19/05/2021
Salud mental: persisten los muros
Aún hoy a estas alturas del pandémico siglo XXI, al oír hablar de salud mental se nos vienen a la mente los gruesos muros y los duros y oxidados barrotes de hierro de las ventanas de los manicomios de las películas de miedo que luego los propios psiquiatras achacan a la leyenda negra que arrastran. Decir que no se ha avanzado sería negar la realidad o distorsionarla tanto como un delirio o una alucinación.
Pero hay cosas que han cambiado poco y muchos de esos muros persisten, por mucho que nos empeñemos en no verlos o negarlos encarecidamente, de tanto repetir una mentira hasta que se convierta en verdad.
Llevo más de 30 años acudiendo a una unidad de psiquiatría (aún llamada de ‘agudos’ y a la que muchos preferimos llamar ‘hotel azul’ para maquillar la horrible realidad), como hijo, como hermano, como amigo y como yo mismo.
Puedo afirmar sin dudarlo que el ambiente es casi el mismo. No digo que los tratamientos no hayan mejorado, que el personal esté más preparado y, sobre todo, sensibilizado (aunque sigue habiendo auténticos carceleros), o que las terapias sean más adecuadas. Lo que no quita que persistan técnicas que son exactamente las mismas que a principios del siglo pasado, como atarte a la cama con correas de cuero, aunque ahora se le ha cambiado el nombre para que parezca otra cosa, un eufemismo, algo más suave: contenciones mecánicas.
Otros diez años llevo en el mundo asociativo y en la edición de una revista especializada. Y lo que me he encontrado es más de lo mismo: inmovilismo y muros imposibles de derribar. Entidades que se dicen reivindicativas, de la lucha por los derechos y un montón de pamplinas políticamente correctas con las que llenarse la boca (y no exagero si digo también los bolsillos en más de un caso; o no llenárselos, pero al menos rapiñear las migajas, robándole la expresión a una compañera que se atrevió a hacer autocrítica y lo único que consiguió fueron ataques internos y ostracismo).
Esas reividincaciones se quedan en meras demandas abstractas de mejora, aumento e implantación de los recursos. Pero cuando alguien se atreve a demandar algo concreto, esos mismos muros tiemblan por dentro, al mismo tiempo que se apuntalan para segur resistiendo. Hablo abiertamente de censura, volviendo a los tiempos más dictatoriales. Que no es más que la respuesta del miedo ante una amenaza. La del cuestionamiento de su poder.
Es ahí cuando me doy cuenta de que lo fundamental, los cimientos de esos muros, persisten: la función de control social que ejercició la psiquiatría en sus inicios. Me puedo imaginar la sensación de poder de un@ psiquiatra cuando siente que puede dominar la voluntad de otra persona, o lo que es peor, anularla.