29/06/2026
Si alguien te pisara un pie en el metro por ir mirando el móvil, no te disculparías por estar ahí. Le dirías que tenga cuidado, o al menos se te escaparía un "¡ay!".
No te quedarías en silencio fingiendo que tus huesos son de goma.
Sin embargo, en el terreno emocional nos hemos vuelto especialistas del disimulo. Nos tragamos el malestar en dosis sutiles para no parecer personas "intensas".
Te hace ghosting después de semanas hablándote a diario, pero te muerdes la lengua para que no piense que te has implicado en esto. Te dice que "no busca nada serio" justo después de haberte vendido un futuro juntos, y tú respondes con un frío "no pasa nada, tranqui", mientras por dentro te estás rompiendo.
Nos han vendido la idea de que madurar es aceptar la falta de responsabilidad afectiva de los demás con una sonrisa imperturbable. Que si protestas, estás loc@. Si pides explicaciones, muestras desesperación. Y si bloqueas para proteger tu paz, demuestras inmadurez.
Menuda trampa. Confundimos el estoicismo con la sumisión emocional.
Como profesional de la psicología, te digo que el silencio no siempre es dignidad; a veces es solo miedo a no recibir validación externa. Tienes todo el derecho del mundo a enfadarte cuando te tratan como un plan de usar y tirar. Tu incomodidad es una brújula, no un defecto de fábrica. Te está avisando de que alguien ha cruzado un límite.
Expresarte, borrar un número o cerrar una puerta no es una rabieta. Es un acto de justicia hacia ti. A veces, la mayor muestra de amor propio no es retirarse en silencio para no molestar, sino hacer el ruido necesario para recordarte que tú estás de tu lado.
Si para sanar necesitas hablar, habla. Si necesitas bloquear, bloquea. Tu salud mental no se negocia por salvar el ego de quien no supo cuidarte.
En primer lugar vas tú, siempre.
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