13/10/2026
Este artículo de 1947 es un clásico del psicoanalisis kleiniano. Retoma la idea de regresión en su acepción freudiana, a partir de puntos de fijación libidinal, pero la extiende con dos agregados: antes que una frustración en la realidad, lo que empuja a la regresión es el odio y, a su vez, este proceso implica una desmezcla pulsional y un refuerzo del superyó sá**co.
La regresión, entonces, se vincula con la inhibición y lleva a un autocastigo. De esta idea se desprende una clínica precisa, la de que a alguien inhibido no se trata de empujarlo a actuar, ya que se va a arrepentir de todo lo que haga, o por cada cosa que logre va a ofrecer una compensación sacrificial —cuánta gente consigue algo que quería y al día siguiente pierde la billetera o se cae en la calle.
Lo interesante de este planteo de la regresión está en que la sitúa en relación a la capacidad para actuar y le otorga al acto un componente mortífero. A Lacan le gustaría eso —lo vamos a pensar en el grupo de lectura sobre el seminario de “El acto psicoanalítico” (tres sábados de noviembre).
Por otro lado, este artículo es un eslabón final para el kleinismo, pero el punto de partida para el texto de Winnicott “Aspectos metapsicológicos y clínicos de la regresión dentro del marco psicoanalítico”, de 1954.
A partir de este último, la regresión pierde su carácter libidinal y se plantea en relación a la dependencia y a la “reparación” de traumas debidos a fallas constitutivas.
Esta vía es la que vamos a tomar en el grupo de lectura sobre regresión (tres sábados de diciembre) cuando leamos “La falta básica” de Michael Balint.
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