03/05/2026
Hoy es el Día de la Madre.
Y hasta hoy, solo hemos encontrado dos certezas en la maternidad:
– nuestras criaturas van a sufrir
– vamos a dañar a nuestras criaturas
Porque ser madre no empieza de cero.
No llegamos limpias.
Llegamos con lo aprendido.
Con lo vivido.
Con lo que nos hicieron y con lo que faltó.
El problema no es esto.
Es no poder sostenerlo. Es dedicarnos a luchar contra esas certezas en lugar de enfrentar esta realidad y acompañar a nuestras criaturas en su dolor.
Porque cuando no se sostiene, se activa lo que traemos.
Y empezamos a cuidar desde ahí.
Para que no duela, para que no falte, para que no haya huecos.
Y en ese movimiento dejamos de poder diferenciar.
Dejamos de ver a la criatura que tenemos delante.
De responder a lo que necesita y no a lo que nos pasa.
A veces, ese abrazo que damos con todas nuestras fuerzas no es para sostenerles a ellos. Es para que no se nos caiga a nosotras nuestro propio mundo.
Y en esa desesperación por estar presentes, por no ser la madre ausente de nuestra propia historia, nos convertimos en el muro que les asfixia.
Aunque estemos muy presentes, ahí hay una forma de dejarles solos.
Huimos de un fantasma y, sin darnos cuenta, nos volvemos el peso que les roba el aire.
A veces reaccionamos más fuerte de lo que nos gustaría.
O nos cuesta sostener cosas que, en teoría, sabemos.
O repetimos justo eso que juramos no repetir.
Y no siempre es falta de ganas.
Tiene que ver con lo que una trae detrás.
Con historias que no empezaron con nosotras,
pero que pasan por nosotras.
Ser madre también confronta eso.
Lo pone delante, sin avisar.
Y ahí ya no va de hacerlo perfecto.
Recuperar la posición adulta no va de compensar.
Va de poder decir: esto me dolió y es mío.
Y sostenerlo lo suficiente como para no colocarlo en medio todo el rato.
Desde ahí el cuidado cambia.
Puedes acompañar sin invadir.
Sostener sin tapar.
Y retirarte a veces sin sentir que estás fallando.
Ahí hay alguien al cargo.
—
Feliz día a las madres que están en eso.