03/06/2026
HAY ALGO QUE SE ESTÁ HACIENDO MAL...
Es el tercer suicidio de un MIR este año.
Y más allá de la noticia, del impacto momentáneo o de los debates que duran unos días en redes sociales, hay una pregunta que no deja de rondarme la cabeza:
¿Qué está pasando para que personas que han demostrado una capacidad extraordinaria para superar obstáculos lleguen a sentirse tan desesperadas?
Porque no estamos hablando de personas que no hayan podido con la presión de la vida. Al contrario.
Hablamos de jóvenes que durante años han estudiado mientras otros descansaban. Que han renunciado a tiempo, ocio, relaciones y, muchas veces, a su propia salud para alcanzar una meta profesional. Personas brillantes, comprometidas y acostumbradas a exigirse mucho más de lo que les exige nadie.
Y, sin embargo, eso no las hace invulnerables.
Como psicóloga, llevo años escuchando historias de agotamiento, ansiedad, insomnio, culpa y una sensación constante de no llegar a todo. No solo en médicos. También en enfermeras, docentes, psicólogos, trabajadores sociales, policías, cuidadores y tantos otros profesionales que trabajan sosteniendo el bienestar, la seguridad o la salud de los demás.
Hay algo profundamente contradictorio en todo esto.
Pedimos a determinadas profesiones que cuiden, acompañen, protejan y respondan siempre. Pero pocas veces nos preguntamos quién cuida de ellas.
Hemos normalizado jornadas interminables, responsabilidades enormes, plantillas insuficientes y una presión constante por rendir más con menos recursos. Y cuando alguien se rompe, la conversación suele centrarse en su fortaleza psicológica, en su capacidad para gestionar el estrés o en si pidió ayuda a tiempo.
Pero quizá la pregunta debería ser otra.
Quizá deberíamos preguntarnos cuánto tiempo puede soportar una persona trabajando en determinadas condiciones antes de empezar a pagar un precio demasiado alto.
Porque la salud mental no depende únicamente de lo que ocurre dentro de nosotros. También depende de lo que ocurre alrededor.
Del descanso que tenemos.
Del apoyo que recibimos.
De la posibilidad real de desconectar.
De sentir que somos personas y no solo profesionales que tienen que seguir funcionando pase lo que pase.
Cada vez que ocurre una tragedia como esta, hablamos de salud mental durante unos días. Después llega otra noticia y seguimos adelante.
Pero las condiciones que generan ese sufrimiento permanecen.
Y mientras permanezcan, seguirán apareciendo historias que podrían haberse evitado.
No sé cuántos casos más harán falta para que entendamos que esto no va de fragilidad individual.
Va de límites humanos.
Y los límites humanos existen, incluso en las personas más preparadas, más responsables y más brillantes.