07/08/2026
A veces escucho: «Vera, pero masticar, mastica. Las galletas se las come perfectamente».
Y precisamente ahí está una de las cosas que más me interesa de la alimentación infantil.
Que un niño pueda masticar un alimento no significa que pueda manejar con eficacia cualquier alimento.
Una galleta que se fractura y se deshace con facilidad no plantea las mismas demandas que una carne fibrosa y resistente.
Por eso, cuando aparece un rechazo, intento no quedarme solo en el «no le gusta», «es selectivo» o «es por la textura».
Me interesa mucho más observar qué pasa cuando intenta comerlo.
¿Cómo lo desplaza dentro de la boca?
¿Consigue mantenerlo sobre la superficie masticatoria?
¿Cómo son sus ciclos masticatorios?
¿Reorganiza el bolo?
¿Se fatiga?
¿Lo acumula?
¿Termina escupiéndolo?
¿Necesita líquido para poder tragarlo?
Porque a veces estamos intentando conseguir que un niño acepte un alimento que todavía le resulta difícil manejar.
Y eso cambia bastante nuestra forma de intervenir.
La próxima vez que veas un rechazo alimentario, prueba a cambiar la pregunta:
¿No quiere… o hay algo de este alimento que todavía le cuesta resolver?