Mara Acosta

Mara Acosta 🎭 Escribo en bata, con gatos que juzgan y una vela encendida.

Después de dos markets hemos aprendido varias cosas.Una: la gente puede mirar una vela con mucha educación, pero ante un...
13/06/2026

Después de dos markets hemos aprendido varias cosas.
Una: la gente puede mirar una vela con mucha educación, pero ante un marcapáginas de Miga pierde toda la compostura.

Dos: el carisma no siempre viene con plan de empresa, a veces viene con cara blanca, ojos enormes y cero experiencia en gestión.

Tres: cuando algo funciona, el Comité Felino no lo celebra. Lo convierte en crisis interna, reparte cargos y abre expedientes.

Así que queda inaugurada la nueva estructura no del todo legal de Marea de Sabiduría: flores, postres, egos, apelaciones y una cantidad preocupante de autoridad autoproclamada.

Mara sigue intentando vender velas. El Comité insiste en gobernarlas.

¿Equipo flores o Equipo postre?

artesanales

12/06/2026
Miga ha sido ascendida a presidencia por aclamación popular. Aclamación popular, dice. Cuatro personas dijeron "qué mona...
10/06/2026

Miga ha sido ascendida a presidencia por aclamación popular. Aclamación popular, dice. Cuatro personas dijeron "qué mona" y ya tenemos una crisis institucional.
Mientras tanto, yo llevo semanas sosteniendo esta empresa desde la Sombra, leyendo documentación, evaluando velas, revisando etiquetas y manteniendo una expresión de inteligencia superior que, francamente, está siendo infrautilizada.

Hoy he empezado Esencia Oculta, de Verónica Ramírez Hermoso, y debo reconocer algo incómodo: me tiene enganchado. Yo venía preparado para hacer una revisión seria, levantar una caja, emitir dos informes y marcharme con dignidad. Pero el libro ha tenido la falta de respeto de atraparme.
Así que aquí estoy, con la pata encima, porque cuando una historia está bien escrita conviene sujetarla. No vaya a creerse libre.
Miga será cuqui, pero yo tengo método, criterio y una pata estratégicamente colocada sobre la literatura.
-Zumo-

Este domingo sacamos a Marea de Sabiduría de casa. El Comité Felino no ha aprobado todos los protocolos, pero viene igua...
06/06/2026

Este domingo sacamos a Marea de Sabiduría de casa. El Comité Felino no ha aprobado todos los protocolos, pero viene igualmente en espíritu, que es como venir sin permiso.
Nos vemos en el Mercadillo Inglés

LA MUJER QUE ESPERÓ TURNO PARA SER ABDUCIDALa mujer oyó un golpe en la terraza, justo cuando la lavadora empezó a pitar,...
30/05/2026

LA MUJER QUE ESPERÓ TURNO PARA SER ABDUCIDA
La mujer oyó un golpe en la terraza, justo cuando la lavadora empezó a pitar, el móvil vibró por quinta vez y una bolsa del supermercado se abrió por abajo, dejando caer dos limones, un paquete de servilletas y una factura que ella estaba bastante segura de no haber comprado.
—Perfecto —dijo.
Miga apareció en la puerta de la cocina con una pinza de la ropa en la boca.
—¿Se ha roto algo?
—La tarde.
—Eso ya venía mal.
La mujer puso el móvil boca abajo, pero aquello seguía vibrando contra la mesa, insistente y administrativo.
En el salón había una silla con ropa encima, una caja sin abrir, tres papeles reclamando atención y una taza de café mu**ta desde hacía horas.
Sombra sacó la cabeza de una bolsa.
—Hay ruido fuera.
—Hay ruido en todas partes.
—Este tiene intención.
Pum.
La mujer salió a la terraza con un limón en la mano. En su defensa, la tarde no había ofrecido mejores recursos.
Abrió la puerta corredera y vió un ovni pequeño, redondo, plateado, luminoso. Flotaba sobre las macetas con una luz verde apuntando al suelo, tenía una abolladura en un lado y el aspecto de haber cruzado tres galaxias para acabar mal aparcado entre una albahaca y una fregona.
La mujer miró el ovni, el móvil, la bolsa rota y la factura.
—Llegas tarde —dijo.
Miga pasó corriendo con un cartón sujeto entre las patas. Se colocó bajo la luz verde y lo levantó con solemnidad.
“TAKE ME”
La mujer miró el cartel.
—¿Desde cuándo tienes eso preparado?
—Desde que la realidad empezó a pedir demasiado.
Zumo apareció en el marco de la puerta, observó el ovni y luego la terraza.
—Está cerca.
—Quizá viene a recoger.
—Entonces debería haber pedido cita previa en la web.
Luto llegó detrás, con las gafas rojas torcidas y una etiqueta pegada al costado.
—Si viene de fuera, seguro que trae condiciones.
El ovni emitió un pitido breve y la luz verde enfocó a Miga.
Miga enderezó el cartel.
“TAKE ME”
Sombra salió de la bolsa y olfateó el haz de luz.
—Huele a trámite.
—Eso es imposible —dijo la mujer.
—Todo acaba oliendo a trámite.
La parte inferior del ovni se abrió y desplegó una escalerilla metálica diminuta, brillante y ridícula.
Miga puso una pata en el primer peldaño mientras la mujer la agarraba por la barriga.
—Baja.
—Estoy siendo reclamada.
—Estás intentando irte con un plato.
—Los platos han demostrado más iniciativa que mucha gente.
El móvil volvió a vibrar dentro. El vecino de arriba arrastró algo pesado: un mueble, una decisión… quién sabe.
La mujer cerró los ojos un segundo y Miga subió otro peldaño.
—¡¡Miga!!
—Solo voy a mirar.
—Nadie se sube a un ovni a mirar.
—Eso mismo dijeron de las redes sociales y aquí estamos.
Del ovni salió una voz metálica, educada y agotada.
—Indique motivo del traslado.
Miga levantó el cartel.
“TAKE ME”
—Motivo insuficiente.
Miga bajó el cartel despacio.
—Qué poca sensibilidad.
Luto se sentó.
—Pon “agotamiento general del planeta”.
La mujer lo miró.
—No ayudes.
—Estoy redactando.
Zumo ladeó la cabeza.
—Podría poner “exceso de notificaciones”.
Sombra añadió:
—Y gente diciendo “un momentito”.
La mujer apretó el limón mientras la voz volvía a sonar.
—Indique destino.
Miga miró hacia arriba.
—Lejos.
El ovni pitó.
—Destino no válido.
La luz verde se movió por la terraza, entró en el salón, rozó la taza fría, los papeles, la silla con ropa, la factura y la bolsa rota. Durante un instante, todo pareció dispuesto a elevarse: los limones, las servilletas, los mensajes sin responder, el café mu**to, la lavadora ofendida y el martes entero.
Miga levantó el cartel con más fuerza.
“TAKE ME”
La luz enfocó el móvil. El móvil dejó de vibrar. Todos miraron.
—Eso sí ha sido útil —dijo Zumo.
El ovni pitó otra vez. De la compuerta cayó un papel que Luto atrapó con una pata.
—Notificación.
—Ni en el espacio se libra una —dijo la mujer.
Miga leyó por encima.
—“Solicitud pendiente de revisión.”
—Normal —dijo Sombra—. Está todo saturado.
El ovni empezó a subir.
Miga agitó el cartel.
—¡Cobardes!
La nave rozó la cuerda del tendedero, se enganchó con una pinza, giró sin elegancia y desapareció detrás del edificio de enfrente. Nadie salió a mirar, ya nadie preguntaba nada.
La mujer recogió la factura, metió los limones en la bolsa rota como pudo y miró a Miga.
—Guarda el cartel.
—¿Para la próxima visita?
—Para cuando venga el cartero.
Miga dobló el cartón con cuidado.
—Le puedo poner “take me” en español.
—Al cartero no.
—A la factura.
La mujer pensó que la propuesta tenía sentido.
Desde el sofá, Luto se acomodó las gafas.
—El ovni no se llevó a nadie, pero apagó el móvil. Ya es más de lo que hacen muchas visitas.
Sombra volvió a meterse en la bolsa.
—La próxima vez que traiga formulario.
El móvil seguía en silencio y la factura en el suelo.
—Bueno —dijo—. Algo hemos avanzado.
Miga levantó la pinza de la ropa.
—¿La lavadora?
La mujer miró hacia dentro y oyó el pitido de la lavadora
—Que espere.
La gente que ve un ovni en la terraza y vuelve a tender ropa entiende perfectamente el estado del mundo.
Mara Acosta (Casi se fue, pero la lavadora reclamó primero.)

El Comité Felino ya ha emitido su informe sobre el primer market. Como era de esperar, hay datos, sospechas, desacuerdos...
25/05/2026

El Comité Felino ya ha emitido su informe sobre el primer market. Como era de esperar, hay datos, sospechas, desacuerdos internos y una crisis de ego. Hay una incidencia grave: Miga fue la favorita del público. ¿La aceptamos en la presidencia?

21/05/2026

Después de meses entre cera, cajas negras, etiquetas, pruebas, ambientadores y decisiones tomadas bajo supervisión felina, nos vamos de market.

Llevaré velas artesanales, ambientadores sólidos y alguna opinión no solicitada del Comité Felino.

HOTEL NH. Las Canteras.
Domingo 24 de Mayo.
De 10 a 20 horas.

Ven a oler. Luego ya discutimos con Sombra.


LA MUJER QUE SALIÓ A COMPRAR CAJASLa mujer había ignorado muchas señales: una flor de cera sobre el router, tres etiquet...
14/05/2026

LA MUJER QUE SALIÓ A COMPRAR CAJAS

La mujer había ignorado muchas señales: una flor de cera sobre el router, tres etiquetas pegadas en la pata de una silla y una caja negra dentro de otra caja negra dentro de una bolsa llamada “pendiente”, que llevaba allí el tiempo suficiente como para haber desarrollado personalidad jurídica. Pero la vela en el frutero la detuvo. Estaba entre dos mandarinas, perfectamente colocada, como si llevara años ocupando ese hueco y nadie se hubiera atrevido a preguntar. La mujer la miró. La vela guardó silencio con una seriedad impropia de un objeto con mecha.
—Necesito cajas —dijo.
Miga apareció debajo de la mesa con un trozo de papel triturado pegado al lomo.
—¿Cajas bonitas?
—Cajas útiles.
Miga parpadeó despacio.
—Qué manera de estropear una frase.
Desde la terraza, Zumo levantó la cabeza. Sombra estaba encima de una caja recién montada, aplastando con todo su cuerpo el único sitio despejado de la casa, y Luto, en el sofá, se quitó las gafas rojas lentamente.
—Comprar cajas para ordenar cajas —dijo—. La civilización empezó a decaer con menos.
La mujer cogió las llaves.
—Voy sola.
Miga salió disparada hacia la puerta.
—¡Excursión!
—Compra rápida.
—Excursión con coartada.
—Eso ya suena más honesto —dijo Luto.
Bajaron al garaje en una formación poco recomendable. Miga iba delante, rebotando en cada escalón; Zumo caminaba detrás con aire de supervisor técnico; Sombra se pegó a las piernas de la mujer, y Luto cerraba la marcha sin prisa, como quien acude a una desgracia ya presupuestada.
El coche esperaba en su plaza, quieto y limpio de culpa. Sobre el techo llevaba varias cajas viejas, atadas con una cuerda y una confianza impropia. Iban a servir de muestra. O de advertencia.
Subieron al coche como se ocupan las instituciones: cada uno donde pudo y todos convencidos de tener razón.
La mujer se sentó y apoyó las manos sobre el volante. Iba a comprar cajas. Solo cajas. Entrar, elegir, pagar y volver. Una misión simple. Casi adulta.
Giró la llave. El motor arrancó y Miga desapareció en la zona de los pedales.
—Hay una palanca.
—Aléjate del pedal.
—Tiene pinta de servir para algo.
El coche dio un salto hacia delante.
—¡Miga, quita la pata!
—¡Estamos avanzando!
—¡Estamos dentro del garaje!
—Todo avance empieza en algún sitio.
Sombra trepó por el respaldo, se instaló sobre los hombros de la mujer y le tapó un ojo con una pata.
—Sombra, necesito ver.
La otra pata cubrió el otro ojo. El coche rozó algo y la pared emitió un ruido seco, pequeño, perfectamente capaz de arruinar una tarde.
Desde el asiento trasero, Luto miró hacia el techo.
—Las cajas van a dimitir.
—Nadie ha pedido informe —dijo la mujer, apartándose pelo siamés de la boca.
Llegaron a la tienda con el coche todavía entero, que ya era una forma de éxito bastante discutible. Al entrar en el parking, ocuparon una plaza y parte de otra, porque el vehículo había desarrollado ideas propias y un respeto muy negociable por las líneas pintadas.
La caja superior aguantó hasta la entrada. Allí se soltó, rebotó contra el bordillo y se abrió sin negociar. Salieron papeles, separadores y una etiqueta con la cara de Miga, que quedó pegada al suelo como prueba documental.
—Una —dijo Luto.
—¿Una qué?
—Caja independizada.
Sobre las puertas automáticas, un cartel enorme decía:
ORGANIZA TU VIDA.
Miga se asomó y miró el cartel.
—Bueno, veníamos a por cajas, no a que nos juzgaran.
La mujer miró la caja abierta, los papeles desperdigados, la cuerda colgando del techo del coche y a Sombra todavía sujeto a su cabeza como un gorro con ansiedad.
—Compramos las necesarias —dijo.
—Eso suena a pocas —dijo Miga.
Zumo miró hacia la tienda.
—Con medidas compatibles.
Miga arrugó el hocico.
—Qué frase tan triste.
La mujer apoyó la frente en el volante y sonó la pita.
Una familia que salía de la tienda se giró. Nadie dijo nada.
La gente que compra cajas entiende más de lo que confiesa.

-Mara Acosta (compró cajas porque rendirse ocupa más sitio)

La mujer que descubrió que su nevera tenía un trauma(y no lo cubre la mutua)Todo empezó con un ruido, de esos que atravi...
02/02/2026

La mujer que descubrió que su nevera tenía un trauma
(y no lo cubre la mutua)

Todo empezó con un ruido, de esos que atraviesan paredes, convicciones y estancias cerradas. Un mmmRRRRRMMMMmmm entre electrodoméstico en crisis existencial y vibración de cuencos tibetanos.

Al principio pensó que era una tubería, el vecino de arriba o un Boeing 747 aparcado en el salón. Pero no. El sonido venía de la cocina, más concretamente de esa caja blanca de plástico que durante años había fingido ser una nevera.

La mujer se acercó, abrió la puerta y todo parecía normal: hummus medio seco, un limón suicida y el tupper misterioso del fondo, pero al cerrar… el zumbido regresó. Sordo. Persistente. Entonces lo entendió, la nevera no estaba rota; estaba dolida.

Llevaba años guardando cosas que nadie se comía, presenciando peleas hostiles cada vez que alguien la abría buscando inspiración y encontraba apio y promesas que nunca se cumplen. (Como “mañana empiezo bien”). Y como todo lo que no encuentra espacio para expresarse, hacía ruido.

Desde ese día, la mujer dejó de preocuparse por la factura de la luz. Estaba claro que parte del consumo era terapia (y ya todos sabemos lo importante que se ha vuelto la terapia en el siglo XXI), y así… llegó el diagnóstico: “ansiedad crónica”.

Mientras la mujer tomaba notas con esmero: ruido constante que calla sin previo aviso, hielo en lugares donde no debería haber… apareció Sombra:

—Esto huele a sobrecarga emocional no ventilada —dijo mientras la auscultaba.

—“Refrigeración y trauma transgeneracional” —respondió Zumo mientras leía los resultados del test PCL-5. —Tenemos que hablar con la Consejería de Sanidad porque los ítems de evitación deberían incluir los tuppers con restos de quinoa. El compresor tiene disociación estructural. Le han salido cristales de hielo en la amígdala térmica. Según esta gráfica, lleva 48 ciclos de descongelación emocional sin acompañamiento.

—La estamos escuchando, pero no estamos aquí para salvarla —gruñó Luto mientras la desenchufaba por prevención.

—Pues yo esta noche me quedo a dormir aquí, por si acaso… me he traído mi cajita de algodón, una manta y una bolsita de valeriana. Si hay una crisis, estoy formada en primeros maullidos. Si alguien se despierta a las tres a llorar frente a la luz interior, que me avise. ¡Que alguien me prepare una Gourmet Soup! —susurró Miga.

Desde ese momento, nadie abría la nevera sin pedir permiso y el Comité pedía informe psicológico antes de enchufar cualquier aparato nuevo. La mujer, por si acaso, ya no guardaba el hummus en envases transparentes, ni las emociones en la estantería del medio ni su vulnerabilidad cerca del queso azul. Y cuando el ruido subía, se lo tomaba como un recordatorio:

“El verdadero frío no viene del congelador, sino de lo que no se habla.”

🎬 LA MUJER QUE EMPEZÓ A ENTRENARSE PARA SALIR AL ESCENARIOEn un mundo donde las mujeres se sostienen por los pelos, los ...
09/01/2026

🎬 LA MUJER QUE EMPEZÓ A ENTRENARSE PARA SALIR AL ESCENARIO

En un mundo donde las mujeres se sostienen por los pelos, los tuppers, y el amor mal disimulado...
…una mujer decidió colgar una barra en la puerta y no preguntar si eso era normal. Era enero. Era martes. Era el día de Reyes. Y estaba a punto de comenzar… la función.

La mujer, aún aturdida por los restos del roscón y las emociones envueltas en celofán, abrió la puerta de casa y se topó con la escena:
– Una barra de dominadas taladrada en el marco,
– Dos pesas que antes vivían en el armario de las cosas que no se usan,
– Y unas zapatillas con plataforma que gritaban: "no estamos aquí para la comodidad, cariño, estamos aquí para la altura emocional".
Tuqui, desde el fondo del pasillo, con turbante de toalla y actitud de regidora teatral, dijo:

—Hoy no se descansa. Hoy se entrena para no desaparecer.

Muqui aparcó el todoterreno Chopita en doble fila, bajó con una bolsa de deporte que olía a incienso místico y gritó desde el portal:

—¡Luto me ha pedido luces estroboscópicas! ¿Dónde está el enchufe del destino?

La mujer, sin quitarse el pijama de seda en colores dignos de documental sobre aves tropicales, se puso de puntillas con las zapatillas imposibles y trató de alcanzar la barra. El cuerpo crujió como si tuviera opiniones.

Sombra encendió el altavoz.

Playlist: "Transformación cuántica para mujeres cansadas pero dramáticas".

Primer tema: una versión trance de “Color Esperanza” mezclada con cuencos tibetanos y frases tipo “Confía en tu proceso”.

Zumo hizo una entrada triunfal por la cocina, con la cola erguida y una cinta adhesiva pegada en la pata. Se subió al sofá y empezó a maullar al ritmo.

Miga, inspirada por el caos, desplegó una coreografía con papel de seda, purpurina de velas y cinta de embalar. Había drag queens menos equipadas.

Luto, desde lo alto del mueble, con gafas de sol y mirada de productor exigente, maulló una sola vez. El maullido decía: "Acción."

Y entonces, sin público, sin programa de mano, sin saber si estaba empezando una rutina o una revolución doméstica, la mujer se colgó de la barra.

No subió. Pero se sostuvo. Una mujer suspendida entre el suelo y el techo. Entre la risa y el desmayo. Entre el no puedo y el… bueno, venga, va.

La función había empezado. Y nadie estaba listo, pero todo el mundo —humano o felino— sabía que no había vuelta atrás y que esa noche, con incienso quemándose, playlist absurda y zapatillas en modo plataforma existencial, el escenario era suyo.

¿Continuará? Obviamente.
Pero primero hay que estirar.

- Mara Acosta (colgada emocionalmente, pero con glamour)

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