01/07/2026
# De las voces y el derecho a brillar
Hay quienes nacen con una brújula que no señala al norte de nadie más. Cuando eso ocurre, el mundo —que ha construido catedrales enteras para que todos miren en la misma dirección— no sabe qué hacer con ellos. Los llama raros. Los llama enfermos. A veces, si tiene piedad, los llama especiales, que es solo otra forma de decir: no sé dónde ponerte.
Ella lo sabía desde niña, aunque tardó años en encontrarle nombre: no leía los diálogos que los demás leían con tanta naturalidad, no reconocía las señales que para otros eran obvias como el sol. Y sin embargo —esto es lo que nadie le dijo a tiempo— no comprender las reglas de un juego no es lo mismo que estar fuera del juego de la vida. Es, simplemente, jugar otro.
Las voces de adentro —los ancestros, la conciencia colectiva, como quiera llamarlas— no son enemigas. Son el eco de todos los que decidieron pertenecer, y pertenecer, para sobrevivir, exige ciertas renuncias. Esas voces solo hacen lo que hicieron siempre: piden lealtad a la tribu. El problema no es que hablen. El problema es cuando una las confunde con la única verdad posible, y entonces desaparece un poco cada vez que no encaja.
Kundera hubiera dicho que la kitsch es precisamente eso: la negación absoluta de lo que no cabe en la fórmula. Las sectas, los dogmas, los guardianes de secretos —todos ofrecen lo mismo: una manera de no tener que inventar la propia. A cambio piden que una deje de mirar lo que ve con sus propios ojos y empiece a repetir lo que otros ya vieron por ella.
Decir "soy dios" no es, quizás, una afirmación sobre el cielo. Es notar que cada existencia, por el simple hecho de darse, ya está completa —que no necesita permiso, ni escuela, ni teorema que la justifique. Y si eso es cierto para una, también lo es para el que ofende y para el que se odia por haber ofendido. Ahí está la ironía que ninguna secta tolera: si todos son divinos, nadie puede ser el elegido.
El cansancio, la confusión, la dificultad para socializar, la soledad inmensa: no son el defecto que hay que corregir antes de aparecer. Son la textura misma de esta forma particular de estar viva. Esconderse no salvó a nadie del propio peso; solo lo repartió en secreto, noche tras noche, hasta que un día no alcanza.
Así que hoy, en lugar de la heroicidad del sacrificio —esa vieja tentación de manifestar a fuerza de esfuerzo, de doblegarse para ser digna de algo— queda solamente esto, que es mucho más difícil y mucho más simple: poner sobre la mesa lo que una es. Sin traducirlo. Sin pedir perdón por la forma en que brilla. Que se acerque quien pueda tomarlo, y que los demás sigan su camino. Ninguna de las dos cosas es un fracaso.
Existir ya tenía sentido antes de que nadie viniera a explicarlo.