22/06/2026
La juventud es la etapa de la vida que se sitúa entre la infancia y la edad adulta.
La edad adulta se entiende de una especie que ha alcanzado su máximo desarrollo.
No hay un número fijo, pero hace unos años se decía que rondaba entre los 18 y 20 años, ahora puede llegar a los 30 e incluso a los 35.
Es normal que nos chirríe cuando vemos ayudas gubernamentales a la juventud hasta los 30-35 años.
O que organismos consideran personas jóvenes a las que se encuentran en esa horquilla de edad.
Puede ser una narrativa positiva, podemos percibir que no estamos tan mal si a los 32 aún no hemos conseguido cierta estabilidad.
Pero cambiar el nombre de la jaula no abre la puerta.
El problema que existe es sobre el desarrollo vital, a la biología le da un poco igual que nos consideremos jóvenes con 35 o 60 años, con 20 ya está casi todo el pescado vendido en cuanto a desarrollo como especie.
El desarrollo vital en cambio cada vez se alarga más.
Esta es una de las razones por las que cada vez alargamos más el concepto de juventud.
En términos psicoanalíticos podemos decir que existe el riesgo con esta fórmula de condensar las dificultades sociales de las personas +30, junto con aspectos positivos como la energía que aún se desprende en esta adultez temprana, desplazarlas hacia el concepto de juventud y hacer una equivalencia simbólica.
En esencia, el riesgo existe en pervertir la definición de un concepto (juventud), con el que podemos sentirnos gratamente identificados, para que haga sombra a otro concepto (precariedad) con el que nos cuesta identificarnos.
Identificar el origen de nuestro malestar, aunque duela, es importante para poder buscar una solución o respuesta efectiva.