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Tabula Rasa Bienvenidos a Tabula Rasa, un espacio para hablar de psicología, educación, relaciones sociales y en general, sobre la fascinante conducta humana.

He vuelto a ver La gran belleza. Una vez más. Tal vez vuelvo a algunas películas porque siguen ahí, aunque yo ya no sea ...
05/10/2026

He vuelto a ver La gran belleza. Una vez más. Tal vez vuelvo a algunas películas porque siguen ahí, aunque yo ya no sea la misma que las vio la última vez. La película continúa con sus noches, sus terrazas, la belleza un poco cansada de Roma. Pero entre una vez y otra ha ocurrido la vida. ✨
Esta vez pensé en esas cosas que nos hacen felices y que, mientras suceden, parecen poca cosa. Una tarde sin planes. Una conversación que se alarga. La luz entrando en casa. Una canción en el coche. Alguien sentado al otro lado de la mesa, como si fuera a estar siempre ahí.👉
No hay una señal que nos avise: mira bien, esto será importante. Muchas veces no sabemos que vivimos algo que un día vamos a echar de menos.
Por eso me gusta tanto La canzone dell’amore perduto. Tiene una melancolía preciosa. Me recuerda que algo puede terminar y no volverse por eso menos verdadero. Que la belleza no necesita quedarse para haber existido. ❤️‍🩹
¿De qué material están hechos los recuerdos? No hay un cajón dentro de la mente donde esperan los momentos importantes. Hay conexiones, caminos que se encienden. Una travesía que comienza cada vez que recordamos.
Y el recuerdo nunca vuelve igual. Regresa desde quienes somos ahora, mezclado con lo que hemos aprendido, con lo que ya no está, con aquello que aún nos acompaña. No abrimos una puerta al pasado para encontrarlo intacto. Lo reconstruimos. Un poco distinto. Un poco nuestro.🙏🏻
Quizá atesorar consista en eso. No en sujetar lo que amamos ni pedirle que dure más de lo que puede durar. Tal vez sea estar allí mientras sucede. Mirar de verdad. Escuchar. No pasar tan deprisa por encima de nuestra propia vida.
Porque mientras tanto, casi sin darnos cuenta, está ocurriendo.
Y luego, una película, una canción o una tarde cualquiera nos la devuelve de otra manera. No entera. No exactamente como fue. Pero lo bastante viva para que algo vuelva a moverse dentro de nosotros.
Hay momentos que duran un instante. La memoria los recorre durante años, aunque cada vez los encuentre un poco distintos. Tal vez su eternidad sea esa, no quedarse quietos para siempre, sino seguir haciéndose de nuevo en nosotros.✨. ❤️

Hay libros que llegan cuando una ya estaba pensando en ellos sin saberlo.Byung-Chul Han publica esta semana Sin respeto....
21/09/2026

Hay libros que llegan cuando una ya estaba pensando en ellos sin saberlo.

Byung-Chul Han publica esta semana Sin respeto. Una crisis social. Y una frase de su adelanto se me ha quedado dentro:

«No tenemos tiempo para el respeto».

Quizá porque respetar exige detenerse. Mirar al otro sin preguntarnos inmediatamente qué puede darnos, qué nos está quitando o en qué medida amenaza nuestra tranquilidad.

Vivimos en la época del autocuidado, los límites y la protección de la propia paz. Y todo eso ha sido necesario. Pero me pregunto si, a veces, no estaremos utilizando ese lenguaje para justificar nuestra retirada. Llamamos «poner límites» a no responder. «Elegirnos» a no responsabilizarnos. «Cuidarnos» a desaparecer cuando el vínculo empieza a incomodarnos.

No todo lo que incomoda hace daño.
No todo lo que exige invade.
No toda relación difícil debe ser abandonada.

A veces cuidar al otro significa quedarse un poco más. Sostener una conversación que preferiríamos evitar. Dar un paso atrás para que alguien distinto a nosotros pueda existir sin tener que justificarse.

Nos cruzamos, pero no nos encontramos.
Nos escribimos, pero no siempre nos hablamos.
Nos mostramos constantemente y, sin embargo, cada vez nos vemos menos.

Quizá el respeto sea eso: hacerle sitio al otro dentro de un mundo demasiado lleno de nosotros mismos.

Pero para hacer sitio hay que detenerse.

Y puede que nuestra verdadera pobreza sea esta: tenemos tiempo para producir, reaccionar, exhibirnos y juzgar, pero cada vez menos tiempo para los demás.

EL SILENCIO.Ponemos música mientras cocinamos, un pódcast mientras caminamos y una serie mientras cenamos. Sacamos el mó...
22/08/2026

EL SILENCIO.

Ponemos música mientras cocinamos, un pódcast mientras caminamos y una serie mientras cenamos. Sacamos el móvil en cuanto aparece un instante vacío.

Ya casi no esperamos: nos entretenemos.

Quizá porque el ruido no solo nos acompaña. También nos protege de nuestra propia intensidad. Cuando las voces de fuera se apagan, comienzan a oírse las de dentro: el cansancio, la tristeza, el miedo, el deseo, esa pregunta que llevamos demasiado tiempo aplazando.

Lo veo también en psicoterapia. Hay silencios en los que parece que no ocurre nada, pero una palabra necesita tiempo para bajar desde la cabeza hasta el cuerpo. Una emoción necesita espacio para adquirir forma.

A veces hablar es también una manera de no sentir.

Necesitamos el silencio para ser humanos. El animal obedece al impulso; el dios no duda porque ya lo sabe todo. Nosotros vivimos entre ambos: conscientes, pero no omniscientes; libres, aunque condicionados; capaces de amar y, por ello, expuestos a la pérdida.

El silencio abre un pequeño espacio entre lo que sentimos y lo que hacemos. Nos permite escuchar el miedo antes de obedecerlo y la rabia antes de convertirla en daño. Pero también nos recuerda que no tenemos respuesta para todo.

El silencio nos devuelve a nuestra medida.

No somos animales condenados al impulso ni dioses a salvo de la incertidumbre.

Somos humanos.

Y esa es nuestra frágil tarea.

CONSTELACIONES DEL CAOS.La vida ocurre primero como caos.Después inventamos constelaciones.Vivimos algo y, durante un ti...
18/08/2026

CONSTELACIONES DEL CAOS.

La vida ocurre primero como caos.

Después inventamos constelaciones.

Vivimos algo y, durante un tiempo, no sabemos qué hacer con ello. Quedan escenas sueltas. Un olor. Una puerta que se cerró demasiado fuerte. Una frase que vuelve años después. El cuerpo recuerda, aunque la memoria todavía no sepa contar.

Quizá por eso necesitamos narrarnos.

No para poner orden donde nunca lo hubo. Tampoco para fabricar una moraleja y llamar aprendizaje a todo lo que nos dolió. Hay pérdidas que no vienen a enseñarnos nada. Heridas que no nos hicieron más fuertes. Solo dejaron oscuridad durante un tiempo.

Narrar es otra cosa.

Es mirar los fragmentos sin apartar la vista. Acercar unos a otros. Preguntarnos qué dibujo forman ahora, desde este lugar de la vida.

Como hacemos con las constelaciones.

Las estrellas están ahí, separadas por distancias que apenas podemos imaginar. El perro, la mujer, el héroe, los ponemos nosotros. Unimos algunos puntos y dejamos otros fuera. Necesitamos una forma para orientarnos en mitad de la noche, aun sabiendo que esa forma no es la verdad completa.

También la memoria hace eso. Conserva el dibujo de unas baldosas y pierde la conversación que ocurrió encima. Borra una fecha, pero guarda intacto el miedo. Cada vez que recordamos, algo se mueve.

En terapia lo veo a menudo. Una historia puede sostenernos, pero también puede convertir la herida en identidad. No es lo mismo decir «me hicieron daño» que decir «estoy dañada». Entre esas dos frases existe una distancia pequeña.

Y, a veces, una vida entera.

Volver a narrarnos no cambia lo sucedido. Cambia el lugar desde el que lo miramos. Permite que aquello que ocurrió deje de ocurrir siempre.

Tal vez ser humanos consista en saber que todo se pierde y cuidar a pesar de ello. Recordar sabiendo que la memoria inventa un poco cada vez. Herir, ser heridos, intentar reparar. Dejarnos una frase encendida para quien venga detrás. Una silla en la página. Una pequeña constelación.

No la verdad entera.

Solo una forma posible de volver a casa.

Hace unas semanas fui a ver La Odisea de Nolan y salí con varias ideas dando vueltas. Quizá porque La Odisea nunca ha si...
09/08/2026

Hace unas semanas fui a ver La Odisea de Nolan y salí con varias ideas dando vueltas. Quizá porque La Odisea nunca ha sido solamente una historia sobre volver a casa.

Odiseo quiere regresar. Ítaca es Penélope, Telémaco, su reino, su identidad. Es el lugar al que pertenece y la promesa que le permite seguir avanzando cuando el mar se vuelve imposible.

Pero entre Troya e Ítaca están los cíclopes, Circe, Calipso, los lotófagos, las sirenas, el descenso al Hades. Está el deseo y la pérdida. La tentación de quedarse. El miedo. La arrogancia. Los compañeros que desaparecen por el camino. Y está, sobre todo, el tiempo. ⏱️

Por eso me gusta leer La Odisea junto a la Ítaca de Kavafis.

Kavafis entendió algo precioso: necesitamos una Ítaca. Un proyecto, una vocación, un amor, una casa, una versión de nosotros mismos que todavía no existe.

Necesitamos destinos porque nos ponen en movimiento. Pero quizá Ítaca sea también la excusa que inventa la vida para hacernos atravesar el mar.

Entonces los monstruos dejan de ser solamente monstruos. Las sirenas son aquello que deseamos aun sabiendo que puede destruirnos. Los lotófagos, aquello que nos invita a olvidar quiénes somos. El Hades, esos lugares interiores a los que alguna vez tenemos que descender para poder continuar.

Y el mar… el mar es la vida haciendo lo que suele hacer: no obedecer nuestros mapas.

Pasamos buena parte de nuestra existencia pensando que seremos felices cuando: cuando consigamos aquello, cuando resolvamos esto, cuando lleguemos allí, cuando por fin seamos la persona que imaginábamos.

Y mientras tanto, casi sin darnos cuenta, está ocurriendo nuestra vida.

Las personas que encontramos y las que perdemos. Los lugares que nos cambian. Los errores. Las mañanas inexplicablemente felices. Las despedidas. Las heridas. Todo aquello que aprendemos para seguir navegando.

Kavafis nos recuerda que, aunque al final encontremos pobre a Ítaca, no nos habrá engañado. Porque después del viaje comprenderemos qué significan las Ítacas.

Quizá hay lugares a los que creemos que queremos llegar cuando, en realidad, lo que necesitábamos era convertirnos en alguien capaz de llegar hasta ellos.

Hay lugares que tienen la capacidad de recordarnos quiénes somos, incluso cuando nunca fueron realmente nuestros.El fin ...
24/07/2026

Hay lugares que tienen la capacidad de recordarnos quiénes somos, incluso cuando nunca fueron realmente nuestros.

El fin de semana pasado estuve pasando unos días en el pueblo de mi tía. Mientras leía ¿Por qué son tan lindos los caballos?, de Julieta Correa, un libro que acompaña con una sensibilidad inmensa el camino de una madre con demencia y de una hija que intenta seguir encontrándola más allá de los recuerdos, no podía dejar de pensar en lo frágil y, al mismo tiempo, en lo poderosa que es la memoria.

Lo más bonito de esos días no estaba solo en las páginas del libro. Estaba en mirar a mi padre disfrutar de la compañía de su hermano mayor. Escucharles hablar, reírse de historias que compartieron hace décadas y entender que la memoria no vive únicamente en nuestra cabeza. También habita en los lugares, en las personas que crecieron con nosotros y en esos pequeños rituales que el tiempo no consigue borrar.

Quizá por eso me fascina tanto la memoria, también desde mi profesión. Porque no es un simple almacén de recuerdos. Es el hilo que da continuidad a nuestra identidad y el espacio donde los vínculos siguen existiendo, incluso cuando las palabras empiezan a desaparecer.

Hay libros que llegan en el momento justo. Y hay fines de semana que, sin hacer demasiado ruido, nos recuerdan que el paso del tiempo no solo deja huellas: también nos enseña dónde siguen estando nuestras raíces. Aunque no sean exactamente las nuestras. 🤍

Hay viajes que se recorren con los pies. ✨☘️Y otros que, sin darte cuenta, se recorren también por dentro.Llegué a Bosto...
08/07/2026

Hay viajes que se recorren con los pies. ✨☘️

Y otros que, sin darte cuenta, se recorren también por dentro.

Llegué a Boston leyendo Walden. Buscando las huellas de Thoreau, de Emerson y de tantos escritores que hicieron de Nueva Inglaterra un lugar donde las ideas todavía parecen caminar entre los árboles.

Hoy, frente a Emerson Hall, en Harvard, encontré una inscripción que no ofrece respuestas. Solo una pregunta:

🚨“What is man that Thou art mindful of him?”
”¿Qué es el ser humano para que te acuerdes de él?”

Me pareció hermoso que un edificio dedicado a la filosofía reciba así a quien entra. Con una pregunta. Porque las preguntas verdaderamente importantes nunca envejecen.

Emerson escribió que debíamos confiar en nuestra propia voz y aprender de la naturaleza, no para aislarnos del mundo, sino para regresar a él siendo más auténticos. Pensaba que cada persona llevaba dentro una verdad que ninguna autoridad podía imponer y que solo el silencio, la contemplación y la experiencia permitían descubrir.

Mientras paseo por Harvard pienso que, en el fondo, esa es también la esencia de mi profesión.✨

Como psicóloga, rara vez tengo respuestas para entregar. Mi trabajo consiste, más bien, en acompañar a las personas mientras encuentran las suyas. En ayudarles a atravesar el ruido, el miedo, el trauma o las expectativas ajenas hasta volver a escuchar esa voz que siempre estuvo ahí, aunque hubiera quedado casi olvidada.

Quizá por eso este viaje está significando tanto para mí.

Porque entre librerías, universidades centenarias y las páginas de Walden, siento que no solo estoy descubriendo lugares. También estoy recordando por qué elegí dedicar mi vida a comprender al ser humano.

Y, al final, quizá esa siga siendo la pregunta más importante de todas.

No solo para la filosofía.

También para la psicología.

Y, sobre todo, para la vida.✨❤️.

Hay ciudades que se recorren con un mapa y otras que se recorren con un libro entre las manos. 📖Desde que comenzó este v...
06/07/2026

Hay ciudades que se recorren con un mapa y otras que se recorren con un libro entre las manos. 📖

Desde que comenzó este viaje estoy leyendo Walden, de Thoreau. No podía imaginar un mejor compañero para caminar por Nueva Inglaterra. Leer sobre la sencillez, la naturaleza y la búsqueda de una vida consciente mientras paseo por las calles donde esas ideas echaron raíces hace que Boston deje de ser un destino para convertirse en una conversación.

Esta mañana me he perdido en una librería de segunda mano y he salido con cuatro libros muy distintos: las cartas de Virginia Woolf, Leaves of Grass de Whitman, The Wild Boy of Aveyron y Descartes’ Error de Antonio Damasio.

A primera vista parecen elecciones dispersas. Para mí forman una misma historia.

Woolf me recuerda la importancia de escuchar la experiencia interior. Whitman celebra la dignidad de cada ser humano. El niño salvaje de Aveyron plantea una de las preguntas más profundas de la psicología: ¿qué nos convierte realmente en personas? ( casi casi como el libro de Thoreau) Y Damasio une emoción y razón, algo que veo cada día en mi consulta y que atraviesa mi forma de entender el trauma, el apego y el cambio.

Quizá por eso me emociona tanto encontrar estos libros aquí. Porque siento que dialogan entre sí y también con mi profesión. Como psicóloga, intento comprender cómo construimos nuestra identidad, cómo el vínculo nos transforma y cómo cada historia merece ser escuchada. Como lectora, busco precisamente eso en la literatura.

Viajar también es esto: descubrir que una ciudad puede ayudarte a poner nombre a las preguntas que llevas tiempo haciéndote.

Y regresar con la maleta un poco más pesada de libros, pero también de sentido. ✨

Con los años he descubierto que la vida rara vez nos pide grandes gestas. Casi nunca nos llama a salvar el mundo ni a pr...
12/06/2026

Con los años he descubierto que la vida rara vez nos pide grandes gestas. Casi nunca nos llama a salvar el mundo ni a protagonizar historias extraordinarias. Lo que suele pedirnos es algo mucho más discreto y, quizás por eso, mucho más difícil: estar presentes.

Estar presentes cuando alguien nos habla y dejar de mirar el reloj. Cuidar una amistad con un mensaje enviado a tiempo. Preparar una comida para quienes queremos. Escuchar a un hijo contar algo que para él es importante. Regar una planta. Leer unas páginas antes de dormir. Decir “lo siento”. Decir “te quiero”.

Vivimos esperando los grandes momentos, sin darnos cuenta de que la vida sucede mientras tanto. Entre reuniones, entre tareas, entre días aparentemente iguales. Y es precisamente ahí donde se juega casi todo.

He aprendido que la belleza no suele aparecer con estruendo. Llega despacio. En una conversación tranquila, en una tarde de verano, en unas flores que siguen floreciendo sin pedir permiso. En esos pequeños actos donde ponemos algo de nosotros mismos: cuidado, atención, verdad.

Quizá eso sea vivir con alma. Dejar una parte de nuestra esencia en lo que hacemos, aunque nadie lo vea. Porque al final no nos define tanto aquello que logramos como la manera en que habitamos lo cotidiano.

Florecer no siempre consiste en alcanzar algo extraordinario. A veces consiste simplemente en estar donde estamos, con el corazón abierto, cuidando lo que tenemos delante.

Florecer ahí.

Justo ahí. 🌸

GRIETAS PRIMIGENIAS⚡️Hay exposiciones que una visita. Y otras que se quedan dentro, moviendo algo difícil de nombrar.Ref...
13/05/2026

GRIETAS PRIMIGENIAS
⚡️Hay exposiciones que una visita. Y otras que se quedan dentro, moviendo algo difícil de nombrar.

Reflejos. Picasso x Barceló en Cádiz me atravesó desde un lugar muy íntimo. Quizá porque últimamente pienso mucho en el cuerpo, en el paso del tiempo, en la maternidad, en cómo las mujeres vivimos tantas veces intentando sostenerlo todo mientras también intentamos no perdernos a nosotras mismas por el camino.

El barro, las grietas, las formas imperfectas de las piezas… me recordaron a algo profundamente humano. A los vínculos. Al desgaste. A esa forma que tiene la vida de ir moldeándonos lentamente a través del amor, de las pérdidas y de los cuidados.

Mientras recorría las salas estaba leyendo Un trabajo para toda la vida de Rachel Cusk y sentía que ambos lenguajes se tocaban. La maternidad como amor inmenso, sí, pero también como transformación. Como algo que desordena, rompe, reconstruye y deja huellas.

Como terapeuta pienso muchas veces que las personas pasamos gran parte de la vida intentando ocultar nuestras grietas. Y, sin embargo, quizá gran parte de nuestra belleza está precisamente ahí. En lo que hemos sobrevivido. En lo que hemos amado. En lo que seguimos sosteniendo aun cansados.

Salí del museo pensando que nos parecemos mucho al barro. Frágiles y resistentes al mismo tiempo. Y que, al final, todos conservamos un poco la forma de las manos que nos cuidaron, nos hirieron o nos amaron.

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