo el compromiso me arrancaba justo en la víspera de aquel día en que el país decide su rumbo.
Al cruzar el umbral de mi casa horas antes, había percibido un destello distinto en las miradas de mis hijas. Los debates políticos habían tejido en ellas una seriedad nueva, ese temple que nace cuando la juventud descubre el peso del futuro en sus propias manos. Mi hija menor, que al día siguiente estamparía su primera voluntad en una urna, me recordó con su silencio elocuente, cómo siempre nos había acompañado en ese ritual democrático que nos define. Los ticos, a pesar de nuestras divergencias, guardamos ese respeto sagrado por la decisión colectiva, por ese acto transparente donde el pueblo susurra o grita alegremente su voluntad.
En la sala de espera, mi esposa alzó la vista de su libro. “¡Mira qué cosa tan linda!”, exclamó, señalando la ventana. Allí, deslizándose sobre el concreto, apareció un ave metálica con la bandera de Costa Rica pintada en su cola, el emblema de LACSA brillando como un guiño a la memoria. Aquel avión único en su flotilla, aunque de una empresa no tica, llevaba consigo el alma de una herencia. En ese instante, volvieron a mí los ecos de un país que fue faro: la educación como cimiento, la paz como oficio, las garantías sociales como muro contra la desigualdad.
El avión se acercaba a la manga cuando sentí el n**o. Un n**o antiguo, hecho de raíces y tierra. Miré a mi esposa, respiré hondo y me dirigí al mostrador mientras la voz por los altavoces anunciaba el inicio del abordaje.
—¿Puedo cambiar mi vuelo para mañana? —pregunté al joven de uniforme.
Sus ojos buscaron en los míos una explicación. Se la di en cinco palabras que sonaban a confesión:
—No puedo irme sin votar.
Una sonrisa lenta iluminó su rostro antes de sumergirse en el laberinto de códigos y horarios. “Hay una alternativa, señor, pero no es directa. México, escala, conexión… pero yo le ayudo”. Regresé al asiento con la noticia escrita en el rostro. Mi esposa, cuya ansiedad ante los vuelos es geografía conocida, palideció al escuchar la nueva ruta. “No me haga esto —susurró—. Ahí en el mapa hay una tormenta sobre el Atlántico norte”. Pero antes de que yo pudiera responder, ya tomaba nuestra maleta y caminaba conmigo hacia la salida, su miedo rendido también ante algo más grande.
Treinta minutos en migración, donde oficiales perplejos nos explicaron que debíamos “reingresar” a un país del que nunca habíamos salido. Después, el taxi naranja serpenteando por las calles de San José rumbo a Tres Ríos. En la rotonda de la Hispanidad, el estallido: una fiesta de banderas ondeando bajo el cielo crepuscular. Jóvenes, ancianos, familias enteras movían el azul, blanco y rojo entre banderas de partidos. Allí, entre ese río de fe cívica, sentí que mi país me abrazaba de nuevo.
El regreso a casa fue un coro de asombro. Mis hijas, incrédulas al principio, rompieron en sonrisas que decían más que palabras: “Era lo correcto, papá”. Mi hija mayor, que había volado desde Minneapolis a Nueva York solo para votar, asintió desde la pantalla del teléfono. Ahora estábamos sincronizados, unidos por un mismo latido.
Amaneció sobre Tres Ríos con un “pelito de gato”, esa llovizna terca que los ticos conocemos bien. Caminamos hasta la escuela María Amelia Montealegre, donde la junta electoral 3961 aguardaba. Un dedo recorrió la lista hasta encontrarnos, a todos, convocados por la responsabilidad.
—Buenos días, vengo a votar —dije, entregando mi cédula.
Dentro del cubículo, las dos equis que marqué no eran solo un voto. Eran la esperanza puesta en un pedazo de tierra que amo; el deseo de que quienes gobiernen perciban la belleza frágil que tienen en custodia; la fe en que nuestra juventud herede oportunidades mejores; la súplica silenciosa para que el trabajo y la paz sigan siendo nuestra bandera verdadera.
Después, el gallo pinto, los maduros y la natilla con café supieron a promesa cumplida. Mientras espero en el aeropuerto, esta vez con el vuelo real, el definitivo, observo el ir y venir de viajeros y me detengo en los rostros. Algunos muestran la prisa impersonal del tránsito global; otros, sin embargo, llevan esa expresión serena de quien ha cumplido con algo íntimo antes de partir. En mis manos, el nuevo boarding pass ya no pesa. Al contrario, parece levitar, como si las dos equis marcadas horas antes en la urna le hubieran dado una ligereza nueva.
A mi lado, mi esposa hojea una revista, pero su gesto ha cambiado. La angustia que la habitaba ayer se ha transformado en una calma vigilante. De vez en cuando alza la vista y nuestros ojos se cruzan; en el suyo leo un brillo de complicidad. Sabemos que esta partida es distinta. No huimos, no eludimos: elegimos volar con las raíces regadas, con el deber cumplido.
Mientras espero en el aeropuerto, dejo que la memoria repase la mañana: la fila ordenada en la escuela, el sonido del lápiz sobre el papel, el rostro grave y amable de la miembro de junta al recibir mi cédula. Y ahora, mientras las pantallas anuncian vuelos a destinos lejanos, sé que cuando se cierren las urnas estaré sobre el Atlántico. Pero llevaré conmigo la conciencia tranquila y el corazón lleno de imágenes perdurables: costas bañadas por dos océanos, verdes eternos, los ojos de mi gente votando desde Australia hasta Tres Ríos, y esa esperanza terca que, como el pelito de gato, cae suave pero persistente sobre nuestra tierra.