18/06/2026
Me liberé cuando acepté que iba a decepcionar. Y que, a veces, también iba a dañar.
No porque quisiera hacerlo. Sino porque soy humana. Y porque me relaciono con otros humanos. Humanos muy diferentes a mí, con diferentes historias, diferentes heridas, diferentes creencias, diferentes formas de amar, diferentes expectativas.
Y fue precisamente ahí donde pude empezar a ser yo: sin miedo, sin intentar ocupar menos espacio del que mi cuerpo y mi alma necesitaban ocupar…. Sin vivir tratando de que todo el mundo estuviera bien. Sin cargar con la responsabilidad de sostener la felicidad, las emociones o las necesidades de todos.
EMPECÉ A CONFIAR. A confiar en la capacidad de las otras personas para comunicarse, para poner límites, para reparar, para hacerse cargo de sí mismas.
Y poco a poco dejé de vivir en alerta. Para empezar, por fin, a disfrutar de las relaciones. A disfrutar de las personas. A verlas no como una amenaza o como algo que debía controlar, sino como maestras de vida. Porque cada encuentro, cada desencuentro, cada diferencia y cada herida, traen consigo algo que aprender.
Hoy sé que estoy viva.
Y sé que mis vínculos también lo están.
Porque todo lo que está vivo cambia, se mueve, se equivoca, se repara, se transforma. Y de cualquier cosa viva se aprende constantemente.
Sin buscar culpables, sin buscar quién tuvo razón. Solo observando. Escuchando. Aprendiendo. Eterna aprendiz.
🖤 con vulnerabilidad, lari.
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