Marta Balsa Psicóloga

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Me gustan quienes no prometen quedarse para siempre, pero mientras están hacen todo lo posible para que nunca dudes del ...
03/08/2026

Me gustan quienes no prometen quedarse para siempre, pero mientras están hacen todo lo posible para que nunca dudes del cariño que sienten por ti.
La coherencia siempre me ha parecido una de las formas más bonitas de querer.

Me gustan las personas que aunque la vida les haya roto el corazón más de una vez, siguen teniendo la valentía de querer bonito. Porque hace falta mucha fuerza para no dejar que el dolor cambie la forma en la que eliges amar.

Me gustan esas personas que no necesitan ser las más ruidosas para dejar huella, porque su paz habla mucho más alto que cualquier palabra.

Me gustan las personas que siguen emocionándose con un atardecer, una conversación o un abrazo inesperado. Porque cuando todavía eres capaz de encontrar belleza en las cosas sencillas, es que la vida aún no ha conseguido endurecerte.

Me gustan las personas que celebran los logros de los demás con la misma ilusión con la que celebrarían los suyos. Porque quien no compite con nadie siempre encuentra tiempo para aplaudir desde el corazón.

Me gusta quienes han aprendido a poner límites sin dejar de ser buenas personas. Porque cuidar de uno mismo nunca debería confundirse con dejar de cuidar a los demás.

Me gustan las personas que hacen sentir importante a quien tienen delante. Las que escuchan sin mirar el teléfono, las que recuerdan los pequeños detalles y las que entienden que regalar tiempo también es una forma de decir: Te quiero.

Me gusta quienes no intentan aparentar una vida perfecta. Personas que se muestran humanas, con sus miedos, sus cicatrices, y sus ganas de seguir construyéndose cada día.

Me gustan las oportunidades que nos damos a nosotros mismos. Porque a veces la decisión más valiente no es empezar de cero, sino volver a creer que todavía somos capaces de construir una vida que nos haga felices.

Y me gustan los sueños que asustan un poco, porque normalmente son los únicos capaces de sacar la mejor versión de nosotros mismos.

Algún día vas a tener que regresar al lugar del que huiste para poder irte DE VERDAD. No importa cuánto tardes.En algún ...
16/07/2026

Algún día vas a tener que regresar al lugar del que huiste para poder irte DE VERDAD. No importa cuánto tardes.
En algún momento lo tendrás que hacer si quieres dejar de huir eternamente. Sino, piensa en todas las veces que huiste de algo o de alguien porque quedarte un minuto más se hacía insoportable.
Cambiaste de casa, de rutinas, de personas. Dejaste de contar esa historia, dejaste de responder " ya pasó " cuando alguien volvía a preguntar.
Hasta que un día algo te pone de pie.
A veces son las canciones las que nos traicionan, otras veces un olor conocido y otras alguien diciendo algo que ya escuchaste antes.
Uno a veces cree que porque el tiempo pasó eso quedó atrás. Pero el problema es que cuando huyes, dejas cosas. Dejas preguntas, rutinas y partes tuyas tratando de entender lo que acaba de pasar.

¿Cómo es la vida después de huir?
Vas al súper, contestas mensajes, te enamoras de nuevo, te cortas el pelo, celebras cumpleaños, aprendes a cocinar...porque la vida siempre sigue. Pero a veces sientes que una parte tuya se quedó en otro lugar.
Por eso toca volver. No creo que físicamente. A veces basta con sentarse a habitar lo que sientes sin necesidad de corregirlo. Admitir que algo sigue doliendo. Y mirar con cariño a la persona que eras antes de huir.
A todos nos cuesta esa parte.
Nos cuesta mirar hacia atrás y no juzgarnos por lo que permitimos, por lo que esperamos, por el tiempo que perdimos, por todo lo que no supimos hacer distinto.
Pero si vas a volver no lo hagas para juzgarte, hazlo para decirte que eso ya pasó. Que ya crecieron otras flores, que la vida continuó, que volviste a reír y que volviste a ser feliz.

Hace tiempo pensaba que cerrar una etapa significaba dejar de sentir. Ahora creo que se parece más a poder mirar de frente lo que dolió sin que todo dentro de ti te pida salir corriendo.
Es inevitable no querer juzgarse. Mirar una versión tuya pasada y no querer sacudirla un poco, reclamarle cómo no vio, cómo no dijo, cómo no se dio cuenta...
Pero fue esa versión y no la de ahora la que estuvo allí. La que pasó por eso, a la que le dolió, la que tuvo que salir adelante sin que nadie hubiera puesto cuidado en la forma en la que aprendió a mirarse.
Por eso, tal vez, tú y solo tú vas a tener que regresar al lugar del que huiste para hacer eso que faltó.
Nunca para cambiar las cosas ni para dar respuesta a lo que ya no importa, sino para decirle: recoge todo, te vienes conmigo.
Y gracias, porque me recuerdas el dolor. Pero también la fuerza.

Y enseñarle las flores, las risas y los atardeceres. Y perdonarnos las heridas que ya no volveremos a permitir.

El amor de hoy en día no es que no exista. Es que la mayoría de la gente llega con las maletas llenas. Llenas de decepci...
13/06/2026

El amor de hoy en día no es que no exista. Es que la mayoría de la gente llega con las maletas llenas.
Llenas de decepciones, de despedidas, de promesas que no se cumplieron. Y después de cargar con todo eso durante tanto tiempo, muchos han confundido sanar con no volver a sentir.
Han levantado muros tan altos que ya nadie consigue ver lo que hay detrás.
Porque todos queremos conectar, todos queremos sentirnos queridos, todos queremos que alguien se quede. Pero hemos pasado tanto tiempo protegiéndonos del dolor, que también nos estamos protegiendo del amor.

Querida yo de hace varios años: Sé cómo te sientes. Te sientes cansada de una manera que no se cura durmiendo.Hace meses...
02/06/2026

Querida yo de hace varios años:
Sé cómo te sientes. Te sientes cansada de una manera que no se cura durmiendo.
Hace meses que piensas en empezar terapia y no acabas de dar el paso. Buscas psicólogos en redes sociales a las tantas de la mañana y agotada apagas el teléfono.
Lo postergas porque piensas que no es para tanto. Que hay gente peor. Que estuviste peor. Que se te va a pasar.
No se te va a pasar. Un mes más así y colapsas. Te lo digo con cariño.
El día que pidas cita vas a temblar.
Vas a coger el teléfono, marcar y colgar 3 veces.
Te van a contestar amablemente, sin prisa. Y vas a llorar. Porque hace mucho que nadie te ve como persona y no como problema.
La primera sesión vas a llegar 10 minutos antes. Vas a pensar en irte. No te vayas.
Te voy a decir algunas cosas que vas a aprender en este proceso que te espera:

La terapia no es para gente débil.
Es para gente valiente que se responsabiliza de que su dolor no se convierta en una licencia para herir.

No te van a juzgar. No vas a tener que justificar porque sientes lo que sientes. Por primera vez en mucho tiempo alguien te va a creer sin pedirte explicaciones.

Te van a doler cosas que no sabías que dolían. El enfado con tu familia, con tus amigos, contigo misma. No es que la terapia lo inventara. Es que estaba ahí y ahora lo puedes mirar.

Vas a querer dejarla. Muchas veces. Vas a escuchar cosas que no te guste oír. Aguanta. En esa incomodidad es donde precisamente empiezas a crecer. Y aunque el dolor no desaparezca, te prometo que un día dejará de ocuparlo todo.

Vas a aprender a decir no sin sentir una culpa que te devora. Vas a empezar a poner límites y el cielo no se va a caer. Porque te darás cuenta de que aunque puedas con la carga no significa que tengas que llevarla.
Vas a llorar como nunca por primera vez en años, y vas a descubrir que eso no te debilita, te fortalece.
Vas a dejar un trabajo donde no te respetan, donde no te valoran.
Porque no vas a permitir que alguien que no te conoce te diga quién eres.
Vas a reedescubrir las cosas que te gustaban antes de que la vida te golpeara y te las hiciera olvidar.
Vas a hacer planes sola, y vas a disfrutarlos.
Vas a entender que lo que creías que era tu forma de ser, fue en realidad tu forma de sobrevivir.
Y vas a empezar a ser más tú que nunca, más auténtica, más real y menos perfecta.
Vas a darte cuenta de que tu valor tiene que ver contigo y solo contigo, no con la capacidad de otro de poder valorarte o no.
Vas a entender que el dolor la mayoría de las veces no necesita palabras. Porque a veces ninguna palabra estará a la altura del dolor que sientes.
Vas a darte cuenta de que no puedes cambiar a nadie. Pero sí puedes cuestionarte lo que estás aceptando y cambiar tú.

Vas a coger al miedo por los cuernos y no permitir que nunca más te robe algo que el corazón quiera intentar. Porque te darás cuenta de que no le tenías miedo al futuro, ahí no has estado, no lo conoces. Le tenías miedo a que el pasado se repitiera.

Vas a elegir no hacerte daño para aprender. Porque no es esa la forma en la que quieres tratarte para corregir los errores que cometes.

Vas a aprender a convivir con la tristeza y darte cuenta de que la única forma de que se vaya es dejarla estar el tiempo que necesite.

Vas a entender que no todo es personal. A veces solo eres el espejo incómodo de alguien.

Vas a aprender a confiar sin tener todas las respuestas ni garantías. O al menos no todas las que te gustaría.
Y eso no te convierte en una pesona ingenua. Te convierte en una persona que tiene la capacidad de afrontar lo que venga sin sufrirlo antes de tiempo.
Porque suceda lo que suceda hay algo que vas a lograr más importante que el resultado: te vas a retar, te vas a desafiar, te vas a poner a prueba, lo vas a intentar, te vas a dar permiso para fallar y vas a soltar el control...

Te vas a dar cuenta de que no todo lo que te pasa necesita soluciones. Necesita presencia, tiempo, sostén, empatía y acompañamiento. Y vas aprender a dártelo tú.

Y en ese camino que hoy inicias vas a sentirte muy orgullosa de ti. Porque te vas a perdonar y sentirte en paz con la persona que fuiste. Que lo hizo lo mejor que pudo y supo. Y que si no lo hizo mejor fue porque no sabía cómo.

Y sobre todo, y lo más importante que vas a aprender es que un hogar no es donde naciste sino donde por fin te ven.
Donde por fin te ves.

LA NAVE Y EL PLANETAElla tenía casi todas las respuestas para las preguntas de él. Quiso explicarle con mucha educación ...
25/04/2026

LA NAVE Y EL PLANETA

Ella tenía casi todas las respuestas para las preguntas de él. Quiso explicarle con mucha educación que veía inviable la transformación de la amistad en amor, la edad, las circunstancias, la distancia, los daños acumulados y tantos detalles que él no veía pero que ella le desmenuzó uno a uno mientras él la escuchaba.
Confesó sin vergüenza su miedo a amar. Un miedo muy grande de dejarlo entrar en su corazón.
Así que le propuso jugar sin quemarse. Quererse un poquito tal vez, un amor juguete, de sí pero no para esquivar el dolor.
Le explicó que él, caballerosamente, debía colaborar y evitar que ella se enamorase, que no debía ser demasiado cariñoso ni galante, ni demasiado atrevido y nunca jamás permitir que ese poquito de amor creciese más que un granito de arroz.
Aliviada por haber sido tan sincera y haberse explicado tan bien, sonrió con valentía mientras él la escuchaba y quiso rematar poniendo un buen ejemplo para que él entendiese bien la situación. Animada por lo acertadas que estaban saliendo todas sus palabras hasta el momento, dejó volar la imaginación y en pocos segundos encontró la metáfora perfecta.
Le explicó que ella era como una nave espacial, pero no cualquier nave, sino una nave dañada, con el tren de aterrizaje antiguo que no encajaría jamás en los anclajes de las modernas estaciones espaciales.

En algún lugar había leído que para facilitarle a las naves de cualquier nacionalidad poder aterrizar en cualquier estación espacial, en caso de necesidad o emergencia, los países se habían reunido y habían acordado padronizar los anclajes de aterrizaje. Así garantizaban la seguridad de todos los habitantes del espacio, fuesen trabajadores de las estaciones o tripulantes de las naves.
Él la escuchaba en silencio.
En principio no tenía nada contra las estaciones espaciales ni los acuerdos internacionales sobre aterrizajes de emergencia, pero realmente era asombroso hacia donde ella había llevado la conversación. Todo aquel discurso para concluir que el anclaje de su nave estaba fuera de padrón y por eso no podría aterrizar nunca en su estación ni en ninguna, era una nave errante condenada a vagar eternamente por el espacio interestelar del desamor.
Éste, y no otro, era el motivo principal de no poder amarlo y por supuesto no debían ni intentarlo.

Tal vez era por eso que la amaba un poquito, por esas cosas tan absurdamente gráficas, tan fuera de lo común, que le producían risa y ternura al mismo tiempo. Por su vena dramática y su pasión poética al defender teorías estrambóticas como aquella mientras trataba de justificar el miedo de resultar herida en caso de enamorarse.
Lo miraba tan contenta después de terminar su ejemplo, que él se vio obligado a escoger con el máximo cuidado las palabras precisas para responderle con su voz más dulce:

- Tú estás en mi planeta desde que te conocí.

Crecer emocionalmente implica aceptar que no siempre te van a querer como quieres, sino como pueden.Hay algo profundamen...
11/04/2026

Crecer emocionalmente implica aceptar que no siempre te van a querer como quieres, sino como pueden.

Hay algo profundamente liberador en comprender que las personas ( familiares, amigos, parejas...) solo pueden darte lo que tienen disponible en su interior. No por falta de voluntad, no siempre por falta de interés, sino porque cada quien carga su propia historia, sus propias limitaciones, sus propios miedos enquistados en lugares que ni siquiera conocen. Y es ahí, en ese reconocimiento, donde comienza la madurez emocional: dejar de esperar que los demás te entreguen versiones de amor, atención o validación que simplemente no están en su capacidad de dar.

Durante años construimos expectativas sobre cómo deberían querernos. Idealizamos gestos, anticipamos palabras, diseñamos escenarios donde el otro, finalmente, nos ve como necesitamos ser vistos. Pero la vida no funciona así. Las personas llegan con sus propios mapas internos, trazados por experiencias que desconocemos, por heridas que aún no han sanado, por aprendizajes que todavía no han alcanzado. Y cuando su forma de querer no coincide con lo que esperábamos, nos sentimos traicionados, decepcionados, como si hubiera habido un acuerdo tácito que solo existía en nuestra mente.

La verdad incómoda es que nadie firmó ese contrato. Nadie prometió quererte exactamente de la manera en que lo necesitas. Y aunque duela aceptarlo, esa desconexión entre lo que esperamos y lo que recibimos no siempre es negligencia o desamor. A veces es simplemente incompatibilidad de lenguajes emocionales. A veces es que la otra persona está dando todo lo que sabe dar, todo lo que aprendió a dar, y eso, en su mundo, es suficiente. Pero en el tuyo, se siente vacío.

Aceptar esto no significa resignarse a migajas de afecto ni justificar relaciones que te descuidan. Significa, más bien, dejar de exigirle a los demás que sean versiones mejoradas de sí mismos solo para satisfacer tus necesidades. Significa entender que si alguien no puede estar presente de la forma en que lo necesitas, no es porque no valgas la pena, sino porque sus recursos emocionales y prioridades están distribuidos de otra manera. Y eso está bien. No todo el mundo está equipado para amar como tú necesitas ser amado. No todo el mundo está en el mismo punto del camino. Y no todo el mundo quiere hacer el esfuerzo de ceder aunque eso no implique tener que traicionarse.

Y quizás lo más difícil de todo es aplicarte esa misma comprensión a ti mismo. Aceptar que tú tampoco siempre has podido querer como el otro necesitaba. Porque todos somos personas valiosas que no siempre sabemos amar de la manera en que otros necesitan. Que también has amado desde tus propias limitaciones, desde tus miedos, desde tus propios vacíos, desde lo que pudiste en ese momento. Porque todos cargamos con esa fragilidad humana: la incapacidad de ser todo para todos, de amar de forma perfecta, de estar siempre a la altura de las expectativas ajenas. Y si puedes perdonarte eso a ti mismo, entonces podrás perdonárselo también a los demás.

La paz no está en recibir el amor perfecto que imaginaste. Está en soltar la exigencia de que el mundo se ajuste a tu necesidad, y en aprender a valorar lo que sí te están dando, aunque sea diferente. Y cuando eso no sea suficiente o te haga daño, está en tener la claridad para alejarte, no con resentimiento, sino con la tranquilidad de quien entiende que simplemente no era recíproco ni compatible.
Y eso no vuelve falso lo vivido. No convierte el amor en error. No borra la ternura, ni los aprendizajes, ni la belleza de ciertos instantes.
Porque cerrar un vínculo con respeto también es una forma de amor. Una forma adulta. Una forma limpia. Una forma rara en un mundo que, cuando no sabe quedarse, suele preferir destruir.
Porque el amor maduro no pone al otro en un altar ni en una mesa de reparación. Lo pone frente a sí, como un ser humano completo, imposible de domesticar del todo, hermoso también en su diferencia. Y luego decide. A veces abraza. A veces se queda. A veces toma distancia. A veces suelta. Pero cuando es amor de verdad, no humilla para irse ni exige metamorfosis para quedarse. Sino que acepta como quien cierra una puerta con lágrimas en los ojos y gratitud en las manos.

Hay algo que siempre aparece justo antes de crecer: el miedo.No el miedo que te protege, sino ese que te paraliza, que t...
03/04/2026

Hay algo que siempre aparece justo antes de crecer: el miedo.
No el miedo que te protege, sino ese que te paraliza, que te hace dudar, te limita, te dice que no eres suficiente o que algo va a salir mal.
Pero el miedo no es un enemigo, sino una señal.
Una puerta.

Porque casi siempre lo que más temes es exactamente lo que necesitas enfrentar.

El miedo aparece cuando estás cerca de algo importante: un cambio, una verdad, una versión más auténtica de ti.

Pero si huyes, te quedas igual.
Si lo enfrentas… te transformas.

El miedo no desaparece. Se integra.
Y al hacerlo, deja de controlarte y de tomar decisiones por ti.
La seguridad no nace de la capacidad de predecir la certeza de un resultado ni es la ausencia de miedo. Nace de soltar la necesidad de que todo tenga garantías en el proceso de enfrentar una situación incluso cuando una parte de ti duda.

Una creencia muy común pero desacertada es sentir que todo lo que me incomoda o genera malestar es negativo. Y que la comodidad es síntoma de lo contrario, de que algo me conviene.

Es algo que sucede a menudo en los vínculos.
Activan partes nuestras que suelen pasarnos desapercibidas.
Cuando no nos vinculamos es fácil sentirnos fuertes. Nadie nos confronta, nadie nos espeja, nadie toca nuestras heridas más sensibles.
Pero cuando alguien entra de verdad en tu vida, ahí es donde realmente se revela cuánto puedes sostenerte por dentro.
Una relación sana no viene a anestesiar tus miedos. Viene a mostrártelos. Porque te enfrenta a cómo reaccionas cuando no tienes el control, a cómo expresas lo que sientes, y qué haces cuándo conectas con la vulnerabilidad.
Por eso, no toda incomodidad es una señal para irte. Sino una invitación a mirar más profundo.
Las relaciones sanas son las que te incomodan para que crezcas porque te enfrentan a tus miedos y te obligan a mirar lo que no querías ver.
Crecer incomoda porque te invita a no huir cuando te cuesta enfrentarte a lo que temes.

Los vínculos no están para validarnos. Están para revelarnos. Para mostrarnos donde todavía hay miedo y defensas. Y para darnos la oportunidad de ir sobre ello.

Muchas veces lo que más incomoda es lo que más transforma.

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