26/09/2020
La salud mental y la realidad social
Hace pocos días, exactamente el 21 de septiembre del 2020, se pudo atribuir una fecha de importancia para el Alzheimer que, como profesionales dentro de la salud mental, se ha estudiado y se ha podido determinar los distintos elementos que conforman esta enfermedad neurodegenerativa. Las puertas de la naturaleza sobre este tipo de afección mental son descubiertas y abiertas por el alemán Alois Alzheimer (1864-1915); me refiero a una apertura debido a que el estudio de esto y su inscripción en un orden de evidencia, desde un enfoque positivista y plasmado en el papel que tanto rige en lo científico, no se ha terminado de estructurar y se sigue ampliando todos los espectros que esto alberga.
Retomando la biografía de Alois, se puede reconocer su crecimiento dentro del campo de la medicina para que sus propuestas puedan ser tomadas en cuenta y pueda especializarse en la hipótesis de sus ideales sobre esta enfermedad. Es dentro de esta lógica donde parece ser que el poder llegar a un lugar privilegiado de su descubridor ha heredado, esta postura, al tratamiento, determinación y reconocimiento sobre el Alzheimer. Y esto, cabe recalcar, ha sido la mayor dificultad que se ha presentado dentro de la importancia y desarrollo de la salud mental al considerarla algo que no es medible, ni determinable, ni palpable.
Tomando esta premisa anterior, se asemeja su comprensión hacia esa confidencialidad que se debe guardar por lo inmaterial; este factor se lo ha atribuido a lo divino, a lo desconocido y, sobre todo, a lo que da miedo. Es por esta razón que la posición social de la medicina, de lo científico, se ha heredado desde esa moralidad y ley que se atribuía a los sacerdotes y a cualquier persona que mantenga una profesión relacionada con la religión; claro que esto se sigue manteniendo y se puede evidenciar en una responsabilidad, mejor dicho irresponsabilidad, de posicionar a lo divino sobre las decisiones de un sujeto y la armonía con sus derechos básicos.
A partir de lo planteado anteriormente surge la pregunta, ¿Hasta qué punto se ha permitido al sujeto adentrarse al autoconocimiento de su entorno mental y, de manera subjetiva, qué tanto se ha podido preservar o precautelar sobre su “bienestar”, o trámite de su malestar, psíquico? La respuesta se centraría en el reconocimiento de que hasta la fecha, siglo XXI, año 2020, el percibir que la persona quiere saltar y elevarse dentro de su subjetividad genera temor al orden de poderlo mantener controlado, de poder saber qué piensa para, así, saber qué puede consumir. El elitismo sobre la salud mental sigue siendo palpable y sigue siendo un tema prohibido para el pueblo, para el obrero, tomando en cuenta la necesidad de producción y valor impuesto por el mercado hacia todos los que convivimos en este planeta.
El dilema sería el siguiente: la medicina, la ciencia, ha acercado al ser humano hacia su comprensión que se ha transformado en un arma de doble filo, tanto para hacerle daño y controlarlo como para poder evitar su sufrimiento. Lo empírico va perdiendo su valor y ahora solo se acepta lo que está evidenciado, dándole una atribución errónea de “lo correcto”. Entonces, ¿quién tiene la responsabilidad de todo esto, de esta “muerte anunciada”? La verdadera conclusión se centraría en el poder conocer la responsabilidad de cada uno dentro de su posición en esta sociedad contemporánea. Ahora, el mayor reto y misión de cualquier profesional es el direccionar su obrar hacia sus funciones adecuadas, alejándose de la corrupción de sus acciones. El retomar la validez del lenguaje es necesario porque hace responsable al sujeto de lo que dice, de lo que piensa, de lo que es y de lo que quiere ser, de su deseo.
Andrés Ramos