18/06/2026
A menudo observo con disgusto cómo el ser humano parece estar emborrachándose de conocimiento y perdiendo su vieja capacidad de sorprenderse ante las maravillas de la existencia. Ahora sólo es cierto lo que podemos observar con los ojos, analizar en un laboratorio y encajar en el patrón de una fórmula matemática o una ley física. El ser humano ha conquistado los límites de ese mundo parametrizado en magnitudes y cifras, ya no reconoce en él nada extraordinario y lo mide todo en función de su valor utilitario y económico. Y como consecuencia de todo ello, el hombre ha dejado de celebrar. Los días, las estaciones, los años y los hitos de la vida y de su cultura heredada se suceden con intrascendencia sin que detengan un segundo nuestro errante deambular hacia, a falta de un objetivo mejor, la próxima cuenta de resultados, nuestro siguiente trienio, las anheladas vacaciones o ese nuevo instante de placer efímero con que reconfortarnos de nuestro, a pesar de todo lo que sabemos y tenemos, creciente vacío existencial.
Hubo un tiempo en el que las cosas no eran así, en que nos reconocíamos como parte de un todo más grande y en que reverenciábamos a la naturaleza y a la vida como manifestaciones sagradas, hierofanías de un misterio que nos sobrecogía y con el que tratábamos de armonizarnos, honrando sus ciclos y a su causa última como una entidad trascendente e incomprensible. Ahora, tras unos cuantos siglos de antropocentrismo, revolución industrial, ciencia, tecnología y sofisticada economía, los astros son sólidos rígidos con interactuaciones mecánicas, las estaciones son termodinámica, la energía es electromagnetismo y cuántica, la música y la poesía son matemáticas, el amor son neurotransmisores, la fe es alienación psicológica, el honor es bombardeo preventivo, la solidaridad desvío presupuestario y la vida misma una mera cuestión de estadística o, en otras palabras, caprichoso azar. (…)
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