03/10/2025
Siempre pensé que mi cuerpo era débil. Que si me dolía era porque no hacía lo suficiente, que si me cansaba era porque me faltaba fuerza de voluntad, que si no dormía era porque no sabía relajarme.
Me obligaba a callar lo que sentía, a tapar con prisas o analgésicos lo que me gritaba el cuerpo.
Y al final, lo único que conseguía era convertirme en experta en disimular. Sonreía mientras por dentro me temblaban las piernas, contestaba “estoy bien” mientras mi estómago se cerraba, fingía calma mientras el corazón se me desbocaba sin motivo.
Durante años creí que ese era el precio de sostenerlo todo: familia, trabajo, apariencias.
Hasta que descubrí algo que me cambió por dentro.
El cuerpo nunca se equivoca. Cada síntoma era una verdad que yo no quería escuchar.
El dolor de espalda no era un castigo, era el peso de lo que cargaba sola. El insomnio no era un fallo, era el eco de todo lo que callaba en el día. El n**o en la garganta no era debilidad, era mi voz intentando salir.
Me di cuenta de que el cuerpo no es un enemigo. Es el mapa más honesto que tenemos. Y que si no lo escuchas, grita más fuerte. Me ha costado años entenderlo, pero hoy sé que mi cuerpo me protege incluso cuando me duele. Y que, en vez de tapar lo que me dice, puedo aprender a traducirlo.
✨ Hoy me repito: mi cuerpo no me castiga, me guía.
Su____.