30/08/2026
Mi primer viaje a la India — Parte I
En 2007 llegó, por fin, el momento de cumplir aquella promesa que me había hecho de niña.
Al principio iba a viajar sola. Mi idea era quedarme dos meses y recorrer algunos de los lugares que llevaba años soñando: Delhi, Agra, el Taj Mahal —que siempre me había provocado una fascinación enorme—, Jaipur, el Palacio de los Vientos y distintos rincones de Rajastán.
Pero, a última hora, mi amiga Wanda decidió acompañarme.
Y aquel viaje fue brutal.
Viajar entonces no era como hacerlo ahora. No existían Booking, Google Maps ni los teléfonos móviles con conexión permanente. No podías consultar en segundos dónde dormir, cómo llegar a un lugar o qué tren tenías que coger.
Llegábamos a una ciudad o a un pueblo y allí empezaba la aventura. Íbamos entrando en diferentes alojamientos, viendo las habitaciones y decidiendo sobre la marcha dónde nos sentíamos más seguras o cómodas.
Viajábamos en autobuses abarrotados, rodeadas de personas, equipajes y hasta cabras. Cuando se daban cuenta de que éramos extranjeras, se giraban y podían pasarse todo el trayecto observándonos sin apartar la mirada.
En algunos restaurantes pequeños comenzaban a salir los trabajadores de la cocina para mirarnos mientras comíamos. Se colocaban a nuestro alrededor, completamente fascinados, como si fuéramos dos seres llegados de otro planeta.
Pero en los pueblos más pequeños sucedía algo precioso.
Siempre éramos las raras, las diferentes, las que llamaban la atención nada más llegar. Los niños se acercaban a nosotras y acabábamos jugando juntos. Los mayores nos preguntaban cosas y trataban de conversar, aunque ellos no supieran inglés y nosotras no habláramos hindi.
Y, aun así, nos entendíamos.
Con gestos, miradas, risas y sonrisas. Sin compartir el idioma, pero compartiendo el momento.
Recuerdo jugar con los niños, su curiosidad, la alegría con la que se acercaban y aquellas sonrisas tan abiertas. Fue ahí, en esos encuentros sencillos, donde terminé de enamorarme por completo de la India.