08/07/2026
Un vistazo a la prensa internacional lo deja claro. Desde 2021, los reportajes sobre la desaparición de bares lésbicos se multiplica. Según datos del Le***an Bar Project, en Estados Unidos existían unos 200 bares de este tipo a finales de los años ochenta; en 2019 quedaban apenas quince, un descenso de casi el 93%. La escritora Joan Nestle recordaba en Smithsonian Magazine que fue en esos locales donde nacieron los gestos, los códigos y los rituales de una comunidad despreciada que consiguió allí construir su propio mundo.
Partían, además, con una desventaja. Las mujeres han tenido históricamente menor renta disponible y han consumido menos alcohol que los hombres, por lo que muchos bares lésbicos funcionaban con márgenes más estrechos. Tras dieciocho años de actividad, el Lexington Club de San Francisco cerró en 2015. Su propietaria, Lila Thirkield, explicó en varias entrevistas que no cobraban entrada y que las consumiciones eran más baratas, aunque el alquiler fuera el mismo que el de cualquier otro negocio. “Cuando tu público es el 5% de la población, sabes que es un negocio difícil, si no imposible”, afirmaba en un documental de Vice.
Para Ana Murillo, cofundadora de la librería LGTBQ+ y transfeminista Mary Read, la cuestión no es solo económica. Históricamente, los bares lésbicos han funcionado como espacios de reconocimiento y pertenencia más que como lugares de consumo: “Porque las lesbianas hemos tenido muchísimos menos lugares donde encontrarnos, el bar funcionaba como un lugar al que ibas a ver y a dejarte ver, a confirmar que existían otras como tú, y eso no implicaba necesariamente beber mucho ni gastar mucho, sino estar y reconocerte en las demás, de manera que la función que de verdad cumplían los bares no siempre significaba que pudiese sostenerse”. En algunos casos, cuando los bares dejaron de ser rentables y se reconvirtieron en espacios LGTBIQ+ más generalistas, también perdieron parte de la clientela lesbiana, que dejó de percibirlos como lugares propios. A lo que se suma la gentrificación. No solo por el aumento de los alquileres, sino porque las comunidades que sostenían estos espacios han sido desplazadas a otros barrios.
Las aplicaciones de citas parecieron llenar durante un tiempo ese vacío. Según datos del Pew Research Center, hace 30 años, el 24% de la comunidad LGTBIQ+ conoció a su pareja online. Pero según el Huffinton Post UK, la gente se ha cansado de hacer swipe, de dar like y de los perfiles falsos. “Creo que las apps están de capa caída, aunque en su momento fueron fundamentales. En lo digital, hoy nos conocemos más en las redes sociales”, opina Murillo. En España, donde cuatro décadas de dictadura retrasaron la visibilidad pública de las lesbianas, los bares específicos han sido escasos desde el principio. “En Madrid, la escena exclusivamente lé***ca, o como ahora denominaríamos bibollo, ha sido realmente escasa”, opina Sandra Cendal, cofundadora de la editorial Continta me tienes. “Más allá de El Escape, El Fulanita y algunos bares en Lavapiés, las lesbianas nos hemos movido por espacios compartidos con maricas, personas trans y otros perfiles LGTBIQ+, sin que nuestra sigla fuese necesariamente la predominante”, añade.
Aun así, la escena madrileña llegó a adquirir fama internacional y, a mediados de la década pasada, plataformas como EveryQueer señalaban la capital como el principal destino para el turismo lésbico. “Pero poco a poco desaparecen los bares y cambian las formas de encontrarse”, resume Ana Murillo, cofundadora de la librería transfeminista y LGTBIQ+ Mary Read. Si antes el encuentro giraba en torno a un local, ahora lo hace en clubes de lectura, presentaciones de libros, equipos de fútbol, fiestas itinerantes o en redes sociales.
La transformación no es exclusiva de España. En Reino Unido, el festival Out & Wild nació precisamente a partir de una constatación: muchas mujeres q***r ya no buscaban conocerse en bares, sino a través de experiencias compartidas. “Nos dimos cuenta de que las mujeres q***r estaban mucho más interesadas en conectar con posibles parejas mediante intereses comunes y actividades compartidas que simplemente quedando en un bar”, explica su cofundadora, Polly Shute.
Out & Wild, que se presenta como el mayor festival británico para mujeres lesbianas, bisexuales, q***r y no binarias, organiza actividades de senderismo, natación en aguas abiertas, recitales de poesía, talleres… Nada de speed dating. “Creamos experiencias donde se conversa y se comparte, y lo demás surge de forma natural”. Después del confinamiento por la pandemia, muchas personas han querido apostado por encontrarse en espacios físicos. Basta con echar un vistazo a plataformas como Meetup para darse cuenta. En Madrid, los encuentros cambian de ubicación constantemente. “Estamos viviendo una época terrible para los espacios comunitarios. La gentrificación y la turistificación nos expulsan de nuestros barrios, pero también a las librerías, los bares o los centros sociales. Por eso proliferan las fiestas puntuales y los eventos que no requieren mantener un local abierto durante todo el año”, afirma Murillo.
“Cada vez hay más eventos, tardeos, torneos deportivos o viajes pensados exclusivamente para nosotras”, explica María Jesús Méndez Muñoz, directora de MíraLES, una plataforma de medios, ocio y viajes para mujeres lesbianas. “Los tardeos se han convertido en la opción preferida. Muchas mujeres vuelven a casa antes de medianoche y buscan otras formas de socializar”, añade. Las convocatorias de MíraLES reúnen entre 500 y 900 asistentes. “Vienen atraídas por las fotos y vídeos que publicamos en redes, por la sensación de libertad y por la posibilidad de encontrar amigas o pareja”, cuenta Méndez Muñoz. “Me emociona recibir a mujeres que llegan desde Latinoamérica, Europa, Emiratos Árabes o incluso Kazajistán. Madrid se ha convertido en uno de los grandes referentes internacionales del ocio lésbico”.
Los hábitos de consumo también cambian. “Siempre se ha dicho que los hombres g**s gastan más en ocio y consumen más alcohol”, señala. “Pero nuestra experiencia es que cada vez hay más mujeres lesbianas dispuestas a invertir en espacios y actividades que les permitan conocer a otras mujeres”. Para Méndez Muñoz, esa transformación tiene que ver con una mayor aceptación de la propia identidad. “Cuando vives tu lesbianismo con libertad y alegría, eso también se refleja en los lugares que frecuentas y en cómo eliges relacionarte”.
La comunidad también se organiza cada vez más alrededor de intereses compartidos. “Desde hace más de una década vemos crecer espacios de encuentro vinculados al deporte, los libros o las aficiones”, explica Marina Beloki, cofundadora de Continta me tienes. “Ligas de fútbol donde la inmensa mayoría de las participantes son bibo***ras, torneos como Le***an Garros o iniciativas recientes como Chessbian. Igual que ocurre con los clubes de lectura, la gente se reúne para hacer algo que le apasiona y a partir de ahí construye vínculos”.
No todas las formas de comunidad atraviesan, sin embargo, un momento de expansión. “Lo que sí creo que está mu**to son los espacios activistas”, lamenta Murillo. “Hay una desmovilización bastante importante y grave”.
La discusión actual ya no gira únicamente en torno a dónde encontrarse, sino también a cómo nombrarse. Mientras algunas personas celebran la amplitud de los espacios q***r, otras lamentan la desaparición de los pocos lugares específicamente lésbicos. Murillo se muestra crítica con el éxito reciente del término “sáfico”. “Me parece una palabra demasiado cómoda”, afirma. “Suaviza la incomodidad que todavía provocan palabras como lesbiana o bo***ra y nos resta parte de nuestra carga política y transgresora”.
La cuestión no es solo terminológica. También afecta a la transmisión de la memoria. “Siempre se ha transmitido en persona, mirando a otras bo***ras que ya habían vivido lo que tú estabas empezando a vivir. El peligro es que cada generación crea que inventa el lesbianismo desde cero y vuelva a discutir cuestiones que ya estaban resueltas”, reflexiona Murillo. Méndez Muñoz coincide: “Las generaciones más jóvenes muchas veces desconocen todo lo que se ha luchado para llegar hasta aquí”, señala. “La memoria lé***ca no son solo películas, series o libros. También es conocer la historia de las mujeres que sufrieron violencia y exclusión para conquistar los derechos que hoy damos por sentados”. Por eso rechaza los discursos que defienden abandonar las etiquetas. “Lo que no se nombra no existe. Mientras haya mujeres que sufran por ser lesbianas, seguiré utilizando esa palabra”.
La tensión entre espacios lésbicos y espacios q***r atraviesa buena parte de estos debates. Para Murillo, el problema no es la existencia de espacios amplios e inclusivos. “Las alianzas han sido fundamentales para nuestros avances en derechos”, reconoce. “Lo que me preocupa es que desaparezcan los espacios que se atrevan a llamarse lésbicos”.
Porque, al final, la pregunta que plantea Jeremy Atherton Lin sobre los bares g**s también sirve para pensar la experiencia lé***ca. ¿Qué pierde una comunidad cuando deja de tener lugares propios? “Pierde lo imprevisto, el cuerpo, la memoria y lo intergeneracional”, responde Murillo. “Pierde el sitio al que volver”. Sin esos espacios, concluye, una comunidad puede seguir reuniéndose, pero corre el riesgo de convertirse en una suma de individualidades incapaces de construir una memoria compartida o de dotar de sentido político a la experiencia de ser lesbiana.
En el mes del Orgullo LGTBIQ+ de Madrid, Capitán Swing publica ‘Bar Gay. Fragmentos de aquellas fiestas’, un ensayo-memoria que se pregunta qué ocurre cuando desaparecen los espacios que funcionan como archivos de la memoria ‘q***r’. En SModa hemos querido trasladar esa pregunta a otro ter...