06/10/2026
Seguimos con el viaje por los aromas sagrados de Egipto. Y hoy quiero ir un poco más adentro, hacia algo que me fascina de verdad.
¿Os habéis preguntado alguna vez por qué tantos de los aromas que la humanidad ha considerado sagrados son resinas y maderas profundas? El incienso, la mirra, el sándalo, el palo santo. Aromas de templo, de meditación, de ritual, en culturas que ni siquiera se conocían entre sí. No parece casualidad.
Salvatore Battaglia, uno de los grandes de la aromaterapia, dedica su tercer volumen, Psyche & Subtle, justo a esta pregunta. Y observa algo revelador: todos esos aceites que se han usado en prácticas espirituales por todo el mundo comparten un mismo tipo de molécula, los sesquiterpenos. Como si en esa molécula concreta viviera algo que el ser humano, en todas partes, reconoció como puente hacia lo divino.
Yo lo vivo así, y os lo comparto como lo que es, mi experiencia: estas resinas ricas en sesquiterpenos me invitan a bajar el ritmo, a respirar más hondo, a plegarme hacia dentro. Porque acompañan ese gesto de recogerse, y crean esa presencia, esa conexión con el momento presente. Por eso creo que la humanidad las eligió para sus templos.
Y en Egipto, las dos grandes eran el incienso y la mirra. El incienso, luminoso y ascendente, la resina del alba, la que sube buscando el cielo. La mirra, densa, terrosa, profunda, la que baja y enraíza. Dos opuestos que se completan, el eje entero de la tierra al cielo. Las dos, ricas en esa molécula que la humanidad reconoció como sagrada.
Eso es lo que me fascina de estos aromas: que son ancestrales y a la vez siguen igual de vivos. Atemporales. Y que lo que en una civilización como Egipto estaba reservado a las clases más altas, a faraones y sacerdotes, hoy está al alcance de cualquiera de nosotras. Para poder dejarnos acompañar por estos impresionantes aliados, que navegan con nosotras desde el amor más puro.
aromasagrado