21/06/2026
Ahí tenéis a la psicóloga.
Anoche no bailé para que me vieran. Bailé para recordarme quién soy.
Cuanto más estudio el cerebro, más convencida estoy de algo: no estamos diseñados solo para trabajar, producir o resolver problemas. También necesitamos espacios donde sentirnos vivos.
El flamenco es uno de los míos.
Cuando bailo, desaparecen durante un rato las listas de tareas, los informes, las preocupaciones y el ruido mental. Mi atención se ancla en el cuerpo, en la música, en el compás, en la conexión con quienes comparten el escenario y con quienes escuchan. Y eso, desde la neurociencia, tiene mucho sentido.
La evidencia científica muestra que participar activamente en actividades artísticas y creativas favorece la regulación emocional, reduce el estrés y promueve estados fisiológicos asociados a bienestar y resiliencia. La música, la danza y otras formas de expresión artística parecen influir positivamente en el funcionamiento de nuestro sistema nervioso autónomo, ayudándonos a salir del modo supervivencia para volver a estados de mayor seguridad, conexión y presencia.
A veces pensamos que cuidar nuestra salud mental consiste únicamente en eliminar aquello que nos hace daño.
Pero también consiste en cultivar aquello que nos hace bien.
Aquello que nos conecta.
Aquello que nos emociona.
Aquello que nos hace perder la noción del tiempo.
Porque no siempre regulamos nuestro sistema nervioso sentándonos a meditar.
A veces lo regulamos bailando.
Anoche, mientras se marcaba el compás, no estaba desconectando de mi vida.
Estaba conectando profundamente con ella.
Y quizá esa sea una de las lecciones más importantes que intento transmitir cada día a mis pacientes:
No renuncies a aquello que te hace sentir vivo.
Tu sistema nervioso también se alimenta de significado. ❤️
Y por supuesto, quiero dar las gracias a mis compañeras, por estar acompañándome, y a mí gran maestra, Leli Dores, que hace que esto sea posible año tras año.
Os quiero mucho!