04/07/2026
La membrana amniótica se usa hoy en oftalmología en todo el mundo. Es la capa más interna de la placenta, un tejido finísimo y transparente que, colocado sobre el ojo, baja la inflamación, calma el dolor y ayuda a que la superficie cicatrice. Lo que casi nadie sabe es que una pieza clave de su historia se resolvió desde República Dominicana, y me toca de cerca porque la protagonizó mi familia.
En los años ochenta, el profesor Muldachev, en la Universidad de Ufa, operaba con un tejido que sanaba el ojo pero nunca dijo qué era. Lo llamaba “alotransplante” y mantuvo su origen en secreto. De la Unión Soviética pasó a Venezuela, y de ahí el Dr. Carlino González trajo una muestra a mi padre, en Santo Domingo, con una pregunta sin responder: ¿qué es en realidad este tejido?
Mi padre no lo resolvió solo, y esa es la parte que más me gusta contar. Le entregó esa muestra a mi abuelo materno, el Dr. Miguel Ángel Logroño, que era patólogo. Y para comparar, él mismo separó la membrana amniótica de una placenta local y la envió también a biopsia. Mi abuelo estudió los dos tejidos bajo el microscopio y confirmó que eran lo mismo: membrana amniótica. En 1992, mi padre y el Dr. Francisco Perdomo lo presentaron en la Academia Americana de Oftalmología y en el Bascom Palmer. Para entonces ya había ayudado a 23 pacientes con úlceras, quemaduras y pterigios difíciles.
Pero lo que más me marca no es el hallazgo, sino su intención. Mi padre nunca quiso que ese tejido fuera privilegio de unos pocos. Quería que llegara a la gente a través de los bancos de ojos. Esa idea de acceso es la que heredé, y la que sostengo hoy como director del Banco de Córneas.
Un abuelo patólogo que lo confirmó bajo el microscopio, un padre cirujano que resolvió el misterio, y yo, que la sigo usando cada semana. Cada vez que una membrana amniótica ayuda a un paciente, hay un pedazo de historia dominicana ahí dentro. Y un pedazo de mi familia.
Te conté la versión corta. Si quieres la completa, te dejo el artículo en el enlace de las historias.
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