01/06/2026
Anoche vi “Si fuera una película” y salí fascinada.
Sobre el escenario había agua, plantas, objetos cotidianos y un sinfín de elementos aparentemente inconexos. Con ellos, los intérpretes iban creando en directo todos los sonidos de una historia.
Sin palabras.
Solo sonidos.
Y, sin embargo, entendías perfectamente que alguien caminaba por un bosque, que algo ocurría, que entraba a una cueva, que cambiaba el ritmo de la historia o que llegaba un momento de calma.
Lo más sorprendente era que no había imágenes. La película sucedía únicamente en nuestra cabeza.
Cada sonido completaba una escena y cada espectador construía sus propias imágenes que poco a poco iban creando una película.
Mientras la veía, no podía dejar de pensar en los adolescentes.
En una época en la que casi todo llega ya procesado, editado y servido para consumir, experiencias como esta nos recuerdan que seguimos teniendo una herramienta extraordinaria: la imaginación.
Y pensé también en las familias. En lo valioso que es ofrecer espacios donde no todo está explicado, donde todavía queda lugar para interpretar, crear, imaginar y sorprenderse.
Porque la imaginación no es solo un juego de la infancia. Es una capacidad fundamental para aprender, crear, resolver problemas, empatizar y desarrollar pensamiento crítico.
Quizá una de las cosas más valiosas que podemos ofrecer a nuestros hijos no sea una respuesta más, sino una experiencia que despierte preguntas.
Una historia que no venga completamente hecha.
Un espacio para imaginar.
Anoche salí del teatro pensando precisamente en eso: que cuidar la imaginación también es una forma de cuidar el desarrollo.
Gracias a por seguir acercando propuestas que amplían la mirada y a por recordarnos que, incluso en un mundo lleno de pantallas, seguimos siendo capaces de crear mundos enteros dentro de nuestra cabeza.