10/05/2026
Hay un instante en que el cuerpo
se hace receptáculo del Silencio.
No es algo que se busca, ni que se logra, sucede.
Como el amanecer que no necesita ser forzado,
la Luz se posa, se infunde…
y algo en lo más hondo recuerda.
Allí, en lo profundo del cráneo,
más allá de los nombres y los mapas,
un espacio sagrado se enciende.
No como fuego que quema,
sino como chispa que ordena.
El tercer ventrículo —ese santuario oculto—
se vuelve cuna de presencia.
El fluido, antes solo fisiología,
deviene Consciencia encarnada,
inteligencia líquida que pulsa desde la Fuente.
No hay forma que no sea Espíritu
cuando el Aliento de Vida la habita.
No hay tejido que no escuche
cuando la mente se calla.
Ignición no es un acto, es un ofrecimiento.
La forma se deja tocar.
Y el Espíritu, siempre presente,
se deja sentir.
Entonces comprendemos, sin palabras,
que no hemos venido a sanar el cuerpo,
sino a recordar que el cuerpo,
cuando se rinde a la quietud,
ya está en Casa.
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