19/05/2026
Empacamos todo porque me dieron una orden. Y para ser sincera, nunca he sido una hija demasiado obediente. Pero ya sabrán por qué lo hice.
Durante meses/ años, ellos esperaron. Con una paciencia infinita y una ternura divina, aguardaron a que yo estuviera lista para este momento.
Mientras tanto, yo me resistía.
Me aferraba a mis razones, a mis miedos y deseos.
El más fuerte de todos: el deseo visceral de que mis hijos y yo tuviéramos, por fin, un sitio que llamar "nuestro". Un rincón del mundo que se sintiera estable, seguro, feliz. Sentía que otra mudanza nos alejaba de hacerlo realidad.
Si por mí fuera, jamás habríamos cerrado esa última caja.
Una parte de mi no quería mudarme.
Pero otra parte si.
Esa parte de mi que anhela estar en comunión con los árboles, que quiere sentir la luz del sol sobre sus párpados al amanecer, que quiere escuchar el canto de los pájaros todo el día.
Y la que quiere la mejor infancia para sus hijos.
Hoy, el ruido del apego se apagó.
Cuando eliminas las distracciones, escuchar atentamente se vuelve el único camino posible.
Fue entonces cuando lo escuché clarito:
"El mundo es tu hogar".
Y de repente, todo cobró sentido. Entendí por qué este cambio no era un capricho, sino una necesidad.
Ahora estamos en Mindo. Entre los nubarrones y la niebla que abraza la montaña, no queda tanto espacio para la resistencia. El verde denso colma mis sentidos y calma mi mente.
En este rincón mágico, siento cómo empieza a sanar y fortalecerse mi conexión conmigo misma, con el espíritu de la madre tierra y con nuestro Padre Celestial.
No perdimos un hogar; ganamos el mundo.