Ana Linarejos

Ana Linarejos Psicóloga sanitaria especialista en Psicología Clínica Aplicada en el área de Infantil-Adolescentes-Adultos, en Desarrollo Personal y Mindfulness.

Decidir convertirme en Psicóloga fue una elección natural; siempre he sabido que mi propósito en la vida es ayudar a quienes atraviesan momentos difíciles. Desde joven, sentí una fuerte vocación por brindar apoyo y comprensión a aquellos que lo necesitan. A lo largo de mi carrera, he tenido la fortuna de especializarme en diversas áreas, como la psicología cognitivo-conductual, el mindfulness, el

desarrollo personal, la educación emocional, la disciplina positiva, la arteterapia, la codependencia, la integración del niño interior y la programación neurolingüística. Estas especializaciones no solo han enriquecido mi práctica profesional, sino que también me han permitido conocer a profesionales inspiradores y seres humanos extraordinarios, todos ellos con una calidad terapéutica y humana excepcional, que han sido fundamentales en mi propio crecimiento personal y profesional. Nada me conmueve más que ver cómo, con el apoyo adecuado y la psicoterapia, las personas pueden resurgir y comenzar a ver la vida con nuevos ojos, llenos de esperanza y optimismo. Cada historia de transformación y superación que he tenido el privilegio de acompañar reafirma mi compromiso y amor por esta profesión.

03/09/2026
11/08/2026

¿TU VIDA SE PARECE A UNA SALA DE ESPERA?

Imaginemos a una persona sentada en la sala de espera de una estación. Sabe que está allí solo de paso. En algún momento llegará su tren y tendrá que marcharse. Y precisamente porque sabe que no va a quedarse, quizá no le importe demasiado cómo está ese lugar. Puede tirar algo al suelo, ensuciarlo, dejar las cosas desordenadas o simplemente no prestar atención. Al fin y al cabo, piensa: «¿Qué más da? Me voy a ir».

A veces me pregunto si nosotros hacemos algo parecido con nuestra propia vida.

Vivimos pensando que la vida de verdad empezará después. Después de terminar los estudios, de conseguir ese trabajo, de encontrar pareja, de tener hijos, de superar esta etapa, de ganar más dinero, de sentirnos mejor, de conseguir aquello que llevamos tanto tiempo esperando.Y mientras tanto, esperamos.

Esperamos que llegue ese momento en el que todo encaje y podamos empezar a vivir como realmente queremos.El problema es que, mientras esperamos, hay una vida que está sucediendo. Esta. La de ahora.

Y cuando ponemos toda nuestra atención en llegar a un lugar determinado, podemos terminar descuidando el camino que nos lleva hasta allí. Podemos dejar de cuidar nuestras relaciones, nuestro cuerpo, nuestros espacios, nuestro descanso o incluso nuestra manera de hablarnos. Podemos acostumbrarnos a vivir cansados, a posponer lo que necesitamos y a decirnos que ya habrá tiempo más adelante.Pero ese «más adelante» no está garantizado.Y tampoco sabemos cuánto durará esta etapa en la que estamos.

Por supuesto, tener objetivos es importante. Querer cambiar, crecer o conseguir determinadas cosas forma parte de la vida. El problema no está en querer llegar. Está en creer que "solo cuando lleguemos podremos estar bien".Porque entonces corremos el riesgo de sacrificar demasiadas cosas por el camino.

Y quizá un día consigamos aquello que tanto queríamos y nos demos cuenta de que hemos llegado muy lejos, pero bastante lejos de nosotros mismos.

La manera en la que vivimos mientras perseguimos nuestros objetivos también importa. Mucho.Nos va moldeando. Cada pequeña decisión, cada límite que ponemos o que no ponemos, cada vez que nos cuidamos o nos abandonamos, cada forma de relacionarnos, de afrontar una dificultad o de hablarnos cuando las cosas no salen como esperábamos, va dejando huella.

Por eso quizá sea interesante hacerse de vez en cuando una pregunta diferente. No solamente «¿a dónde quiero llegar?», sino «¿cómo estoy viviendo mientras llego allí?» Y quizá también: «¿Qué estoy dejando para después que podría empezar a cuidar ahora?».

15/07/2026

¿Y SI EL VERDADERO CANSANCIO NO FUERA EL TRABAJO, SINO EL RECHAZO A EL?
(un error que cometemos y casi nadie nota)

Hay algo que hacemos con mucha frecuencia y casi nunca nos detenemos a pensar en sus consecuencias.

Cuando se acercan las vacaciones empezamos a decir cosas como: "No aguanto más", "Qué ganas de perder de vista el trabajo", "No quiero saber nada de esto" o "Estoy harto".

Son frases que parecen normales. Pero la mente no distingue entre una frase dicha "por desahogarse" y un mensaje que repetimos una y otra vez. Simplemente aprende.Y aquello que aprende acaba convirtiéndose en una forma de sentir.

Estar cansado es completamente normal. El descanso es una necesidad. Sin embargo, hay una diferencia muy importante entre reconocer que necesitamos parar y acostumbrarnos a rechazar nuestro trabajo.

Como psicologa sé que aquello que alimentamos con nuestros pensamientos y nuestras palabras termina fortaleciendo nuestra experiencia. Si cada día repetimos que nuestro trabajo es una carga insoportable, poco a poco nuestro cerebro dejará de verlo con objetividad y empezará a vivirlo desde el rechazo.

El problema no es el cansancio.El problema es convertir el rechazo en un hábito.

Y los hábitos emocionales son silenciosos. Se instalan poco a poco, hasta que un día descubrimos que cada lunes pesa demasiado, que cualquier dificultad nos irrita y que hemos perdido la capacidad de reconocer todo aquello que también nos aporta nuestro trabajo.

Porque, aunque a veces lo olvidemos, el trabajo también nos permite crecer, aprender, desarrollar capacidades, relacionarnos con otras personas y sostener nuestro proyecto de vida.

Las vacaciones deberían servir para recuperar energía, no para reforzar el rechazo.

Y hay otra situación muy habitual. Estás de vacaciones y aparece una llamada, un correo o una pequeña gestión relacionada con el trabajo.

Muchas personas reaccionan inmediatamente con enfado: "¡Ya me están molestando!".

Sin embargo, esa reacción suele generar más desgaste que la propia tarea.

Si realmente son unos minutos que requieren tu atención, quizá resulte más saludable gestionarlos con serenidad que luchar mentalmente contra algo que ya está ocurriendo.

Eso no significa renunciar a tus límites ni permitir que el trabajo invada constantemente tu descanso. Significa comprender que aceptar una situación puntual consume mucha menos energía que mantener una batalla interior contra ella.

Al fin y al cabo, dentro de unos días volverás a realizar esas mismas tareas con normalidad. ¿Por qué cargar ese momento con un rechazo que solo añade tensión?

Las vacaciones no consisten únicamente en cambiar de lugar.

También pueden ser una oportunidad para cambiar la forma en que nos relacionamos con nuestra propia mente.

----Un pequeño ejercicio que puede cambiar tu manera de volver al trabajo

El último día antes de tus vacaciones —o incluso cada noche durante ellas— dedica solo dos minutos a este ritual.

Coge un papel y responde a estas tres preguntas:

¿Qué me ha dado mi trabajo durante este último año, además de un salario?

Piensa en personas, aprendizajes, habilidades, experiencias o retos que te han hecho crecer.

¿Qué quiero dejar aquí y no llevarme conmigo?

Escribe aquello que eliges soltar: el enfado, la queja constante, la necesidad de control, la presión o el resentimiento. Después rompe el papel o dóblalo y guárdalo como un gesto simbólico de cierre.

Y termina con una última pregunta:

¿Cómo quiero regresar cuando estas vacaciones terminen?

No pienses en lo que quieres hacer. Piensa en que quieres sentir.

¿Más tranquilidad?

¿Más agradecimiento?

¿Más paciencia?

Porque al trabajo no solo vuelve nuestro cuerpo.También vuelve la actitud con la que hemos entrenado a nuestra mente durante las vacaciones.

Y esa actitud, muchas veces, marca una diferencia mucho mayor que las propias circunstancias.

26/06/2026

COSAS QUE APARECEN EN CONSULTA...

Esta semana me llamó la atención algo que se repitió en varias personas que acompañé en consulta. Venían por motivos diferentes: ansiedad, estrés laboral, ruptura sentimental... Sin embargo, todas tenían algo en común.

Sabían explicar muy bien lo que les ocurría, pero cuando les preguntaba: "¿Qué está sintiendo tu cuerpo ahora mismo?", aparecía un largo silencio.

Vivimos en una sociedad que nos ha acostumbrado a entenderlo todo desde la cabeza. Analizamos, interpretamos, buscamos respuestas, intentamos controlar lo que sentimos. Pero, mientras tanto, el cuerpo sigue hablando.

Habla cuando la mandíbula permanece apretada al final del día. Cuando los hombros no consiguen relajarse. Cuando el pecho se cierra antes de una conversación difícil. Cuando el estómago se encoge al poner un límite o cuando respiramos tan superficialmente que ni siquiera somos conscientes de ello.

Muchas veces pensamos que el cuerpo es el lugar donde aparecen los síntomas. Con el tiempo he aprendido que también es el lugar donde aparecen las respuestas.

Por eso incorporo el trabajo corporal en terapia. No porque crea que el cuerpo sustituye a la palabra, sino porque ambos se necesitan. Hay experiencias que primero necesitan ser comprendidas, pero hay otras que necesitan ser sentidas, reconocidas e integradas. A veces una persona entiende perfectamente por qué le cuesta confiar, descansar o expresar su enfado, pero su cuerpo continúa reaccionando como si el peligro siguiera presente. Y eso no se resuelve únicamente entendiéndolo.

El trabajo corporal nos ayuda a desarrollar algo que considero esencial: la capacidad de escucharnos sin juicio. Descubrir cómo respiramos cuando sentimos miedo, qué hacemos con nuestro cuerpo cuando intentamos agradar, dónde aparece la tensión cuando callamos lo que necesitamos decir o cómo cambia nuestra postura cuando, por fin, nos permitimos poner un límite.

Quiero agradecer especialmente a Río, de Liberatorio Escénico en Cordoba, porque una parte de esta mirada se ha reforzado de lo aprendido junto a él. Su forma de entender el cuerpo como un espacio de presencia, de creatividad y de verdad ha enriquecido profundamente mi manera de acompañar a las personas. Me hizo mas presente que el cuerpo no es solo un lugar donde se manifiesta el sufrimiento; también es un lugar desde el que recuperar la confianza, la autenticidad y el bienestar.

Si alguna vez tenéis la oportunidad de participar en alguno de sus talleres, os lo recomiendo. Más allá del movimiento, es una invitación a conocerse desde un lugar profundamente humano.

17/06/2026

A VIVIR APRENDEMOS VIVIENDO

Hay algo que, con el paso de los años, he ido comprendiendo cada vez con más claridad: gran parte del sufrimiento humano nace de la exigencia de querer saber antes de haber vivido.

Nos juzgamos por decisiones que tomamos cuando todavía no teníamos la experiencia necesaria. Nos castigamos por no haber elegido mejor, por no haber reaccionado de otra manera o por haber necesitado más tiempo del que creíamos aceptable.

Pero la vida no funciona así.
La vida no se aprende antes de vivirla.
Se aprende viviéndola.

Y quizá ahí resida una de las lecciones más importantes que podemos integrar: el error, en realidad, no existe. Existen las experiencias y la forma en la que decidimos relacionarnos con ellas.

Porque nadie nace sabiendo cómo afrontar una pérdida, cómo sostener la incertidumbre, cómo poner límites, cómo cuidarse o cómo amar de una manera sana.

Y cada experiencia, incluso aquellas que nos duelen, nos decepcionan o nos desorientan, nos está mostrando algo de nosotros mismos.

Con demasiada frecuencia interpretamos nuestros tropiezos como fracasos, cuando en realidad son parte del proceso natural de convertirnos en quienes estamos llamados a ser.

La experiencia no siempre llega de la forma que esperamos, pero siempre trae consigo una oportunidad de aprendizaje.

Y cuando dejamos de luchar contra lo vivido y empezamos a escucharlo, algo cambia profundamente: dejamos de tratarnos como jueces y empezamos a tratarnos como seres humanos.

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