11/07/2026
Hay lugares que nos recuerdan cómo de sencilla puede llegar a ser la infancia.
Cada vez que vuelvo a un camping entiendo por qué siempre han sido mis vacaciones favoritas con niños.
Aquí les veo correr entre los pinos, descalzos, sucios y felices. Se hacen amigos en cuestión de minutos, inventan juegos con una piña o un palo y pasan horas disfrutando sin que nadie tenga que decirles cómo jugar.
Y mientras ellos creen que simplemente están jugando, en realidad están aprendiendo muchísimo: a orientarse, a respetar la naturaleza, a convivir, a responsabilizarse de sus cosas, a ayudar, a organizarse y a descubrir que, para ser felices, hace falta mucho menos de lo que imaginamos.
También aprenden a vivir a un ritmo más parecido al de la infancia: con menos prisas, menos reloj y más tiempo para explorar, aburrirse, imaginar y decidir.
Y mientras tanto, los adultos también cambiamos. Confiamos más, levantamos menos la voz y, por un momento, dejamos de sentir que tenemos que dirigirlo todo.
Quizá esa sea la mayor enseñanza que esconden los campings: recordarnos que la mejor estimulación no siempre está en las actividades que organizamos para nuestros hijos, sino en las oportunidades que les damos para vivir la vida.