Ana Linarejos

Ana Linarejos Psicóloga sanitaria especialista en Psicología Clínica Aplicada en el área de Infantil-Adolescentes-Adultos, en Desarrollo Personal y Mindfulness.

Decidir convertirme en Psicóloga fue una elección natural; siempre he sabido que mi propósito en la vida es ayudar a quienes atraviesan momentos difíciles. Desde joven, sentí una fuerte vocación por brindar apoyo y comprensión a aquellos que lo necesitan. A lo largo de mi carrera, he tenido la fortuna de especializarme en diversas áreas, como la psicología cognitivo-conductual, el mindfulness, el

desarrollo personal, la educación emocional, la disciplina positiva, la arteterapia, la codependencia, la integración del niño interior y la programación neurolingüística. Estas especializaciones no solo han enriquecido mi práctica profesional, sino que también me han permitido conocer a profesionales inspiradores y seres humanos extraordinarios, todos ellos con una calidad terapéutica y humana excepcional, que han sido fundamentales en mi propio crecimiento personal y profesional. Nada me conmueve más que ver cómo, con el apoyo adecuado y la psicoterapia, las personas pueden resurgir y comenzar a ver la vida con nuevos ojos, llenos de esperanza y optimismo. Cada historia de transformación y superación que he tenido el privilegio de acompañar reafirma mi compromiso y amor por esta profesión.

03/06/2026

HAY ALGO QUE SE ESTÁ HACIENDO MAL...

Es el tercer suicidio de un MIR este año.

Y más allá de la noticia, del impacto momentáneo o de los debates que duran unos días en redes sociales, hay una pregunta que no deja de rondarme la cabeza:

¿Qué está pasando para que personas que han demostrado una capacidad extraordinaria para superar obstáculos lleguen a sentirse tan desesperadas?

Porque no estamos hablando de personas que no hayan podido con la presión de la vida. Al contrario.

Hablamos de jóvenes que durante años han estudiado mientras otros descansaban. Que han renunciado a tiempo, ocio, relaciones y, muchas veces, a su propia salud para alcanzar una meta profesional. Personas brillantes, comprometidas y acostumbradas a exigirse mucho más de lo que les exige nadie.

Y, sin embargo, eso no las hace invulnerables.

Como psicóloga, llevo años escuchando historias de agotamiento, ansiedad, insomnio, culpa y una sensación constante de no llegar a todo. No solo en médicos. También en enfermeras, docentes, psicólogos, trabajadores sociales, policías, cuidadores y tantos otros profesionales que trabajan sosteniendo el bienestar, la seguridad o la salud de los demás.

Hay algo profundamente contradictorio en todo esto.

Pedimos a determinadas profesiones que cuiden, acompañen, protejan y respondan siempre. Pero pocas veces nos preguntamos quién cuida de ellas.

Hemos normalizado jornadas interminables, responsabilidades enormes, plantillas insuficientes y una presión constante por rendir más con menos recursos. Y cuando alguien se rompe, la conversación suele centrarse en su fortaleza psicológica, en su capacidad para gestionar el estrés o en si pidió ayuda a tiempo.

Pero quizá la pregunta debería ser otra.

Quizá deberíamos preguntarnos cuánto tiempo puede soportar una persona trabajando en determinadas condiciones antes de empezar a pagar un precio demasiado alto.

Porque la salud mental no depende únicamente de lo que ocurre dentro de nosotros. También depende de lo que ocurre alrededor.

Del descanso que tenemos.

Del apoyo que recibimos.

De la posibilidad real de desconectar.

De sentir que somos personas y no solo profesionales que tienen que seguir funcionando pase lo que pase.

Cada vez que ocurre una tragedia como esta, hablamos de salud mental durante unos días. Después llega otra noticia y seguimos adelante.

Pero las condiciones que generan ese sufrimiento permanecen.

Y mientras permanezcan, seguirán apareciendo historias que podrían haberse evitado.

No sé cuántos casos más harán falta para que entendamos que esto no va de fragilidad individual.

Va de límites humanos.

Y los límites humanos existen, incluso en las personas más preparadas, más responsables y más brillantes.

02/06/2026
26/05/2026

El impacto psicológico de LA ISLA DE LAS TENTACIONES

Como psicóloga, considero que programas como "La Isla de las Tentaciones" reflejan una forma de entretenimiento que puede tener consecuencias emocionales y sociales preocupantes, especialmente en los jóvenes. Aunque se presenta como un reality de amor, diversión y “pruebas de fidelidad”, el mensaje que muchas veces transmite es que las relaciones se basan en la desconfianza, la humillación pública, los celos y la impulsividad emocional.

El problema no es únicamente el programa en sí, sino el impacto que puede generar en una generación que todavía está construyendo su forma de entender el amor, la autoestima y los vínculos afectivos. Normalizar gritos, traiciones, dependencia emocional o conductas tóxicas como espectáculo puede hacer que muchos jóvenes confundan intensidad con amor y conflicto con pasión.

También preocupa la exposición constante al juicio público y la validación a través de redes sociales. Se transmite la idea de que el valor personal depende de la apariencia física, de la aprobación externa o de generar polémica para obtener atención. Esto puede afectar directamente la autoestima, la salud mental y la manera en que los jóvenes se relacionan consigo mismos y con los demás.

No se trata de demonizar el entretenimiento, sino de fomentar una mirada más crítica y consciente. Los jóvenes necesitan referentes emocionales más sanos, donde se hable de comunicación, respeto, límites y amor propio, no solo de drama y confrontación.

El entretenimiento tiene poder. Y cuando millones de personas consumen ciertos mensajes cada día, es importante preguntarnos qué tipo de relaciones estamos normalizando y qué impacto puede tener eso en la salud emocional de las nuevas generaciones.

15/05/2026

LAS EXPERIENCIAS NO SON SOLO DE LA MENTE

Las experiencias no se quedan solo en la mente también se quedan en el cuerpo.

Por eso, en psicología sabemos que comprender algo racionalmente no siempre implica haberlo elaborado emocionalmente. La Terapia Gestalt, la psicología humanista y autores como Carl Jung defendían el valor de los actos simbólicos para facilitar procesos de cierre y transformación emocional.

Te propongo un ejercicio para liberar

“LA CARTA QUE LIBERA”

- Objetivo:
Dar salida emocional a aquello que quedó contenido o no expresado.

1️⃣ Elige a quién o a qué va dirigida la carta

Puede ser:
• una persona
• una ruptura
• una etapa de tu vida
• una situación dolorosa
• una versión pasada de ti mismo/a

2️⃣ Escribe sin censura

Durante unos 15-20 minutos, escribe a mano todo lo que necesites expresar.

No busques escribir “correctamente”.
Lo importante es la autenticidad emocional.

Puedes incluir:

• lo que te dolió
• lo que nunca dijiste
• enfado o decepción
• culpa y tristeza
• amor o gratitud
• preguntas sin respuesta
• aquello que todavía pesa dentro

La carta NO debe enviarse.

3️⃣ Lee la carta en voz alta

Hazlo en un lugar tranquilo y seguro.

Leerla permite que la emoción no solo se piense, sino que también se escuche y se valide. Muchas veces sentimos cosas que nunca nos permitimos reconocer conscientemente.

4️⃣ Realiza el acto simbólico de cierre

Quema la carta de manera consciente y segura.

Mientras observas cómo se transforma, identifica internamente aquello que decides dejar de cargar, sostener o retener.

Las cenizas pueden:
• enterrarse bajo un árbol
• dejarse ir con el viento
• o simplemente desecharse conscientemente

El objetivo no es “borrar” el pasado, sino simbolizar un movimiento emocional: expresar, soltar y transformar.

Porque a veces la emoción necesita algo más que entender.
Necesita una experiencia que marque el cierre.

CUANDO PARAR NO ES RENDIRTE, SINO EMPEZAR A CUIDARTE: LA HISTORIA DE ISABELCon permiso de Isabel (paciente cuya alta fue...
05/05/2026

CUANDO PARAR NO ES RENDIRTE, SINO EMPEZAR A CUIDARTE: LA HISTORIA DE ISABEL

Con permiso de Isabel (paciente cuya alta fue hace dos años), quiero compartir su historia.

Cuando llegó a consulta tenía 47 años y convivía con fibromialgia. Antes de eso, era de las que no necesitaban agenda: "ella era la agenda". Trabajo, casa, familia, recados… y si quedaban diez minutos libres, todavía sacaba energía para algo más.

Hasta que su cuerpo dijo “hasta aquí”… sin opción de posponer.

Dolor constante. Cansancio que no se arregla durmiendo. Niebla mental. Y esa sensación de que el mundo sigue igual… mientras tú funcionas en modo “batería al 12%”.

¿Su primera conclusión?

“No valgo.”
“Soy un desastre.”
“No puedo con todo.”
No pensaba “me pasa algo”, pensaba “yo soy el problema”.

Cuando llegó a consulta no venía a entender su dolor… venía a exigirse todavía más.

Su dinámica era tan frecuente como agotadora:

— Día bueno: “hoy aprovecho y hago TODO”.
— Día siguiente: el cuerpo le pasaba factura con intereses.
— Resultado: cama, culpa y autocrítica en nivel experto.

Un negocio ruinoso, aunque muy común.

Así que hicimos algo poco espectacular… pero profundamente transformador:
bajar del pedestal a la exigencia.

Isabel empezó a hacer cosas que al principio le parecían casi prohibidas:

— Parar antes de romperse.
— Decir “no llego” sin sentirse culpable ni tener que justificarse.
— No compensar un día malo con sobreesfuerzo al siguiente.
— Y la más difícil: dejar de hablarse como si fuera su peor enemiga.

No fue un cambio mágico. Hubo recaídas, frustración, días de “otra vez estoy igual”…pero también empezó a aparecer algo nuevo: criterio propio.

Empezó a decidir según cómo estaba, no según cómo “debería” estar.Y ahí cambió todo.

Hoy Isabel sigue teniendo fibromialgia.
Pero ya no está en guerra consigo misma.

Ajusta, prioriza, descansa antes…
y, curiosamente, llega más lejos que cuando intentaba llegar a todo.

No volvió a ser la de antes.Y menos mal.

Porque la mujer que es hoy no vive agotándose para demostrar que puede.Vive eligiendo dónde merece la pena poner su energía.

Así que no, Isabel:no eras débil.No estabas fallando.Estabas aprendiendo a escucharte.

Gracias por el camino compartido en consulta Isabel

DEPENDENCIA AL ALCOHOLA veces no es el alcohol lo que se busca… sino el alivio que promete.La dependencia emocional haci...
01/05/2026

DEPENDENCIA AL ALCOHOL

A veces no es el alcohol lo que se busca… sino el alivio que promete.

La dependencia emocional hacia el alcohol suele tejerse en silencio. Empieza como un recurso para suavizar el malestar —la ansiedad, la soledad, el cansancio emocional— y, casi sin darse cuenta, termina convirtiéndose en una forma habitual de relacionarse con lo que duele.

El problema no es solo la conducta de beber, sino el vínculo que se establece con ella: cuando el alcohol pasa a ser la vía principal para regular lo que sentimos, deja de ser una elección y empieza a ocupar un lugar que otras herramientas emocionales no están pudiendo sostener.

Mirarlo desde la comprensión —y no desde la culpa— abre una puerta distinta. Porque detrás de cada impulso hay una necesidad legítima intentando ser atendida.

Algunas claves iniciales que pueden ayudarte a empezar a observar(te) (no son terapia, son recursos iniciales que no sustituyen un proceso profesional) son:

• Nombrar lo que ocurre dentro: antes de beber, detenerte un momento y preguntarte “¿qué necesito ahora mismo?” puede darte información valiosa.

• Crear un pequeño espacio entre impulso y acción: darte unos minutos, respirar o cambiar de entorno ayuda a que la intensidad baje y puedas decidir con mayor conciencia.

• Introducir alternativas reguladoras: no tienen que ser perfectas, solo suficientes. Caminar, ducharte, escribir o hablar con alguien pueden ofrecer un alivio más real, aunque al principio no lo parezca.

• Reconocer que esto tiene una raíz: no es falta de voluntad. Es un aprendizaje emocional que necesita ser comprendido y trabajado en profundidad.

Estos pasos pueden ser un primer acercamiento, pero no resuelven el origen. La dependencia emocional requiere un espacio terapéutico donde explorar lo que hay detrás, con acompañamiento, tiempo y profundidad.

Porque no se trata solo de dejar de beber…
se trata de aprender a sostener lo que hoy duele sin tener que anestesiarlo.

LA LIBERTADEl ser humano verdaderamente libre no es quien recorre todos los caminos, sino quien, aun sabiendo que existe...
23/04/2026

LA LIBERTAD

El ser humano verdaderamente libre no es quien recorre todos los caminos, sino quien, aun sabiendo que existen infinitas posibilidades ante sí, elige quedarse.

A su lado se abrían mil senderos, cada uno prometiendo algo distinto. Podía haber cambiado de rumbo, reinventarse, empezar de nuevo. Y, sin embargo, decidió continuar.

No por inercia, no por miedo, sino desde la conciencia.

Porque a veces la libertad no está en cambiar de camino, sino en elegir, con plena presencia, seguir caminando el propio.

CONFESIONES DESDE EL DESPACHO: MI CUARTA CONFESIÓN (CON MUCHO AMOR)Antes de empezar, lo de siempre: esta historia está c...
06/04/2026

CONFESIONES DESDE EL DESPACHO: MI CUARTA CONFESIÓN (CON MUCHO AMOR)

Antes de empezar, lo de siempre: esta historia está contada con permiso, ocurrió hace aproximadamente un año, y algunos detalles están cambiados para proteger la privacidad de quien la vivio.

Hoy te traigo a alguien que tardó mucho en pedir ayuda…
porque estaba demasiado acostumbrado a aguantar:

“Un Hombre Al Límite”

Entró en consulta con el cuerpo cansado…
pero no de sueño.

De sostener.

Se sentó despacio, como si le pesara todo, y dijo:

—“He dejado el trabajo.”

Pausa.

—“…no podía más.”

Asentí.

—“¿Qué pasaba?”

Soltó una pequeña risa, de esas que no tienen humor.

—“Todo.”
—“Demasiado.”
—“Siempre demasiado.”

Silencio.

—“¿Y cuándo empezaste a notar que ya no podías?”

Se quedó mirando al suelo.

—“Hace tiempo…”
—“…pero seguí.”

Claro.

Porque hay personas que no se paran cuando están mal…
se paran cuando ya no pueden más.

—“Es que yo aguantaba.”
—“Siempre he aguantado.”

Ahí estaba.

No lo decía con orgullo.
Lo decía como quien reconoce un patrón.

—“¿Y qué pasó al final?”

Respiró hondo.

—“Que un día… mi cuerpo dijo que no.”
—“Ansiedad.”
—“No dormía.”
—“No podía pensar.”
—“…y aún así me sentía culpable por irme.”

Silencio.

—“¿Culpable por qué?”

—“Por fallar.”

Esa palabra pesa.

Mucho.

—“He sido responsable toda mi vida.”
—“He cumplido.”
—“Y ahora siento que he tirado todo por la borda.”

Le miré con calma.

—“¿De verdad crees que cuidarte es fallar?”

Se quedó en silencio.

Pero no fue inmediato.

Porque cuando alguien lleva años funcionando desde la exigencia…
esa pregunta no entra fácil.

—“…no lo sé.”

Honesto.

—“¿Cómo son tus días ahora?”

Suspiró.

—“Raros.”
—“Tengo tiempo… pero no lo disfruto.”
—“Me siento perdido.”

Pausa.

—“Como si ya no supiera quién soy.”

Ahí estaba el núcleo.

No era solo el estrés.
No era solo el trabajo.

Era la identidad construida alrededor de aguantar.

—“Antes al menos sabía lo que tenía que hacer.”
—“Ahora…”

Silencio.

—“…no sé ni por dónde empezar.”

Le pregunté despacio:

—“¿Y si el problema no es que no sepas por dónde empezar…
sino que siempre empezabas desde lo que tocaba y no desde lo que necesitabas?”

Se quedó quieto.

Pensando.

—“…puede ser.”

Claro que puede ser.

Porque hay personas que viven muchos años en automático:
respondiendo, cumpliendo, sosteniendo…hasta que un día el cuerpo pasa factura.

—“Es que siento que he perdido el rumbo.”

Asentí.

—“O quizá… es la primera vez que no estás siguiendo uno impuesto.”

Silencio.

De los que abren.

—“Nunca me lo había planteado así…”

Porque aquí ocurre algo importante:

cuando dejas un entorno que te exigía constantemente,
no solo descansas…también te quedas sin la estructura que te decía quién eras.

Y eso, aunque necesario…
descoloca.

Antes de irse, dijo algo muy bajito:

—“Creo que he sido muy fuerte para todo…
menos para escucharme.”

Le sostuve la mirada.

—“Y ahora no necesitas ser más fuerte…
necesitas ser más honesto contigo.”

Se levantó distinto.

No recuperado.
No “bien”.

Pero un poco más conectado consigo mismo.

Y eso… ya es empezar.

Porque hay muchos hombres viviendo esto en silencio:

hombres que han aguantado más de lo que podían,
que han normalizado el estrés,
y que cuando paran… no saben quiénes son sin esa lucha constante.

Tranquilo, irte de un lugar que te rompe no es fracasar.
Parar cuando tu cuerpo no puede más no es debilidad.
Y perder el rumbo… a veces es la única forma de dejar de perderte a ti.

Porque no viniste solo a resistir.

También viniste a vivir sin tener que romperte para sostenerlo todo.

EL CUENTO DEL ELEFANTE ENCADENADO (JORGE BUCAY)Cuando yo era pequeño, me encantaban los circos. Lo que más me gustaba de...
26/03/2026

EL CUENTO DEL ELEFANTE ENCADENADO (JORGE BUCAY)

Cuando yo era pequeño, me encantaban los circos. Lo que más me gustaba de los circos eran los animales, y el animal que más me impresionaba era el elefante. Me fascinaban sus enormes dimensiones y su fuerza descomunal.

Sin embargo, después de la actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que le aprisionaba una de las patas. La cadena era gruesa, pero la estaca era un minúsculo trozo de madera clavado a pocos centímetros de profundidad. Me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, también podía tirar de aquel minúsculo tronco y liberarse. Aquel misterio sigue pareciéndome evidente.

—¿Qué lo sujeta?, ¿por qué no huye?

Tras preguntarle a mis profesores y parientes que consideraba sabios, la respuesta que me dieron algunos fue la siguiente: «El elefante no se escapaba porque estaba amaestrado». Hice entonces la pregunta obvia, «Si estaba amaestrado, ¿por qué lo encadenaban?». La verdad es que no recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente, hasta que alguien que resultó ser lo suficientemente sabio me dio una respuesta convincente:

«El elefante del circo no se escapaba porque estuvo atado a una estaca parecida desde que era muy pequeño».

Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Seguro que en aquel momento el animalito tiró y tiró tratando de liberarse. Debía terminar el día agotado porque aquella estaca era más fuerte que él. Día tras día debía volver a intentarlo con el mismo resultado. Y así́ hasta que un día terrible para el resto de su vida, el elefante aceptó su impotencia y se resignó a su destino.

Ese poderoso elefante no escapa porque cree que no puede, tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió de pequeño. Y lo peor es que jamás volvió a poner a prueba su fuerza.

A menudo a las personas nos pasa lo mismo que al elefante del circo, vivimos encadenados a cientos de estacas que nos quitan libertad. Pensamos que «no podemos» hacer una serie de cosas sencillamente porque un día, hace mucho tiempo, lo intentamos y no lo conseguimos y/o porque alguien nos dijo que no seríamos capaces de lograrlo. Entonces nos grabamos en la memoria este mensaje:

«no puedo y no podré nunca»

Hemos crecido llevando este mensaje autoimpuesto y por eso nunca volvimos a intentar liberarnos de la estaca. Cuando a veces sentimos los grilletes y hacemos sonar las cadenas, miramos de reojo la estaca y pensamos no puedo y nunca podré. Seguramente ahora somos más fuertes y estamos más preparados, pero aquel recuerdo nos frena a la hora de intentar liberarnos.

Dirección

Calle Mariana Pineda 34, Primera Planta, Despacho 15 (al Final Del Pasillo)
Andújar
23740

Horario de Apertura

Lunes 16:00 - 22:30
Martes 16:00 - 22:30
Miércoles 09:45 - 13:30
16:00 - 22:30
Jueves 09:45 - 13:30
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Viernes 16:00 - 21:30
Sábado 09:00 - 14:00

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