04/08/2026
La industria farmacéutica no te cura
El psiquiatra José Luis Marín lo dice sin rodeos y con décadas de consultorio a cuestas: la industria farmacéutica no busca sanar, busca mercados. Y en salud mental encontró una fuente abundante de ganancias.
Cuando se agotan los “deprimidos clásicos”, se amplía el diagnóstico. Timidez se transforma en fobia social. Tristeza normal en trastorno depresivo. Miedo cotidiano en ansiedad generalizada. Rabietas infantiles en TDAH. El resultado es previsible, más pastillas, más pacientes crónicos y un negocio que no necesita que nadie se cure del todo.
Marín sostiene que la mayoría de los psicofármacos no curan. Contienen síntomas. Generan estados mentales alterados que resultan preferibles al sufrimiento intenso, pero no tocan la raíz. No preguntan qué te ha pasado. No cambian las condiciones de vida, los vínculos rotos ni el sentido perdido. Solo estabilizan químicamente para que la persona vuelva a producir cuanto antes.
El sistema te enferma y después te vende la pastilla para que sigas funcionando.
En su libro La salud mental no existe, la salud sí, Marín desarma de raíz esta lógica. Plantea que la separación entre salud mental y salud corporal es un invento administrativo que fragmenta al ser humano y FACILITA LA MEDICALIZACIÓN MASIVA.
Según él, no estamos ante una epidemia de trastornos, sino ante una epidemia de diagnósticos. El sufrimiento es real, pero convertirlo en etiqueta y receta perpetua solo beneficia a quien vende el remedio.
En España, donde el consumo de benzodiacepinas y antidepresivos está entre los más altos del mundo, las cifras que maneja el propio Marín y otros críticos como Joan Ramón Laporte son demoledoras: alrededor del 90 % de los psicofármacos que se recetan serían innecesarios. Personas mayores de 60 años toman en promedio cinco medicamentos diarios. Millones llevan años o décadas con el mismo antidepresivo y siguen exactamente igual. Eso no es tratamiento, es cronificación.
La lógica es simple y brutal. Si todos estuviéramos sanos, el negocio se derrumbaría. Por eso se medicaliza lo humano. Emociones que siempre formaron parte de la vida, duelo, frustración, miedo, tristeza, se convierten en etiquetas del DSM y, casi automáticamente, en recetas. Algunos diagnósticos aparecieron sospechosamente cerca de los fármacos diseñados para “tratarlos”. El mito de la serotonina y el desequilibrio químico funcionó durante años como cortina de humo. Hoy se sabe que es más marketing que ciencia sólida.
Marín no demoniza el fármaco en sí. Reconoce que en crisis agudas puede dar un respiro imprescindible.
El problema es el uso indefinido, la ausencia de otras herramientas y la complicidad de un sistema médico que, por falta de tiempo y de formación, termina convirtiendo al médico en el mejor comercial de la industria.
Diecinueve segundos tarda, en promedio, un médico en interrumpir al paciente. No hay espacio para la historia de vida. Solo para el síntoma y la pastilla.
La alternativa que propone no es mágica ni ingenua, es devolverle al sufrimiento su dimensión humana y social. Preguntar “qué te ha pasado” en lugar de “qué te pasa”. Mirar determinantes sociales, traumas tempranos, hábitos, vínculos y contexto.
Recuperar la psicoterapia breve y focalizada. Priorizar sueño, movimiento, relaciones y sentido. Entender que a veces lo que se etiqueta como trastorno es una protesta legítima frente a una vida insoportable.
La industria farmacéutica hace lo que tiene que hacer, ganar dinero. El problema empieza cuando los médicos, las instituciones y la sociedad se convierten en cómplices silenciosos de un modelo que prefiere clientes dependientes a personas sanas. Mientras el malestar se siga resolviendo con neurotransmisores en lugar de cambios reales, el negocio seguirá creciendo.
La salud no es un producto. Y el sufrimiento no debería ser un mercado cautivo.