03/08/2026
Hoy hemos dejado en la tierra una parte de nuestra historia. Se ha ido una amiga de mi madre, de las de siempre, de las de verdad. Más de sesenta años compartiendo el camino, borrados de golpe por una enfermedad innombrable que en menos de doce meses se lo llevó todo, sin pedir permiso y sin dar tiempo a asumir la ausencia.
Cuando la muerte roza tan cerca a quienes han estado desde el principio, el suelo tiembla. Te obliga a frenar el ruido de fuera, a mirar las manos vacías y a reordenar lo cotidiano. Te hace preguntarte qué batallas merecen la pena y a quiénes le estamos regalando el bien más valioso que tenemos: nuestro tiempo.
Al final, la vida se reduce a algo muy sencillo y a la vez sagrado.
Donde alguien te ve y sonríe primero con los ojos. Ahí es.
Donde pronuncian tu nombre con tanto cariño frente a su propia familia, que ya te conocen y te guardan un sitio en la mesa antes de haberte estrechado la mano. Ahí es.
En los lugares donde el afecto no pesa, donde el tiempo no apaga la complicidad y donde quedarse se siente, sencillamente, como llegar a casa. Ahí es.